Actualizado 20 / 06 / 2019

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A Pedro

Transcurrían los días de la Campaña de Alfabetización y todavía no olvido aquella tarde-noche en que hablé con Pedro, el carbonero, el mismo que todos los días marchaba temprano a lo profundo del monte en busca de la madera que diera el mejor carbón, no podía perder la fama de buen carbonero, pues el oficio le proveía el sustento de la familia.

Estas labores desde temprana edad le habían permitido desarrollar un fino instinto para encontrar, donde pocos podían, la mejor madera.

“El monte tiene sus secretos”, me dijo el experimentado leñador, por eso se adentraba en sus entrañas. Pero el monte le había cobrado aquel tesoro de saberes.

“Un día metiendo el cuerpo entre espinas y bejucos para llegarle a una encina, un gajo de marabú me vino pa´rriba, así de rápido y del golpe perdí el ojo izquierdo…, pero todavía me queda otro para seguir mirando a la gente y otras cosas bonitas que viven por estos lugares”, refirió.

En cierta ocasión al pie de una frondosa algarroba me comentó: “Yo no estoy solo en el monte maestro, ¡qué va! En ese silencio he aprendido a escuchar cuanta alma lo habita, y yo le hablo también con mi canturía”.

Fue en ese momento en que pude descubrir la majestad con que vivía aquel anciano convirtiéndose en la representación más sabia del hombre de campo, capaz de dominar la salvaje naturaleza; sin embargo, yo quedo enternecido admirando su belleza, “atrincado”, como solía decir, “al trozo de vida que me han dado para vivir”.

Ya no está físicamente entre nosotros desde hace mucho tiempo, pero todavía sigue mi recuerdo aquella tarde-noche en que camino de su casa, la traspasar la talanquera que separaba el camino vecinal del que conducía al monte, detuvo la marcha y con el raído sombrero de guano entre las manos, se dirigió a mí.

–Buenas tardes maestro, ¿pudiera usted alfabetizar a mi mujer?

Asentí con la cabeza, como aquel que cumple con una deuda de gratitud.

–Gracias maestro, seremos muchos los que se lo agradecerán, me dijo y marchó hacia su hogar.

No comprendí la trascendencia de sus palabras, su humilde agradecimiento, no le di las gracias por aquella manera de magnificar la obra que empecé a cumplir mi estimación por lo que había aprendido de él.

Él siguió cada día la marcha por el polvoriento camino que desandaba día a día, desafiando alcanzar el tiempo con la mirada llena de bondad que no dejó morir en mí.

Sobre el Autor

Leopoldo Montano Cortina

Leopoldo Montano Cortina

Profesor de la escuela militar Camilo Cienfuegos

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