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El pajarillo astuto

Niño con animales

Hoy les presento un cuento de mi autoría, basado en una estampa campestre que viví en el 2009. Me causó tanta admiración que me inspiró hacer este relato.

Corre que corre, como un correcaminos estaba aquel pajarillo, y en su carrera rompía el silencio con su cantillo: tinguilillo, tinguilicho... y de tanto repetirlo se escuchaba como el hipo, tinguilillo o tinguilicho, así suena en mis oídos. ¿Cómo lo escuchas tú?

El niño astuto que fue burlado

Hace algún tiempo conocí a un niño llamado Miloy que vivía en Campo Milagroso, cerca de un palmar, allí crecía con sus padres y algunos animales que les hacían la vida más llevadera y les eran de mucha utilidad. La casita estaba construida de madera del bosque que sembró su abuelo materno, y cobijada de guano de palma cana, que abunda en casi toda esa campiña.

La audacia y fortaleza de aquel niño era el orgullo de la familia, pues él doblegaba a su antojo a los animales y utilizaba un lenguaje gesticulado para cada uno de ellos que estos atinaban entender.

Un día en que me encontraba de visita en su casa, el padre le pidió que hiciera una demostración del dominio que él tenía sobre aquellos graciosos animales. Orgulloso y solícito, retiró de su cabeza un rústico sombrero dejando al descubierto su crispada cabellera, con la frente fruncida como el que guiña un ojo se hizo el desentendido para que el padre insistiera en la petición, y así fue, enseguida se movió con la picardía propia de sus ocho años y dijo: - ¡Pelón ven aquí! Inmediatamente corrió hacia él un perro sato dando saltos y moviendo la cola.
- ¡Ahulla como un lobo!, le ordenó. El perro se estiró, paró la larga cola y después se escuchó un largo jahuuuuuuu. - Ahora vez y busca a Polito, le dijo otra vez a la mascota.
La que salió disparada movida por la fuerza de la orden.
En breves segundos Pelón apareció saltando y ladrando acompañado de un gallito fino que se acercó a Miloy receloso e intranquilo, quien lo tomó en una de sus manos y con el índice de la otra, le indicaba picar el dedo; entonces lo puso en el suelo y al mover la mano en círculo, el gallito danzaba como una bailarina que busca alcanzar el cielo, pero siempre caía casi mareado sin encontrar la presa.

Padre e hijo no ocultaban su gran orgullo y se reían inocentemente como un par de chiquillos, porque ellos consideraban esto, un acto de poder.

Contagiados con sus alegrías dejé escapar una exclamación de asombro que estimuló a Miloy mostrar la destreza nunca vista.

Muy cerca de allí se extendía un sembrado de calabazas en el que la hierba fresca se peinaba con el suave viento, y en que las guías de las plantas se confundían con algunos bejucos que regalan flores campestres en el naciente invierno, entonces, se escuchó el canto de un pichón que gritaba a todo pulmón: tinguilillo, tinguilillo, así, como se le llama en esta región campestre.

- Voy tras él, dijo Miloy. Y corrió veloz para alcanzarlo, lo hizo de forma resuelta para hacer creíble que podría lograrlo, pues la sorpresa y lo nunca visto me hizo dudar en que alguien pudiera cazar a uno de esos pajarillos en una loca carrera.

Corre que corre el correcaminos que no desmayaba en su cantillo:
- tinguilillo, tinguilicho..., así repetía en su estribillo.
El pajarillo con sus patas flacas como palillos y largas como palitos chinos, corría y corría en aquella porfía y como un grito de auxilio el repetía:
- tinguilillo, tinguilicho..., me esconderé en un nicho.

El niño lo seguía de cerca y en cada giro rompía las guías de las calabazas, y ante la luz del sol dejaba marchita la flor que serviría para dar el fruto que alimentaría al benefactor.

Pero él vanidoso niño no cesaba de correr para alcanzar al infortunado animalito, había puesto su voluntad y endeudado su palabra, así que sólo le importaba atrapar al bribón que lo ridiculizaba tan hábilmente.

