Clase de Ramona
En la Primaria, las auxiliares solían dividirnos en dos filas y mandarnos a cogerle la mano al compañero del lado. En mi aula había un niño, Luisito, tan negro como la noche más cerrada. Todos los días de escuela yo rezaba para que no me tocara él, porque creía que soltaba una especie de tinta oscura que me mancharía mi blanca mano. En una reunión de padres, la maestra le dijo a mi mamá que era una niña buena, que solo tenía ese “problemita”.
- Escrito por Yuliet Calaña
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Seamos honestos, ¿cuántas veces al mes salimos a la calle a comprar alimentos para nuestro hogar? Despreocúpese, la interrogante anterior no cuestiona su permanencia en el puesto de trabajo o la eficacia laboral, sino la necesidad del avituallamiento hogareño de alimentos y especias de uso casi diario tales como plátanos, malangas, boniatos, ajo, cebolla, ajíes y tantos otros.
Coquitos, hojaldas, cremitas, barquillos de helado... de eso estaban llenas las esquinas hace una década, con pregones legales o ilegales, con azúcar y otros recursos hurtados o no de centros elaboradores. Pero era un comercio menor, sin etiqueta y había del otro en menor medida, de ese que preocupa más hoy.
Hace algunas semanas debía enviar por correo una carta certificada, el día que dispuse del tiempo y la oportunidad para hacerlo, me dirigí a la unidad situada en la calle José Martí, había varias colas, pregunté en una ventanilla cuál era la indicada, sin mirarme, solo con un gesto, la compañera me señaló hacia el otro lado.
Volví a beber sidra. El líquido burbujeaba unos segundos antes de las 12 de la noche del 31 de diciembre. Y cuando el grito familiar redondeó la hora esperada, y los presentes levantaron las copas para que los deseos de paz y amor rociaran el nuevo año, quedé rezagado, meditabundo, pensando en aquel incidente. Mis parientes creyeron, sin embargo, que me habían acometido de golpe la pena y la nostalgia por las presencias perdidas.
Una fotografia recorre varias páginas de facebook, me da gusto que esté “el “like” repetido y con él tantas añoranzas, la sonrisa y el hacer memoria. Me pregunto qué habrá sido de fulanito o de aquellos novios, me río al ver nuestros peinados. Es la foto del último año, de ese 12 grado, la foto constante en el monumento a Federico Engels y apretados para salir todos, riéndonos, despreocupados, felices.