Gato por liebre
A veces me pierdo en resquicios infinitos mientras divago sobre una sociedad mejor, sobre el respeto a lo ajeno, al otro, a la inteligencia, a la integralidad… a nosotros mismos.
- Escrito por Ariel Torres Amador
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A veces me pierdo en resquicios infinitos mientras divago sobre una sociedad mejor, sobre el respeto a lo ajeno, al otro, a la inteligencia, a la integralidad… a nosotros mismos.
Durante la reciente visita del presidente del Inder, doctor en Ciencias Antonio Becali Garrido, a centros educacionales de la provincia, fue proyectado un material audiovisual que, en poco más de 40 minutos, recoge las vivencias de varios peloteros asediados por “cazatalentos” de las Grandes Ligas del béisbol estadounidense.
El respeto al espacio ajeno es parte fundamental para una coexistencia feliz, no cabe duda. Sin embargo, en los últimos años, el concepto de lo que es privado ha tomado matices distintos con el uso de las nuevas tecnologías. Los usuarios, alienados de la interacción social directa, se sumergen entre contraseñas para mantener seguro ese otro lado que aflora cuando la comunicación con sus semejantes no necesita voz ni rostro.
El miércoles 31, la Organización de las Naciones Unidas será escenario de vindicación del heroísmo de un pueblo, mientras a la Casa Blanca, el manicomio habitual, les resulta difícil aceptar que la casi totalidad de los países apoyen a Cuba en su justa reclamación de eliminar el bloqueo económico, comercial y financiero que la perjudica por casi 60 años.
Al ver a unos pequeños jugando en el patio del vecino, les pregunté en qué “trabajaban”. Rocío, de cinco años, me dijo que era doctora, que acababa de llegar de Brasil. Paola, de seis, laboraba en un hotel. Marco, con ocho años, ya tenía una máquina y traía a Rocío del aeropuerto, y David, de apenas siete, era una especie de negociante; no me supo explicar bien o yo no entendí, quizás por aquello que advirtió Antoine de Saint-Exupéry en El Principito: “Las personas mayores nunca pueden comprender algo por sí solas y es muy aburrido para los niños tener que darles una y otra vez explicaciones”. Por eso no pregunté nada más; solo reflexioné: ¡cómo han cambiado los tiempos!
Muchos son los padres que llegan a septiembre con el bolsillo exprimido como media naranja. El curso escolar trae retos a la familia que ni el más creativo podría imaginar jamás.
Nuestros abuelos no eran cubanos?, es la interrogante que a veces nos hacemos, cuando algunos escudan los malos modales o costumbres tras la falsa idiosincrasia que se quiere otorgar a los nacidos en esta tierra del Caribe.
Los tiempos siempre son motivo de cuestionamientos. Las generaciones terminan comparándose unas con otras buscando aciertos y desaciertos como si hubieran patrones a seguir para todo y por todos.
El que comunica siempre socializa y educa, por lo que este acto es una actividad consciente y social para transmitir o recibir información a través de un sistema compartido de signos y normas semánticas.
Hace algunos años, trabajando en este mismo semanario, traté y tropecé con el tema de los productos ociosos o de lento movimiento y con objetos a los que la obsolescencia –programada o no– les llegó demasiado rápido.