Correcaminos se detuvo un instante y el niño se abalanzó para atraparlo, como se lanza un portero sobre una pelota de fútbol y rompió las matas que ya mostraban pequeñas calabazas, pero no pudo alcanzarlo, se paró y continúo la carrera tras él.

-¡Lo tengo cansado!, esclamó Miloy y corrió nuevamente...
Entonces, se volvió a proyectar sobre el indefenso pichón y lo tomó con una de sus manecitas de pequeño hombre, alzó un puño como señal de triunfo, y gritó embravecido: -¡lo tengo, lo tengo!

Ya no se oía el lamento del avispado animalito, este paisano tenía los ojos cerrados, no se le sentía respirar y no se le movía ni una pizca de su plumar lanoso.

-¡Miren qué mancito!, lo tengo domesticado como a mi gallito pinto, entonces abrió la mano para mostrarlo:
El pajarillo estaba tumbado sobre aquella pequeña mano que le servía de cama, con las patas hacia arriba disimulaba una serenidad eterna, y se mostraba inmóvil ante la mirada de todos, lo había vencido aquel niño, la derrota era evidente y la escondía con los ojos cerrados como si estuviera domado por la muerte.
Pero ante la mirada atónita de todos, aquel indefenso pillo ¡saltó de la mano de Miloy y cayó sobre la tierra y permaneció perezoso!, otra vez tan quieto como las calabazas que yacían inertes abandonadas en el campo.

-¡Ahora si se murió!, exclamé sin disimulo. Todos quedamos atentos mirándonos con sentido de culpabilidad por lo ocurrido. ¡De pronto, aquel pajarillo nos sorprendió! Se paró tan rápido como un rayo y salió corriendo y gritando tinguilillo, tinguilillo aún estoy vivo, y mientras corría se les unieron otros haciendo un coro gigante que resonaba como eco en el bajío del palmar.
Ahora cada vez que escucho a uno, así lo oigo en mis oídos: tinguilillo, tinguilillo a dónde vas de prisa, pajarillo.

Aquella temporada la familia no comió calabazas, pero yo conocí de la fuerza y la astucia de uno de aquellos niños que conforman la campiña cubana.

La frase del día. Hay una fuerza motriz más poderosa que el vapor, la electricidad y la energía atómica: la voluntad, Albert Einstein.

Efeméride: 17-5-1959. Hoy se celebra en Cuba el Día Del Campesino, en esta fecha se promulga en La Plata, Sierra Maestra, la Ley de Reforma Agraria, con el fin de eliminar los grandes latifundios y dar la tierra a quienes la trabajaba. Por primera vez, los campesinos fueron los verdaderos dueños, después de sufrir antes de este acontecimiento la explotación oprobiosa que los oprimía. Humorismos de un escritor. Ernest Hemingway (1899-1961) escribía de pie y sobre una mesa a la altura del pecho, donde ponía su máquina Royal. Muchas de sus ideas literarias las garrapateó en servilletas de los bares que frecuentaba. Escribía unas 500 palabras por día, con una pata de conejo en el bolsillo a guisa de talismán. En la célebre entrevista que le hizo George Plimpton, el Premio Nobel de Literatura y autor de Adiós a las armas dijo que “el don esencial para un escritor es tener incorporado un detector”. Ese es su radar y todos los grandes escritores lo han tenido.

Ría otra vez.
Le pregunta una señora a su marido:
– ¿Mariano, mi amor, a ti en qué animal te gustaría reencarnarte?
– Bueno, nunca lo había pensado, pero me gustaría ser un perro.
–¡No Mariano, no se puede repetir!

Estaba un hombre comiendo en la mesa con su mujer y empieza a hablar:
– ¡Cuanto te quiero! ¡Gracias a ti he aguantado todos estos años!
– Gracias cariño, pero eres tu o la cerveza la que habla?
– Soy yo, pero le hablo a la cerveza!

Sobre el Autor

Fermín Sánchez Bustamante

Fermín Sánchez Bustamante

Graduado del Instituto Superior Pedagógico en Pinar del Río, Cuba. Diplomado en Periodismo Internacional.

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