Actualizado 20 / 11 / 2017

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El jonrón de un cangrejo

La iglesia de las Minas de Matahambre se construyó a fines de la década del 40 del siglo XX. El único párroco que recuerdo es Manuel Zardúa. Vivíamos al frente, y como la cangrejada es un manjar exquisito, él se acercó... – ¿Qué dice la familia de los ateos? – ¡Qué bien huele!, ¿hay cangrejos, verdad? La respuesta del Viejo no se hizo esperar.

–Sí padre, pero hay un problema. – ¿Y cuál es? –No tenemos buen vino y no lo hay en la bodega. Venga, almuerce con nosotros y traiga alguno de los que usted tiene.

Famoso por tacaño, el cura lo pensó dos veces, pero no pudo abandonar los deseos de comer cangrejos que olían a gloria. Cruzó la calle y sacó del escondite una botella "Lágrima de Cristo", de los mejores vinos. Atracón de padre y señor nuestro.

Paciencia, esto es de cangrejos, pelota y la misma época. Los conocí que solo comían esos animales y daban jonrones descomunales.

Corría el mes de enero de 1944, en plena Guerra Mundial. En el pueblo costero de Santa Lucía estaba asentada una base de submarinos norteamericanos, con 96 tripulantes. Una tarde llegaron al pueblo y acordaron un juego contra los temidos Verdugos. Puestos de acuerdo, designaron a Ramón Pérez, conocido por Mongorí, para impartir justicia detrás del lanzador, como se hace en los juegos de manigua.

No cabía otra alma en el estadio del poblado, los que quedaron fuera buscaron la forma de parapetarse en techos aledaños, sobre las cercas, o donde pudieran. La voz de play ball no se hizo esperar. Las cosas marchaban normales, un buen duelo de lanzadores. Las mejores jugadas iban por los de casa; el juego avanzó.

A la altura del sexto inning los norteños pusieron dos hombres en bases. El robusto y colorado yanqui tocó la bola, que saltarina fue a dar cerca del lanzador, cuyos ojos parecieron salírseles de sus órbitas cuando vio la esférica entrar cómodamente en aquel hueco de cangrejos.

Los corredores buscaban más bases, el lanzador metió la mano con temor en el orificio; no encontró la pelota. ¡Y la gente corriendo! Se desesperó, acudió al ampaya ante la singular situación. Pero el juez no sabía qué hacer, en las reglas no aparece que en el terreno haya huecos de cangrejos. Quedó como si tal cosa. ¡Y la gente corriendo!

Todos dieron la vuelta al cuadro, incluso el bateador, que se sintió feliz al conectar un jonrón al lado del pitcher. El manager de los Verdugos reclamó con furia. Mongorí no supo qué hacer y decidió lo más fácil: carreras válidas; se quitó de encima al imperio, sin reglas a mano.

Cuentan que allí terminó el juego, victoria para los marines de USA por forfeit. No sé si hubo gaznatones, típicos de la zona, o si los apostadores se enredaron en las tribunas. Estoy casi seguro de que aquello no quedó así como así, por conocer tan bien a los coterráneos del pueblo. Quizás tenían razón, pero no era hora de averiguarlo; el árbitro no pudo hacer otra cosa.

El cangrejo debió caerle a mordidas en la cueva a la pelota que perturbó su salida al sol. De todos, el animal que camina para atrás fue el que menos entendió la situación, y el más afectado.

Sobre el Autor

Juan A. Martínez de Osaba y Goenaga

Juan A. Martínez de Osaba y Goenaga

Escritor, promotor cultural, crítico, ensayista. Profesor Titular y Consultante Universitario de la Facultad de Cultura Física y Deportes Nancy Uranga Romagoza de Pinar del Río y una experiencia de 35 años en labores investigativas y pedagógicas en la Universidad del Deporte Cubano.

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