Actualizado 20 / 11 / 2018

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Double play, estampas beisboleras

No pretendo competir con mi amigo Martínez de Osaba ni invadir su coto sagrado. Lo respeto, lo admiro y le agradezco, pero soy, como él, un apasionado del deporte, especialmente del béisbol, que me atrapó en aquellos adorables piquetes del “Mayca” con sus héroes descalzos y sus peligrosos fildeos sobre “placeres” y campos arados en mi lejana adolescencia.

Hoy, ya viejo, se me ocurre que hay una relación intrínseca entre la pelota y mi actual estatus de consumidor. Aquí les van estas entradas de distintos juegos ¿hipotéticos?

PRIMERA ENTRADA... El pícher hace un extraño movimiento, juega sin guantes y es sospechoso el lanzamiento sobre la pesa inclinada. La esférica tiene un tufito a pelota trucada, es demasiado veloz y pegajosa: ¿ultra picadillo? El bateador se aparta, quiere evitar el pelotazo, pero regresa a la caja de bateo tratando de descifrar lo que sucede detrás del mostrador. Es su turno, lo esperó días enteros y necesita empujar una carrera a la mesa familiar. Hace swing y la esperanza conecta un roletazo de resignación. El pícher recoge la bola a mano limpia y se produce un double play. Son puestos out la salud y el respeto.

SEGUNDA... Es un partido insólito. El bateador nunca ve la bola, tiene en los ojos una venda de desinformación. Debe hacer swing con su olfato daltónico no acostumbrado. Incluso, si se embasa de convertible suficiencia, es puesto out con una bola escondida. "TRDimensiona" su posición en el plato, pero sigue sin descifrar el lanzamiento.

El pícher no se presenta y nadie le canta ¡box! Ni siquiera sabe lo que va a tirar, aunque conoce bien las señas. Si el bateador conecta o no, a él (ella), no le importa, porque no le reporta. Sin embargo, no hay que ser tan exigente. El bateador recibió alivio para el intenso calor. Es verdad que el aire acondicionado no condicionó sonrisas ni buen trato, pero al menos disfrutó de la ilusión del jonrón, aunque solo pudo dar un toquecito de bola. –Hubiera sido peor sufrir un juego perfecto, se consuela.

TERCERA... –Y esas pelotas ¿son importadas?, pregunta el lanzador al árbitro principal, ¡son durísimas!, nunca había tirado 150 millas con mi recta. –No, responde el ampaya, ahora vienen en paquetes de 25 pesos, son de producción local. No lances muy pegado: hay escasez de prótesis dentales. –Tranquilo, responde el serpentinero, con las de 12:50 me daban algún foul, ahora casi no pueden levantar el bate, voy a meter 27 ponches, con mi bola chanfleada. El juego transcurre con tranquilidad. El bateador nunca protesta, si lo hace, nadie le escucha, y si le escuchan, corre el riesgo de que lo expulsen del juego aun cuando a un pelotazo se lo canten strike. El double play es seguro.

CUARTA... Se produce una situación inusitada: los aficionados bajan a raudales de la gradería exigiendo participar en el juego. Es un club de fanes que siempre está en el estadio, esperando el extra inning. Aunque no haya duelo anunciado conocen anticipadamente el itinerario “Ideal”. El equipo al bate acostumbrado a jugar tranquilamente el partido, –ya decidido en su contra–, corre despavorido hacia las cercas. Los árbitros sacan sus celulares y piden ayuda, impotentes ante el empuje de la multitud.

–¡Qué bonito!, dice con desidia un aficionado. –¿Cómo qué bonito?, alguien le cuestiona airadamente. –Esto es una desvergüenza...

–Quise decir ¡que hay bonito! –rectifica el primero, están ofertando pelotas para juegos de 50 entradas. –Bueno, habrá que suspender el partido, –replica más calmado el escandalizado observador.

–Ni hablar –le responde su interlocutor– está fuera de fecha y el juego no se puede congelar.

Afortunadamente, el partido continúa. Llegan los refuerzos y, rompiendo la mecánica beisbolera, sacan algunas tarjetas amarillas hasta que logran un “bonito” cuadro de forzada disciplina. Luego se retiran.

A la larga, parece que habrá mejoría. Los árbitros se han reunido y decidieron proteger al bateador. No obstante, es necesario que, de oficio, se quiten la careta y el peto (porque el bateador no los tiene) y de vez en cuando se paren en el cajón de bateo a disfrutar una recta de 100 millas. Eso, si es como muchos dicen, que somos jugadores de un mismo equipo.

Termina la entrada, todavía no anotamos. El juego continúa...

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