Actualizado 17 / 12 / 2018

buscar en guerrillero

Facebook Twitter Youtube  Rss 

21ºC
29ºC
Estado del tiempo en Pinar del Río

Amistad

Era una de esas tardes cargadas en que uno sale del trabajo alicaído y sin el menor deseo de llegar a casa, donde aguarda la rutina del fogón y los platos por fregar.

Recuerdo que pasé antes por el Parque de la Independencia, a fin de probar la novedad que era la wifi por esos días y ya casi me iba, cuando algo ocurrió de súbito: las personas comenzaron aglomerarse en torno a la glorieta. Allá arriba, un hombre alto y rubio de unos 50 años se dirigió a la gente.

El orador era un religioso estadounidense. Habló de cosas sagradas y hermosas como el amor y la fe. Su discurso era ameno como una buena historia. Reía mucho y regaló abrazos a las viejitas y a los chiquillos que se acercaron a saludar.

Al final de la presentación regaló biblias de cubiertas azules y páginas de papel cebolla a todos los que estábamos allí, algunos convocados por la iglesia, imagino, otros por azar, como yo. Después supe que se trataba de un donativo de la Comisión Bíblica de su país en coordinación con el Consejo de Iglesias de Cuba.

“Mi pueblo ama mucho al de ustedes”, dijo en otras palabras y agregó que cada quien en su congregación puso lo suyo para comprar los textos sagrados, incluso su papá, un octogenario que se dio a jugar a la brisca con otros jubilados y ganó par de apuestas, “par de biblias para obsequiar”.

A pesar de la política absurda que nos distancia, siempre hubo y hay gente ansiosa de estrechar lazos: amigos capaces de acogerte en un sencillo hotel, cuando el resto de los hoteles de lujo se niegan a hospedarte, como le sucedió a Fidel en 1960; amigos que muchos septiembres después, se congregaron en el recinto de la iglesia Riverside para obsequiar sus cantos tristes de afrodescendientes a Díaz–Canel, el presidente de la pequeña Isla tan cercana y a la vez tan distante; amigos como Lucius Walker, el pastor bautista estadounidense que vino a Cuba en los años más duros con su caravana de Pastores por la Paz y le abrió su corazón a este pueblo, ávido de un hombro bueno donde recostar la cabeza.

“Sin norteamericanos amigos, Martí no habría podido vivir en Estados Unidos tantos años”, refirió en una ocasión Eusebio Leal, en el parque consagrado al Apóstol frente a la antigua tabaquería de Ybor City en Tampa.

Muchos estadounidenses se alistaron en las expediciones mambisas cuando estalló la Guerra de los Diez Años, ávidos de luchar por la independencia cubana y contra la esclavitud de los hombres.

Nueve pelearon como coroneles, dos como tenientes coroneles, ocho fueron comandantes, ocho tenientes, 17 capitanes y otros 83 alcanzaron diferentes rangos, apunta René González Barrios, presidente del Instituto de Historia de Cuba en su artículo Estadounidenses en la Independencia de Cuba.

Henry Reeve tenía apenas 19 años cuando abandonó secretamente su hogar en Brooklyn y se enroló en el vapor Perrit con destino a la Mayor de las Antillas. Aprendió el español ayudándose con un ejemplar incompleto del “Quijote” y llegó a usar el idioma “con desembarazo y correcta dicción hasta cubanismos más selváticos”.

“El Inglesito” llegó a alcanzar los grados de general de brigada. Tenía el cuerpo deshecho por la guerra e hizo que le adaptaran con tiras de cuero una prótesis metálica a la pierna derecha, inutilizada por una herida de bala. Sus hombres, que le querían como a un hermano, tuvieron que crear además un dispositivo que lo mantuviera firme sobre su cabalgadura.

Y así ha sido en el tiempo la amistad entre la gente de una y otra orilla. Hay una foto de Camilo Cienfuegos en la que sonríe todo coqueto mientras una linda neoyorquina le acaricia la barba. El Comandante venía de colocar una ofrenda floral en el monumento a Washington.

Hace un par de años conocí a Amy Wallace. Es una muchacha noble, profesora de violín en su natal Kentucky. Llegó a Pinar del Río con algunas colegas a intercambiar con el proyecto sociocultural Crearte en dinámicas de creación artística y crecimiento personal.

Tuve el placer de compartir tiempo con ella. Me contó que venir a Cuba era un viejo sueño de su infancia, avivado por las narraciones de una profesora suya, la cual solía platicarle con los ojos llenos de luz lo increíble de nuestra cultura y capacidad de resistencia.

En la segunda oportunidad que su grupo visitó el país, Amy no pudo venir y envió una postal para mí. Decía que le estaba enseñando a sus alumnos a tocar el “Chan Chan” y que ahora todos morían de las ganas de viajar a este pedacito de mundo.

Sobre el Autor

Susana Rodríguez Ortega

Susana Rodríguez Ortega

Licenciada en Periodismo en la Universidad de Pinar del Río Hermanos Saíz Montes de Oca.

Escribir un comentario


Código de seguridad
Refescar

Red 2.0

Aplicación móvil
Extensión para su navegador

Periódico Guerrillero