Actualizado 12 / 11 / 2019

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No solo de pan

Honrar, honra. Es una de las sentencias más hermosas y saludables del pensamiento martiano. Por otra parte, demeritar los logros de los hombres, juzgar y condenar actitudes que son solo pequeñas manchas en el sol, resulta un oficio miserable.

La lamentable tendencia general de convertir en comunes cosas que siempre fueron sagradas, por el afán de hallar coberturas que justifiquen la desidia, el olvido histórico y la inmoralidad, nos está ganando una batalla que no es solamente por la supervivencia económica.

Este fenómeno es extraordinariamente desestimulante, en un tiempo en que la nación requiere, más que nunca, de luces y no de sombras, en la necesaria dignificación del futuro.

Pasaba y me detuve. Alguien en tono sentencioso disertaba acerca de un asunto molesto en demasía. Le habían ofendido, supe después, acusándolo de ser un esclavo del alcohol.

El nombre de Martí en la mueca de sus labios, estalló como una bomba en mis oídos.

En un principio no entendí que relación tendría mi amado Apóstol con las emociones de alguien que, a tantos años de distancia y otras distancias, rodeado de amigotes bullangueros, pronunciaba su sagrado nombre.

–Martí también era un borracho –rebuznó– fíjense que le decían «Pepe Ginebrita». Seguro que tenía tremenda juma cuando «le pasó el pie» a la niña de Guatemala.

No lo pude soportar, volví sobre mis pasos y disculpándome por la intromisión, le pregunté cuánto sabía del héroe de nuestra independencia, si había leído alguno de sus libros. Recibí como respuesta una baraúnda de estupideces. Cuando me dio un respiro, le hice una advertencia y me retiré para evitar una agresión física.

Hay muchos que, quizás sin proponérselo, hacen válida la injusta afirmación de allende el mar acerca del fracaso del sistema educacional cubano, por lo antes dicho y por el florecimiento de actitudes inconsistentes con lo que durante mucho tiempo se ha proclamado. Discrepo. Hacen un análisis descontextualizado sobre la realidad histórica. Les supera la amargura y la impotencia.

Pero lo cierto es que ningún árbol puede crecer sin raíces que busquen lo más profundo de una tierra bien abonada y mucho menos dar frutos, si alimentamos esas raíces con el estiércol de los demonios.

Las aventuras suicidas y amoríos de José Maceo. Las diferencias y roces personales de los próceres de la guerra grande. Los deslices románticos del Titán y Flor Crombet. Las diferencias de enfoque de Céspedes y Agramonte o de Máximo Gómez y Martí, jamás podrán opacar el brillo de aquellos hombres hermosos, dignos y tan leales al deber como la brújula al polo. Eran humanos, con todos los anhelos, deseos y flaquezas comunes a nuestra raza.

He notado que incluso, en algunos medios se ha publicado innecesariamente, en un intento de falseada originalidad, acerca de los deslices y errores de aquellas luminarias de nuestra historia, cuyo testimonio es lo único que puede conducirnos a lo que debemos ser.

Sí, hace falta la aureola mística, iconográfica, paradigmática con que los maestros de antaño adornaron a los héroes en medio del perfume del pupitre y la libreta. El amor, la admiración y el agradecimiento cubren todo lo demás. El sol debe seguir alumbrando a pesar de sus manchas, de lo contrario es en vano que nos empeñemos en homenajes y jornadas conmemorativas.

Para darlo todo, incluida la propia vida, para empeñar la salvación y la seguridad de los seres queridos y ponerlos sobre el altar de la Patria, cual sacrificio sublime, se necesita una pasión y una entrega que hoy, en ninguna forma, podríamos entender y mucho menos igualar.

Patria es humanidad, también escribió el Apóstol y no solo se refería a la responsabilidad en la protección, prosperidad y futuro de una especie única en el planeta, sino también a la preservación de su dignidad y sus valores espirituales, por cada hombre y cada mujer, más allá de las fronteras nacionales. Cuidemos nuestra historia.

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