Actualizado 13 / 12 / 2019

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Ardión: un personaje

En fecha que ahora no recuerdo, recibí una comunicación de la sección que en el Comité Central del Partido atendía a la prensa, en la que me alertaba (y supongo que también a otros directores) de un desagradable incidente protagonizado por dos humoristas durante el Festival Internacional de la Canción, en Varadero, celebrado en 1967.

Uno de ellos era Ardión, a quien solo conocía por sus caricaturas, de una alta calidad profesional. Resulta que, durante el citado evento, en cuya cobertura participaban ambos, se pasaron de tragos a tal extremo, que fueron a parar el alojamiento de La Ma-siel, sin invitación previa.

El escándalo con una de las principales atracciones del Festival dio al cuello y motivó medidas drásticas. Ardión y su acompañante fueron separados de la nómina de Palante y enviados a trabajar en la Isla de la Juventud.

Pasado algún tiempo, la jefa de la Sección de Prensa, conocedora de que estábamos en los preparativos para sacar un suplemento humorístico, (Chin Chin) me propuso enviarnos a Ardión y a Felo, algo que acepté en el acto.

Tal inyección de caricaturistas de primer nivel, sin duda apuntaló al Chin Chin. Pero ahora me concentraré solo en Ardión, un verdadero personaje.

Contrariamente a lo que puede esperarse de un humorista, él se caracterizaba por su seriedad. Pocas veces sonreía, aunque sus palabras, sobre todo después de haber probado el alcohol, arrancaban carcajadas a sus interlocutores.

No solo se destacó por el alto vuelo de sus caricaturas, sino también por la facilidad con que se insertó en el colectivo. En las noches, aunque no tuviera nada que hacer, visitaba el taller y mantenía entretenidos a tipógrafos y linotipistas, a quienes ayudaba en cualquier tarea.

Hubo un tiempo en que faltó la empleada encargada de preparar la merienda, y se le brindó a la administración para mantener aquel servicio, lo que hizo con bastante eficiencia.

Para ese tiempo, ya el Chin Chin se había extinguido, pero Ardión continuaba con nosotros. De vez en vez, cuando se le solicitaba, hacía alguna caricatura o ilustración de un artículo periodístico, con lo que justificaba su trabajo y también empinaba el codo en cuanta oportunidad se le presentaba.

No necesitaba tomar mucho para perder el control, pues parece que su organismo estaba saturado. Una noche me llamaron de la Estación de Policía para decirme que se encontraba detenido por un escándalo que ocasionó en un ómnibus.

Resulta que Ardión salía del cabaré-restaurante El Criollo, al que había ido a comer, cuando hacía su aparición una guagua que se detenía en la parada próxima y a la cual trató de capturar.

No obstante, los efectos de la bebida, apretó el paso y ya casi lograba su objetivo de alcanzar la puerta trasera del vehículo, cuando el chofer, ajeno a ello, pisó el acelerador y Ardión rodó por el pavimento.

Alertado por algunos pasajeros, el ómnibus se detuvo y el maltrecho humorista pudo subir a bordo, tras lo cual la emprendió contra el hombre que iba al volante y motivó la intervención de la PNR.

Conducido a la Unidad, se puso belicoso y fue llevado a un calabozo, donde le quitaron el cinto y los cordones de los zapatos, como medida de protección.

Cuando supe lo ocurrido, pedí hablar con el oficial de guardia y estuvo de acuerdo en entregármelo si mandaba a buscarlo. Así se hizo, y una vez en el periódico, nos daba su versión:

Todavía con la lengua algo enredada se quejaba de que el guagüero puso en marcha el carro a sabiendas de que él ya tenía un pie en el estribo, y que además de ser el perjudicado físicamente, fue a parar a un calabozo de la Unidad de la PNR, cuando quien debió ser conducido allí era el trabajador de transporte, según su parecer.

Consciente de que cuando se le pasara la nota volvería a ser la persona pacífica que conocíamos, le dije que al día siguiente, si él persistía, le acompañaría a hacer la reclamación pertinente por los canales establecidos. Como era de esperar, el asunto quedó allí.

Pero no fue todo, tiempo después, cuando Manuel Yepe llegó a la dirección de Guerrillero, se interesó por la situación de Ardión. Conocedor de su positiva actitud y de las simpatías que había despertado en nuestro colectivo, intercedió con Jorge López, a la sazón director de Juventud Rebelde, para que le asignara una plaza en el suplemento humorístico del diario juvenil.

La oferta fue muy bien recibida por Jorge, pues no sobraban los caricaturistas de probada calidad, como era Ardión. No sé en qué momento Yepe le comunicó la buena nueva, ni cuando se enteraron los jodedores del taller que enseguida empezaron a buscarle la lengua diciéndole que gracias al director de Juventud Rebelde volvería pronto para La Habana.

Lo cierto es que una noche, pasadas las 11, sentí a Ardión llegar a la oficina de la secretaria, que hacía de antesala a la dirección y a la subdirección. Le escuché discar el teléfono (extensión del mío) y pedir que le pusieran con Jorge López. Cuando alguien contestó afirmativamente del otro lado, la emprendió contra él con una carga de improperios.

“Cuando tú eras un chiquillo, ya yo era Ardión en La Habana, asi que te puedes meter esa plaza por donde te quepa, que yo no la quiero”, fue más o menos lo que dijo, y con la misma colgó el auricular y se fue.

Inmediatamente sonó el teléfono, y cuando tomé la llamada, era el director de Juventud Rebelde solicitando hablar con Yepe. Este último me contaría después, que Jorge López le llamó extrañado de aquella actitud, de un hombre al que solo trataba de ayudar.

Nunca supe cómo se las arregló Yepe para recomponer las relaciones entre el caricaturista y el director, pero días después, Ardión se despidió de nosotros, donde dejó un verdadero vacío, tanto en el orden profesional como personal.

Sobre el Autor

Ronal Suárez Ramos

Ronal Suárez Ramos

Miembro de la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC) en Pinar del Río.

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