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Un sueño trunco: una canción

Después de muchos años sin perderme en los laberintos artísticos, adonde fui a parar por decisión y deseo propios, de tantas experiencias imposibles de contar en unos pocos párrafos, que fueron moldeando mi modo de ver el mundo y de estar dentro de él, separé mi rumbo de algunos amigos, que marcharon a la capital para estudiar en las escuelas de música y que después se convirtieron, a golpe de talento, en paradigmas de la música nuestra.

Recuerdo a Mayito Rivera y a Raúl Paz, los más cercanos de mi generación. Ahora que ellos van, aunque en la misma dirección, por los caminos del mundo y yo por los de mi sempiterno Pinar del Río, alguien puede pensar que en mis palabras hay un asomo de arrepentimiento; pero la verdad es que estoy tan feliz por ellos como por mí, porque también escogí, de manera consciente, mi camino.

Decidir la parte del futuro que dependía de mis fuerzas, siempre fue fácil. Nunca he pensado hacer lo que más me ha convenido, sino lo que mi corazón espera...

Vuelvo atrás, a la época en que soñaba ser doctora, mientras la música y el canto se hicieron compañeros inseparables de mi vida.

Estaba al terminar el duodécimo grado y me miraba en el espejo de Eduardo, el primo cirujano que tanto reconocimiento tenía y al que muchos en la familia le debían una estela de heridas y suturas que parecían obras de arte sobre la piel. La idea pudo no haber tenido otra lógica que la de servir y ayudar a sanar a los demás, pero de lo que sí no había duda era de mi renuencia a tener un salario por hacer o cantar canciones.

En 1985 estaban en pleno surgimiento los médicos de familia, para los que había un estricto sistema de formación. Creí estar tan segura de mi elección, de las posibilidades de conseguirlo, que dejé en blanco las demás opciones de la boleta y solo escribí, con letra clara y elegante: Medicina.

Sin que tuvieran que mediar otros impedimentos, vi frustrado mi deseo en el primer intento: no aprobé la entrevista que, de manera casi rutinaria, impulsaba a los aspirantes de cualquier carrera a batallar por el puesto necesario en el escalafón. ¿La causa? Aquella desconcertante causa que tronchaba de golpe –eso creía– mi aspiración de ser una profesional de bata blanca. No puedes ser doctora, dijo tajantemente ella. Imagínate si tienes que ir a las montañas, al campo y subirte en un caballo… con tus problemas de columna, es imposible.

Mi mente se trasladó en segundos a los dolores antiguos, al regreso de la escuela al campo antes de los 45 días, a los certificados que me limitaban para realizar ejercicios físicos exigentes…

Era verdad su verdad respecto a eso; pero… ¡yo era una guajira feliz de serlo, como todos los nietos de Pepe Mijares! Era diestra, como mis hermanos y mis primos, al subir sobre el mulo y guiar la grilla por la imaginaria línea recta que había entre dos surcos. También mis manos ayudaron a construir, con tablas viejas y techo de pencas de palma y cocotero, nuestra casa de juegos.

Corría, subía a los árboles, me acostaba sobre la tierra que se enfriaba debajo de los cujes, donde se ponían a secar los frijoles de la cosecha. Le curé patas a los perros; calenté los ocho huevos que dejaron las gallinas en los nidos, hasta que vi el pico minúsculo de sus ocho polluelos asomar por el irregular hoyuelo; me despertaba antes que la pereza de la madrugada terminara, solo para oír a mi abuelo y su décima pasar, detrás de los bueyes enyugados, rumbo a la tierra por arar.

La costumbre de no replicar inmediatamente, enseñada por mis padres como respeto a la opinión ajena, me impidió decirles que yo sabía cabalgar, derecha y sin dolores, aunque fuera empinado o se enmarañara el trillo. Y me fui con el alma estrujada, con la derrota grabada en cada paso, desde el preuniversitario Águedo Morales hasta la casa de Mima y Pipo, mis abuelos, en Consolación del Sur.

No hablé con nadie y a nadie dije lo que estaba sintiendo. Me sentí sola y quise estar, como siempre, al lado de mi madre. Ella sabe aliviar hasta las penas que parecen imborrables, dije entonces para mí misma. Pero estaba a 20 kilómetros de mí y tampoco quería darle un disgusto. Si le contaba lo que pasaba por dentro de mi pecho, mi madre se pondría triste. Preparé mi baño. Dejé que el agua y su tibieza me empaparan la cabeza. Como un relámpago, atravesó aquella melodía desde una sien a otra. Junto a ella, las palabras primeras de la canción que más amo: “Madre, ¿qué hacer conmigo, ahora que estás lejos…?”.

Hasta en lo más terrible puede haber algo bueno. Ya me lo habían dicho, pero fue aquel momento de mi vida el que lo hizo verdad. La profe Milagritos confiaba en las habilidades que tenía para comprender el Español y la Literatura. Así que… “¿Cómo dices que no vas a seguir estudiando? ¡Ahora mismo, ve y di que quieres una licenciatura!”. Y lo hice. Gracias a ella y a la frustrada entrevista, avizoré un futuro en el que me convertiría en maestra. Como tantos en mi familia y descubrí, con 17 años, esa faceta mía que, latiendo junto al corazón, aún no conocía.

Milagros González fue también la primera persona que acompañó en el piano la canción que, en 1986, me abriría una puerta inmensa. Lo que se esperaba de mí, entonces, era que llegara al otro lado, donde encontraría un rotundo y definitivo éxito artístico. De alguna forma, colmé las expectativas, porque ese premio no se olvida por más que pase el tiempo; pero, de otra, seguí siendo una muchacha de decisiones inusuales, que quiso ser doctora, siguió con devoción la ruta del magisterio y terminó siendo una maestra que canta.

Sobre el Autor

Miriela Mijares

Miriela Mijares

Cantautora pinareña y miembro de la Unión de Escritores y Artistas (UNEAC)

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