Actualizado 18 / 07 / 2019

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¡Lo nunca visto!

Ángel Rivera, fallecido hace algunos años, había jugado y dirigido a los Verdugos de Santa Lucía, un fuerte equipo de los años ‘50 del pasado siglo en Pinar del Río.

Su hermano Eduardo, a quien llamaron Beta por el color bien oscuro de la piel, se desempeñó en los jardines del team. Con el tiempo, Ángel se convirtió en el principal árbitro vueltabajero, en ocasiones el único que actuaba en las series nacionales. Vestía de negro e imponía respeto. Serio, de buen carácter, en el terreno no tenía amigos.

Betún, como lo bauticé, era otra cosa, un jodedor que en la grama se entregaba a partirse el alma. Nació el ocho de septiembre de 1939 y falleció en los primeros meses del 2018, en el Viñales que lo acogió como a un hijo.

No pensé estar en un equipo con él, pues jugaba con las Minas y éramos los eternos rivales, algo así como Habana y Almendares en el profesionalismo o el Pinar vs. Industriales de hoy. La vida nos unió en el Vegueros de la XI Serie Nacional. Lo recuerdo volando de home a primera y en el corrido de las bases. Zurdo de buen batear, fildeaba como el mejor.

A veces, cuando refresco esta historia, me viene a la mente aquel hombre campechano, amigo de los amigos y bromista impenitente. Al timón del reluciente taxi viñalero, que cuidaba como la niña de sus ojos, ofrecía sonrisas abiertas de marfil en su amplia dentadura.

En la pelota, como en cualquier asunto humano, suceden cosas incomprensibles. Era una tarde dominical en el repleto Capitán San Luis. Gente de Pinar, Artemisa, Guanajay y otros confines vueltabajeros. En la banca, algunos jugadores andaban en chancletas y camisas por fuera, incluido Betún. Por nosotros lanzaba Julio Romero, contra el henequenero Alfredito García.

Un rolling saltarín entre segunda y primera hizo des-plazarse al zurdo Manolo Cortina (después un excelente entre-nador de pitcheo), quien pasó con maestría la bola al lanzador para la asistencia. Jugada cerrada, pero la mayoría vio el tercer out en un desafío en el que no se vislumbraban vencedor ni vencido.

El árbitro cargaba con una lesión en la pierna. Tenía la costumbre de arrodillarse cerca de la almohadilla para ver bien la jugada. Técnicamente era im-pecable. No vaciló y cantó “¡quieto!”, con todas sus fuerzas. Mas cuando fue a recuperarse, cayó al suelo. La dirección y los jugadores salimos a reclamar en condiciones difíciles, ya que el árbitro tenía que ser socorrido. Nuestro director, el Gallego Salgado, se puso colorado y protagonizó uno de sus fre-cuentes berrinches.

Entonces fue cuando un aficionado levantó el volumen desde lo alto del dugout de primera:

- Ampaya, descarado, tú lo que tienes es hambre. Llévenlo para Rumayor y denle comida para que vea lo que está haciendo.

La protesta subía de tono. El juez tuvo que abandonar el desafío, pero antes expulsó a más de uno en aquel enfrentamiento Vegueros-árbitro. A mi lado, en el dugout, estaba Beta, quien respaldaba el out, pero a su hermano lo ofendían en lo más profundo. Extraña paradoja.

-No esperen más, llévenlo para Rumayor, seguían los gritos...

Cuando ya no pudo soportar los improperios, en medio de la protesta salió de la banca con la camisa por fuera, se viró para las gradas, divisó al que profería insultos a su sangre y, sin que el aludido entendiera:

-Tú estás equivocado. Ese come mejor que tú, en su casa no le falta la comida, tiene más vergüenza que tú. Cuando se acabe el juego yo te cojo, lo que eres un cobarde, gritarle así a un hombre en el suelo.

¿Cómo explicar que un pelotero del equipo agraviado defendiera al umpire? Algunos le contestaron cortésmente, pero el aludido no sabía qué hacer. Sujetamos a Beta porque quería subir a fajarse con el fanático. Silencio en la instalación. El 95 por ciento de los presentes no entendieron ni papa del asunto.

No recuerdo ni quiero recordar si aquella tarde nublosa ganamos o perdimos, pues el show, sin desearlo, estuvo a cargo de los Rivera de Santa Lucía y el fanático encendido. Por mucho tiempo no se habló de otra cosa. Días después bromeábamos con Beta y recordábamos el percance.

Más tarde debieron reír, porque no es cosa de todos los días. Pase usted revista a los recuerdos, vaya estadio por estadio del país y fuera de Cuba, trate de encontrar algo similar y cuéntelo; lo merece.

Cuando terminó el juego nos fuimos al albergue y no se habló más del asunto. Beta, como siempre, se vistió elegantemente, bien perfumado.

Sobre el Autor

Juan A. Martínez de Osaba y Goenaga

Juan A. Martínez de Osaba y Goenaga

Escritor, promotor cultural, crítico, ensayista. Profesor Titular y Consultante Universitario de la Facultad de Cultura Física y Deportes Nancy Uranga Romagoza de Pinar del Río y una experiencia de 35 años en labores investigativas y pedagógicas en la Universidad del Deporte Cubano.

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