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Las dos Anitas

Otro lugar en el mundo. El militante de una organización protectora de los derechos de la infancia asume un disfraz de vileza y llega al lujoso hotel de la esplendorosa e indulgente ciudad...Viene en una misión suicida: revelar al mundo los detalles de la prostitución infantil en ese país.

Nuestro hombre entra en el lobby y se dirige a la carpeta donde un elegante y estirado señor le atiende con prontitud. Trae instrucciones precisas y una falsa recomendación de alguien relacionado con el bajo mundo citadino. Pregunta por el gerente y de una forma misteriosa este aparece en contados segundos. Lee la recomendación que se le extiende, levanta la mirada escrutadora y hace una sola pregunta: –¿Emociones fuertes? Respuesta afirmativa. –Tenemos todo lo que usted necesita.

Él siente como una bofetada en pleno rostro. Su corazón, que late como un caballo desbocado, casi lo delata. –Sígame por favor...

Un pasillo lateral que parece que no va a ninguna parte, una llamada, la puerta que se abre como por arte de magia y nuestro hombre que siente como si estuviera entrando en la boca del lobo. No imagina cómo saldrá de allí, pero su decisión se impone y sigue al gerente que, susurrando frases melosas y corrompidas, desciende por una oscura escalera.

De pronto, aparece un hotel, el otro, el subterráneo, el invisible, el infernal. Alguien se presenta. Tiene cara de mafioso de las películas de los años '30, elegantemente vestido. Lo invita a sentarse y con una sonrisa de media cara pone en sus manos un catálogo...

¡Espanto! Fotos de niñas y niños semidesnudos y desnudos, en poses eróticas. Seis, nueve, 12 años a lo sumo.

Nuestro hombre, siente que no puede, le falta el aliento. No es el miedo a la muerte, es el estómago revuelto y el río de lágrimas que pugna por brotar. Pero se sobrepone y hace un comentario que le sabe a hiel en la garganta. Escoge una niña de 10 años.

Lo conducen a una habitación pequeña, sencillamente amueblada y le dicen que espere... A poco se abre una puerta y aparece un ser extraño, diminuto. Su pelo negro cae en cascada sobre unos ojos de mirada perdida. Camina como un robot hacia la cama, con su batica floreada transparente, reveladora, doliente. No pronuncia palabras, no sonríe, se acuesta y...
A nuestro hombre le estremece el recuerdo de Anita, su pequeña hija, en su cama, esperando el cuento que le hace cada noche antes de dormir.

Está petrificado. Haciendo un esfuerzo sobrehumano se levanta y dando traspiés se acerca y se sienta en el borde de la cama. No puede más, rompe a llorar desconsoladamente mientras acciona la cámara fotográfica. En su corazón las cicatrices, las quemaduras de cigarros en los bracitos y en el vientre, el pequeño rostro envejecido de forma prematura.

La niña no percibe nada pero las cámaras ocultas revelan a los asesinos las verdaderas intenciones del “cliente”. Él reacciona, hace una llamada. Ulular de sirenas de carros patrulleros, corre corre, escapada milagrosa.
II. Un lugar en mi vecindario. A pesar de las invitaciones y el ajetreo de los preparativos que presagiaban (a los retrógrados como yo, claro) cintas de colores, racimos de globos, un enorme cake en medio de la algarabía de una multitud de niños, nada de esto está en la noticia. Los de-sacordes y groserías del reguetón rebotan contra las paredes de las casas hasta muy entrada la noche. Niños... apenas y sí muchas botellas. El humo de los cigarros y las palabrotas am-bientando “la fiesta infantil”. Algo que se ha vuelto común.

Anita cumple tres años... Viste una licrita de “aaafuera” que estrangula sus tiernas y virginales carnes. No sonríe encantadora, ni retoza con sus amiguitos. Baila ¡y cómo baila! En medio de un coro que la aplaude y la estimula, se contorsiona y realiza movimientos pélvicos, sacudiendo sus pequeños glúteos al ritmo de ese engendro “musical” que parece haberse enseñoreado sobre el edificio sentimental de nuestra juventud. Otro niño de su edad la acompaña en una insólita coreografía. Entre número y número, nuestra pequeña bailarina es premiada, ¿con caramelos? No. Un buchito de cerveza.

¿Exagero con este paralelismo? Ciertamente son escenarios y realidades muy distintas, pero hay un problema común... Nada que abuse, pervierta, destroce un futuro en ciernes debería alentar entre humanos.

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