La primera gran misión

Quien se sabe merecedor de reconocimiento no hace nada para recibirlo». Estas fueron las primeras palabras, tan martianas como sentidas, del doctor Gabriel Pascual Arencibia, quien quizás por la sencillez natural que lo caracteriza no sospecha lo humano y plausible de su labor médica en el enfrentamiento al nuevo coronavirus en Pinar del Río.

Y es que en tiempos en que Cuba y el mundo luchan contra un enemigo invisible, jóvenes como Gabriel, residente de tercer año en Medicina Interna, son capaces de dejar la felicidad atrás, sus amigos y los hijos que adoran, para desde el anonimato salvar las vidas de los pacientes positivos a la COVID-19 en el hospital León Cuervo Rubio de la capital vueltabajera.

Él, junto a otros 24 hombres y mujeres, tuvieron la difícil responsabilidad de ser los primeros médicos, enfermeros y personal de Salud que combatieron al nuevo coronavirus.

Doctor, ¿cómo y cuándo asume este llamado para combatir esta pandemia en Pinar del Río?

«Todo empezó el pasado 20 de marzo mientras hacía la acostumbrada guardia médica. Ese día se me informa mi liberación de la guardia para incorporarme a la batalla contra la COVID-19, pues se había confirmado el primer caso en la provincia.

«Ese paciente fue remitido rápidamente hacia el IPK y asumimos solo 24 horas porque nada más había tres personas sospechosas. Pero para nuestra sorpresa, esas 24 horas se convertirían en 14 días, cuando en la madrugada se confirma otro caso positivo y tuvimos que activar las salas destinadas a atender estos pacientes en el hospital León Cuervo Rubio.

«En un inicio estaba en el Cuerpo de Guardia, donde alternaba con otro compañero cada 24 horas. Luego pasamos con el resto del equipo a las salas de sospechosos para asistir a los pacientes con síntomas respiratorios y de donde en definitiva salían los casos positivos».

¿Alguna vez sintió temor?

«Esta ha sido mi primera gran misión, precisamente por el alcance de esta pandemia que compromete la seguridad nacional y de otros tantos países.

«Al principio y por estas mismas causas estaba nervioso, pero después esa ansiedad fue disminuyendo poco a poco. Por lo tanto, no definiría la sensación como temor, creo que todos estábamos en un estado de alerta constante por los riesgos de la enfermedad, pero sabemos que la preparación de los médicos cubanos es de excelencia gracias a la Revolución y a Fidel, lo que nos da mucha confianza».

¿Alguna anécdota de esos días?

«Todos los días se vivían experiencias gratas. Ver tantos pacientes con PCR negativo que retornaban a sus casas era gratificante. Pero alguien me motivó a continuar con ímpetu esta labor y fue la paciente Lidia Margarita Tabares, una señora con una salud muy delicada, quien enfrentó con entereza y disciplina la situación. Su actitud fue digna de admirar, me alegró mucho cuando el resultado fue negativo».

¿Y la familia cuánto lo apoya?

«Mi padre es microbiólogo retirado, fue muchos años jefe de Microbiología en la antigua Maternidad de Pinar del Río. Para él, donde empieza el deber termina todo lo demás y por eso, quizás, la familia me alentó y apoyó para que cumpliese con dignidad esta misión, aunque en el interior sé que temen por mi salud.

«Pero hay una persona en la que siempre pienso y que me inspira a continuar hacia delante, mi hijo de dos años, Marlon Gabriel Pascual, pendiente al teléfono para hablar con su papá y llenarlo de fuerza».

¿Cuál es el mensaje del doctor Gabriel al pueblo pinareño?

«He podido ver que el principal problema de la población es la ausencia casi total de la percepción de riesgo. Disciplina es la palabra de orden, solo así avanzamos en este camino peligroso que no permite fallos.

«Las personas no pueden echar por tierra la labor médica que se hace con dedicación, deben valorar la cantidad de horas que brinda nuestro Presidente y en general todo el Gobierno, para menguar los contagios en el país y deben pensar, sobre todo, en ellos mismos y en la sociedad que les rodea».