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Mi padre y el álgebra de la bondad

Los padres nunca debieran desaparecer. Al menos, no debieran dejar este vacío descomunal que nada en la existencia llena. Cada vez que pienso en el mío, cada vez que oteo en el horizonte los rieles que él me trazó, algo raro me nubla la vista, algo que la ciencia no puede explicar ni el intelecto comprender. Y tengo que cambiar de asunto.

Segundo Piloña, que no era segundo de nadie, añoraba estudiar, quería ser médico pero la altura económica de la familia no daba para empinarse tanto. (Por eso, años después, vio en mí su realización como galeno). Lo que sí logró –y asumió con el tesón que en él era una constante– fue entrar a la Escuela Normal para maestros. Y se hizo educador, con la convicción de que uno verdadero no enseña solamente letras, números o conceptos, sino, ante todo, una postura ante la vida.

En al año '54, ya siendo maestro normalista, se casó con mi mamá, que también lo era, y emprendieron el arduo camino de la docencia y de levantar un hogar y una familia.

Pronto sus métodos certeros, su rigor y la simpatía natural que le brotaba le fueron conquistando el respeto y cariño de sus alumnos.

Solía hacernos muchas anécdotas de su aula. Recuerdo, por ejemplo, cuando preguntó a los estudiantes cuál había sido el primer presidente de Cuba una vez declarada república, y alguien le sopló a otro: “Don Tomás Estrada Palma”. Aquel, ya seguro de que se tenía la respuesta, rápidamente alzó la mano y contestó:

–“Detrás de la Palma, maestro”.

–Detrás de la Palma está usted. Hágame el favor y estudie.

Al triunfo de la Revolución, se entrega en cuerpo y alma a la vorágine que envolvía al país. Junto al doctor Carlos Castellanos dirigió la Campaña de Alfabetización en San Juan y Martínez. En Lagunilla, Río Seco, Santa Damiana y otras localidades del territorio quedaron sus huellas como formador y organizador. De hecho, nuestro municipio fue de los primeros en el país en declararse libre de analfabetismo.

A veces tanto lo colmaba el trabajo, que se iba de madrugada y regresaba muy tarde en la noche. Nos dejaba dormidos y dormidos nos volvía a ver a mi hermana y a mí. Y aun así, se las arreglaba para que no nos faltara su cariño, en lo cual mi madre tuvo un rol maravilloso.

Por su capacidad de organizar y conducir, llegó a ser director provincial de Educación. más tarde, director de la Eide. Siempre me admiraba su mesura para, ante cada situación ver a lo lejos los posibles escenarios, trazar estrategias, dosificar acciones. De tal manera que cualquier problema, por terrible que fuera, podía con él ser vencido.

No fue un ser de hierro. De hecho, también el estrés lo golpeó mucho. ¡Cuánto fumaba! Y hubo un momento en que, de la provincia retornó al ámbito más pequeño y cercano del municipio: nuestro San Juan querido. Entonces se consagró a la enseñanza de la Matemática.

Tanto mi hermana como yo y nuestros primos, fuimos sus alumnos. Pobre del que quisiera pasarse de confianza en el centro docente.

“En la casa eres mi hijo del alma, pero en el aula eres uno más de mis estudiantes”, me decía. Una vez mandó como tarea una guía con más de 200 ejercicios. Y el único que los llevó hechos todos, puntualmente, fui yo.

Sin dejar de impartir su infalible álgebra, otra vez fue convocado a tareas de dirección y encabezó entonces la secundaria básica Hermanos Saíz Montes de Oca. Con sus muchachos no dejó de participar en ninguna de las actividades que convocaba. Como las escuelas al campo en Rancho Ferro, Campo Alegre... Y siempre con el espíritu de la emulación arriba. Era un convencido de que un simple estímulo moral como el sello de liebre o tortuga podía representar más para concienciar adolescentes que los severos castigos

. Y que las cosas comenzaban a torcerse cuando ya no se creía en esa sana competencia.

Todos los días trabajaba. Los domingos me recuerdo viendo películas en el televisor de la escuela –en la casa no teníamos– mientras él, en una mesa contigua, planificaba clases o revisaba exámenes.

De la dirección de la secundaria, ya enfermo, pasó a organizar el Movimiento de Huertos Escolares en el municipio. Y tanto se empeñó que estas parcelas llegaron a ser referencia provincial.

Nada le daba más orgullo que el hecho de que un exalumno, a veces ya entrado en canas, pasara por su lado y le dijera: “Maestro”. Como mismo él, cuando veía al ancianito Bernardo, le regalaba esa mágica palabra.

Ay, Maestro, padre mío, amigo mío. Cuántas ecuaciones me ha puesto delante la vida sin tenerte a mi lado para aclarar dudas. Pero al menos me consuelo enseñando a mis alumnos de Medicina, como me inculcaste, que antes de curar con ciencia, deben vivir con bondad. Amor, que es, sin duda, la linterna del conocimiento.

Sobre el Autor

Sergio Piloña

Sergio Piloña

Médico neonatólogo. Especialista de segundo grado y máster en Atención integral al niño.

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