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Cocuyo, el barbero

Las barberías, además de frecuentadas para los necesarios cortes de cabello, afeitado y otros servicios, también son lugares donde se habla de béisbol, política, noticias domésticas, se narra el pícaro cuento, entre otros asuntos. De esa manera han devenido gran noticiario de la vida en sociedad.

Nada parco en el hablar, Cocuyo, sanluiseño, prestigiaba el oficio de barbero con su cuidadoso vestir, presencia personal, atento trato e impecable profesionalidad reconocida por el Bárbaro del Rimo, Benny Moré, al solicitar sus servicios en dos ocasiones en que visitó el pueblo de San Luis. No perdía la oportunidad para mantener siempre viva la conversación o deslizar el chiste oportuno que, bien contado con su voz de barítono, hacía pasar un buen rato a todos los presentes. Así fue como un día de inicios de la década del `70 tuve la oportunidad de disfrutar de uno de esos cuentos...

Narraba Cocuyo que en cierta ocasión llegó a su barbería Mario, un pueblerino que vivía en las afueras de la localidad. Después de darle las buenas tardes, el estilista le preguntó el servicio que deseaba recibir.

-Cocuyo –dijo Mario– deseo me afeites bien, pues esta noche voy con mi esposa a una fiesta.

El fígaro, con su acostumbrada cortesía le aseguró que saldría satisfecho. Parecía, para los allí presentes, que todo transcurría sin contratiempos, pero conociendo Cocuyo lo mezquino que era Mario, quiso gastarle una broma. Ya preparadas las condiciones para el afeitado, se dirigió de esta manera al cliente.

-Mire usted, antes de afeitarlo, debo hacerle saber que en este momento tengo en mi barbería dos tipos de cuchillas de afeitar.

-Me da lo mismo –contestó el lugareño– aféiteme con cualquiera de ellas.

Con encubierto regocijo, el especialista insistió:

-La diferencia se debe a la calidad de las mismas, por eso el servicio cuesta más con una cuchilla que con la otra. ¿Con cuál desea que lo afeite?

La respuesta no se hizo esperar: -Cocuyo, si ambas sirven apara afeitar, no tiene sentido que gaste dinero innecesariamente. Hágalo con la más barata.
-Debo hacerle unas preguntas entonces antes de comenzar.

Muy intrigado, Mario le contestó que las hiciera, pero que abreviara ya la charla, porque estaba apurado.

Solemnemente, Cocuyo inquirió:

-¿Es usted por casualidad familia de los Maceo, Guillermón Moncada o Quintín Bandera?

-No.

-¿Ni siquiera de Cheo, el estibador?, insistió el fígaro.

-Tampoco, ¿por qué?...

-Bueno, porque de no ser familia de esas valerosas personas, me veo en la necesidad de amarrarlo para poder afeitarlo con la pésima cuchilla que usted escogió. Así que, por favor, espéreme unos segundos, que voy por una soga...

Y acto seguido, se dirigió el barbero rumbo a la parte posterior del local.

Entre la risa de los presentes, Cocuyo contaba que Mario no esperó su regreso. Se levantó como un resorte del sillón de barbería y, mientras se alejaba visiblemente contrariado, se le escuchó decir: "Total, ¿para qué afeitarme hoy, si realmente puedo esperar unos días más?".

Sobre el Autor

Leopoldo Montano Cortina

Leopoldo Montano Cortina

Profesor de la escuela militar Camilo Cienfuegos

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