Actualizado 12 / 11 / 2019

buscar en guerrillero

Facebook Twitter Twitter Youtube  Rss 

22ºC
31ºC
Estado del tiempo en Pinar del Río

El viejo y su laberinto

Mira hijo, –me dice y suspira profundamente– despertar a la vida es como introducirse en un laberinto. Se entra y se sale, pero adentro habrá que conciliar avances y retrocesos, acertadas previsiones y fatuas aventuras. En cada esquina, ilusiones que resultan en callejones sin salida. Se precisa el intento tenaz para no desmayar en la búsqueda de la senda verdadera y el barco se va a pique si el ancla es la suerte.

Quizás al final la ansiada meta, pero siempre se regresa al punto de partida. Todavía estoy buscando la salida.

El viejo Manuel filosofa, se toma una licencia sentimental, por inusual sorpresiva. Le entiendo a medias, está cansado, el peso de los años empieza a doblarle el esqueleto y la voluntad.

Cuando era joven creyó que los 60 eran la frontera de la vida, el tiempo venerable, la llegada triunfal. Mañana los cumple, no imagina cómo llegó hasta aquí pero está decepcionado.

Se cuchichea a sus espaldas, huele a preparativos de festividad y él quisiera que la fecha pasara desapercibida. Más que regalos y felicitaciones necesita descansar. El cariño familiar es su premio permanente y tiene el gavetero repleto de diplomas amarillentos y medallas en el olvido.

El viejo sillón en el que reposa parece haber adquirido algún poderoso pegamento y ahora emula con la cama que cada amanecer se torna más posesiva y entrañable.

Los cacareados ímpetus del pasado han cedido a los intentos fallidos, sufre.

Las letras de las películas se trepan unas sobre otras y no puede terminar de verlas. Reta al televisor, atrincherado en el sillón, y enseguida pesca sin vara los pejes de la nostalgia hasta que lo despierta el dolor en la cervical.

–Vieja, ¿qué pasó?, pregunta y sale dando traspiés rumbo a la cama.

Hace poco perdió los espejuelos, refunfuñando los buscó afanosamente y con la ayuda de Juana los encontró trepados a horcajadas sobre su propia nariz. La perreta casi le cuesta el divorcio, mas escapó haciéndose el harakiri de los incomprendidos.

–Estos 60, ya me están «sesenteando», suspira.

Al viejo Manuel no le consuela que otros hayan llegado a la temida fecha, siente una voz interior que le dice: «Ya está bueno Manuel, descansa un poco».

Piensa que es hora de ser recompensado, aunque nunca tuvo reparos en entregar su fuerza vital. No lo vio como una inversión, le enseñaron que el sacrificio tiene premio garantizado. Y aunque en talleres y cañaverales todavía rondan sus huellas y muchos reconocidos ingenieros tienen el sello de su diligente magisterio, el agua pasada...

Al cumplir los 50 soñó, despierto con amanecer cada mañana al calor de su amada; sorprenderla con un buen desayuno en la cama; devolverle todo el tiempo de ausencia; llevarla al lugar bonito del que un día le contó, sin premura y sin la angustiosa cuenta de los centavos. Soñó con el séquito de nietos felices alborotando alrededor de un paquete de regalos antaño inalcanzables.

Pero mi viejo tendrá que esperar por varios años y la providencia. Las hijas han decidido no procrear a pesar de sus reclamos y las disertaciones acerca del envejecimiento poblacional: temen al futuro.

–Además, –se consuela– mi retiro haría un gran hueco en el taller.

Las herramientas de Manuel ya no son codiciables. Mira a su alrededor y no ve la vocación, el ideal ni el propósito. Los callos en las manos se han convertido en cosas abominables y ya siente la señal de alarma. Sus pasos se apagan en el laberinto, un tiempo más le parece desolador por infructuoso. No encuentra la salida.

El viejo Manuel no quiere despertar, seguirá trabajando... y soñando.

Escribir un comentario


Código de seguridad
Refescar

Red 2.0

Aplicación móvil
Extensión para su navegador

Periódico Guerrillero