Actualizado 27 / 06 / 2017

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¡Qué cumpleaños!

Los cumpleaños son esas fechas en las que nos paramos frente a un cake y al ritmo de un efusivo happy birthday nos quedamos sonriendo como tontos mientras la familia y los invitados nos aplauden y desentonan al ritmo de la pegajosa melodía.

Por lo general, estas fiestas son, sin duda, un día muy especial en la vida de cada persona, pues nos recuerda que llegamos al mundo con una buena nalgada. En realidad, la celebración de ese hecho siempre me ha parecido algo masoquista, pero al menos no lloramos salvo de la risa con las cosas que pueden y suelen ocurrir.

No obstante, los onomásticos infantiles son los más trabajosos y difíciles de lograr, y en los que cualquier detalle tiene grandes posibilidades de enredarse a modo de Ley de Murphy; pues si algo puede salir mal, seguramente saldrá mal.

Hace poco asistí a la festividad por el primer añito de uno de mis tres sobrinos, y qué decir de la fiesta, los invitados y los preparativos. Historias para contar.

Y es por eso que me gustaría dedicarle las siguientes líneas al asunto, para que usted amigo lector llore o ría.

Los preparativos: todo un reto, comenzando por las cajitas, que, de tan difíciles de armar debido a sus misteriosas confecciones y enrevesadas ranuras, se terminaron presillando por cuanta esquina asomaran. Al final quedaron mejores. El saldo: dos cajas de presillas y una presilladora a la basura.

La selección de la piñata gozó también de extrema complejidad. Que si de “Mickey” o si “Peter Pan”, nunca de” Ben 10”, y que fuera económica. Por cierto, como se imaginarán, la piñata fue la protagonista de la fiesta, y no por su significado para los infantes.

Para surtir las cajitas “frankenianas” se utilizó lo clásico: caramelos, rosquitas, ensalada fría, cake y panecitos aderezados con la conocida pasta de bocadito. Ahora, los panes de seguro sabían a ensalada, esta a cake y así sucesivamente, pues las cajitas se achicaron por el ensamblaje anterior y tal “relleno” no cabía.

Los invitados fueron selectos, o al menos eso creímos, pero a la hora de la verdad el amigo trajo al primo, la tía trajo a los amiguitos de su sobrino y como en Cuba todos son bienvenidos, pues literalmente hubo gente para “parar un tren”.

La rifa contó también con sus peculiaridades debido a algunos “pillos” –y me refiero a los mayores– que intentaron apertrecharse con dos o más papelitos.

Gracias a todos los santos, y para alegría de esos “pillos”, a alguien se le ocurrió la genial idea de no sortear papelitos en blanco, pues a su entender y al mío eso puede traumatizar. Debo confesar que yo nunca, nunca tuve suerte para las rifas; el “blanco” siempre fue mío adonde quiera que asistiera. Y a estas alturas de la vida sigo en shock por tal motivo.

Un aparte, ¿se acuerdan de la piñata? Pues al primer intento de rellenarla largó sus “tripas”, y al tratar de colgarla, ¡zas!, y a atajar niños se dijo. Tras un esfuerzo de forrarla con cinta adhesiva, el resultado fue el mismo. Conclusión: se gastó toda la cinta para hacer que aguantara.

Luego, al grito de ¡uno, dos, tres!, los pequeños se quedaron boquiabiertos y con cordel en mano pues “ella” no se abrió. Se necesitó entonces varios “trompones” para que llovieran los caramelos, el confeti, los gritos, empujones y arañazos.

Pero al final todo salió bien y el cometido se cumplió. Todos reímos y nos divertimos con las cosas de los pequeños, salvo aquel niño que empujaron impunemente hasta el sembradío de mi suegro. Ese lloró como su primera vez con la nalgada.

Sobre el Autor

Ariel Torres Amador

Ariel Torres Amador

Licenciado en Periodismo en la Universidad de La Habana, Cuba

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