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La biblioteca viajera

La biblioteca es un lugar conocido por todos, algunas de sus definiciones la identifican como una institución en la cual se guardan ordenadamente libros para su lectura. Y por supuesto, garantiza comodidades al visitante al tener mesas y sillas para la lectura.

Existen historias de famosas bibliotecas como la de Alejandría (Egipto), la Ambrosiana (Italia), la Apostólica Vaticana (Ciudad del Vaticano) y otras más en los monasterios medievales que atesoran el saber gregolatino, hasta las modernas bibliotecas que además de libros ofrecen al lector o investigador variados servicios informáticos. Sin embargo, a pesar de su extraordinaria importancia para enriquecer el conocimiento unido al confort que tienen actualmente, el número de lectores disminuye.

No pretendo hacer la historia del surgimiento de las bibliotecas ni realizar un análisis crítico acerca de las causas y consecuencias que originan la pérdida del hábito de lectura y la poca frecuencia de los usuarios a estas.

La referencia es solo el pretexto para recordar un hecho histórico cultural que sobrevino con el triunfo de la Revolución cubana: la ampliación de los servicios de la biblioteca en cada localidad en apoyo al desarrollo de la educación que se abría pasos para todos en nuestro país.

No obstante, no fue la biblioteca con su local fijo como se mantiene hoy en día para dar servicio al público, sino que en su inicio lo que la suplió fue la biblioteca viajera, imagino que en muchos lugares de la Isla sucedía igual.

Encomiosa fue la tarea de difundir la lectura y el saber para el crecimiento humano de la población a principio de la Revolución.

La recuerdo formando parte del pequeño vehículo automotor metálico, al costado de su alargada ventana y se veía el mostrador repleto de variados textos pertenecientes a escritores como Emilio Salgari, Julio Verne, Alejandro Dumas, entre otros, muy demandados por niños y jóvenes. Representó algo maravilloso que influyó en mi formación como ávido lector.

La llegada de la biblioteca viajera, primero con cortos intervalos, después un poco más prolongados en el tiempo hasta su desaparición, debido a la creación de las bibliotecas en cada localidad, en nuestro caso, era el momento más esperado por los pobladores de San Luis. La promoción de los textos literarios lo realizaban con presteza entusiasta personas que hacían a la vez varias funciones.

Todavía conservo, gracias a la cuidosa custodia de mi querida madre, el carné de lector de la biblioteca viajera, unidad Clemente Nodarse, Pinar del Río. Para ella y sus trabajadores, el agradecimiento de muchos que al igual que yo, somos eternos deudores de aquellos sembradores de sueños.

Sobre el Autor

Leopoldo Montano Cortina

Leopoldo Montano Cortina

Profesor de la escuela militar Camilo Cienfuegos

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