El fiel amigo
- Escrito por Fermín Sánchez Bustamante
Este relato está basado en comentarios que he escuchado sobre la fidelidad de los perros acompañantes. Tantas veces la he escuchado que llego a pensar que es real, y que cualquier persona puede ser víctima si trata de transgredir propiedades ajenas, y para lo que expreso: llegue usted a su reflexión conclusiva.
Por su historial delictivo, el hombre cumplió otra sanción, hasta que aquel día abandonó la prisión.
Su ropa sucia, el pelo escaso y tenía una amplia cicatriz en la frente. Así lo advirtieron quienes lo vieron merodear por la zona residencial de la ciudad. Era frecuente verlo caminar lentamente con un cigarrillo en los labios y mover sin cesar su cabeza de un lado a otro de la avenida por la que transitaba día tras día.
Aunque aparentaba recrearse con la belleza de los jardines extendidos a lo largo de las tranquilas calles, era evidente que detrás de aquellas miradas se escondía algún objetivo malsano.
Una tarde se detuvo de pronto y clavó la vista en una lujosa residencia, cuyos moradores, a juzgar por los movimientos, se disponían a salir de viaje. EL delincuente no estaba lo suficientemente cerca como para escuchar el diálogo entre el dueño de la mansión y su vecino:
–Ahí te dejo suficiente comida para el perro. Carne y pescado seco que le dejarás caer a través del enrejado. Hay agua abundante en un recipiente para que beba durante nuestra ausencia, dijo el que estaba a punto de partir.
–No te preocupes, estará bien atendido, respondió el otro.
El ladrón, situado a prudente distancia, dedujo que los habitantes del inmueble tardarían varios días en regresar. Inmediatamente comenzó a tomar forma en su vandálica mente, un plan para entrar a la casa y sustraer cuanto hubiera de valor allí.
Esperó a que la familia abandonara la lujosa casa. Con especial cuidado, para no despertar sospechas, se acercó, dio una vuelta completa a su alrededor, se detuvo y en su rostro se dibujó una maliciosa sonrisa. Después se alejó apresuradamente hasta perderse por la calle principal.
Al día siguiente, Marcelo Rivalta, dio de comer al doberman, guardián de la casa de Eduardo Góngora, con quien compartía la gerencia de una poderosa empresa de negocios.
Sin embargo, veinticuatro horas más después el perro no acudió al llamado del vecino que le suministraría los alimentos. Marcelo lo llamó una y otra vez, pero no obtuvo respuesta alguna.
El silencio del intranquilo y fiero animal lo inquietó. Sin sospechar si quiera lo que podía haber sucedido, cuando intentó abandonar el lugar, observó que la puerta trasera había sido violentada y estaba ligeramente abierta.
Moviéndose rápidamente llegó a su casa, y dio cuenta de lo observado a la policía, calculando lo peor.
Al llegar los agentes del orden y entrar en la casa, fueron sorprendidos por una escena escalofriante. Ante los ojos de todos podía verse, tirado en el suelo, a un individuo cuyas señas coincidían con las descritas por los vecinos mientras rondaba la zona días antes.
La Garganta del malhechor aparecía cercenada por el perro guardián y a pesar que un cuchillo atravesaba el vientre del animal, mantenía aprisionado el cuello del hombre.
Los investigadores pudieron precisar sin dificultad el móvil del hecho y la forma en que ocurrió, aunque la extraña muerte del hombre y el fiel guardián no dejó de sorprender a cuantos conocieron el caso.
La frase del día: No eres más santo porque te alaben, ni más vil porque te desprecien, Tomás de Kempis.
Efeméride:
19-4-1961. En esta fecha fueron derrotadas las fuerzas mercenarias en Playa Girón.
Siempre existen detractores que lo miran todo para criticar pero nunca hacen nada a favor de los demás, por eso Augusto Monterroso, hizo este minicuento que les traigo. Escribió un drama: dijeron que se creía Shakespeare; escribió una novela: dijeron que se creía Proust; escribió un cuento: dijeron que se creía Chejov; escribió una carta: dijeron que se creía Lord Chesterfield; escribió un diario: dijeron que se creía Pavese; escribió una despedida: dijeron que se creía Cervantes. Dejo de escribir: dijeron que se creía Rimbaud. Entonces escribió un epitafio: dijeron que se creía difunto. Ríase si puede. Hay dos cosas que a un hombre no le pueden faltar: Una mula y una vieja..., pero eso sí, que la mula no sea muy vieja y que la vieja no sea muy mula. ¿Qué le dijo el timbre al dedo? ¡Si me tocas, grito!
Sobre el Autor
Fermín Sánchez Bustamante
Graduado del Instituto Superior Pedagógico en Pinar del Río, Cuba. Diplomado en Periodismo Internacional.




