Actualizado 16 / 10 / 2018

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Teté Millo y el único jonrón

A la memoria de Teté

Hace unos días, en el Capitán San Luis, recordé a Paulino (Teté) Millo entre los personajes más simpáticos, populares y ocurrentes de Minas de Matahambre. De origen viñalero, por los años ´30 y ´40 del siglo XX fue amigo de los Goenaga, cuando mi abuelo era el telegrafista de aquel pueblo. Su hijo Retazo ideó la mascota de los Vegueros y desde la 57 Serie se pasea por la instalación, le hacen fotos, firma autógrafos a los niños, se mete cariñosamente con la gente, con los aficionados y ellos con él. En fin, es la figura pintoresca del “San Luis”.

Muchos años antes, Teté había fecundado una prole de ocho hijos, a quienes bautizó con nombres para no olvidar: Amor, un lanzador estelar de la pelota pesetera de mi pueblo (ya fallecido). Recuerdo aquellos juegos de pescozones y bolas enmarañadas al flojo y en la colina del frente a Pipo Olivero. Después llegaron Cariño, Puntilla, Artodoxa, Coracho, Retazo, Resumen y Final. Su esposa, Ada Iglesias, era Araña y él se autotituló Suministro, porque era quien abastecía a la familia.

No creo mucho en esas cosas, pero las respeto. A fin de cuentas la ciencia no lo ha descubierto todo. Hombre del millón de anécdotas, supo hacer el bien. Sus recuerdos en las Minas son diariamente. Eugenio Martínez, conocido por El Niño Carmona, pelotero y combatiente del Frente Guerrillero de Pinar del Río, amigo personal de Teté, me contó algunos sucesos:
Que si aquella vez quitó en un par de días las verrugas que cubrían la cara de un niño o que un buey con gusanos en las orejas que no dejaba enyugarse, casi al borde del sacrificio, nuestro hombre llegó, miró al animal que bufaba, convidó al dueño a una taza de café y al salir de la casa caían a montones los gusanos. Y que no lo duden, hay centenares de testigos. “Vivir por ver”, diría el abuelo Pancho.

Aquella tarde Teté iba a mi lado en la cama de un camión de la minería. Siempre viajaba con nosotros para los juegos de pelota. ¿Cómo decirle? Casi un mes llevaba más que preocupado por un grano, allí donde los hombres no queremos que salga. Me vieron varios médicos y nada quisieron hacer, pidieron paciencia. Nunca he tenido tanta. Recostados a la cabina le conté mi sufrimiento. Él solo esbozó una sonrisa: “Juega como si nada, Juany, olvídate de eso, dedícame un batazo”. Mentiría si digo otra cosa, no le creí, pensé no tener remedio. ¡Y a qué edad!

Llegamos al estadio de Sumidero sobre la una de la tarde, el sol rajaba las piedras. Mal augurio, casi siempre termina con lluvia, el enemigo número uno de esas jornadas, el dos es la oscuridad para decidir extrainnings.

Por ellos lanzaría Rolando Serrano, quien después lo hizo en las series nacionales y más tarde estuvo con nosotros en las Minas. Tiraba duro, con buen control. Así se relajan los bateadores, no hay nada peor que un pícher rápido fuera de zona, termina por descontrolar a los hombres madero en mano, el juego se descontrola. Por nosotros, el novato Juanito Peluquera, veloz y fuera de zona. No comenté la conversación que había sostenido con Teté, ni siquiera con Monguito Veterán. No quería burlas.

En la tercera entrada un corredor salió al robo de segunda, venía como ciclón cuando entra en tierra firme. El tiro de Pape Acosta fue bueno, lo esperé. El muchachón, que usaba spikes por primera vez en su vida, se tiró con fuerza sobre la base, clavó los pinchos en la tierra y dio una vuelta de carnera ante unos ojos cada vez más abiertos. La parte de atrás del zapato derecho fue a dar con mi mentón. Caí semidesmayado, pero no solté la pelota, el árbitro cantó out.

Al parecer no era mi tarde, un poco de hielo me devolvió los cabales. Masaje contraindicado. Recordé el cuento de mi padre muchos años atrás, cuando recibió un pelotazo de Emilio Pérez y Nenito la Puerca le zafó la quijada con el masaje; tuvo que atenderse en La Habana. Por suerte mi golpe no tuvo consecuencias. Seguí en juego, la gente aplaudió, mis ojos iban hacia una rubiecita linda que me miraba con candidez. Después del juego te voy para arriba, me dije. No pude acercármele, gracias al celoso novio. Las caras lindas me han cautivado. Una me tendió la enredadera y nos acompañamos hace más de cuatro décadas.

Perdíamos cuatro por dos, Serrano abandonó el box por indisposición, no pude batearle. Entonces trajeron un zurdo de buena velocidad y pronunciada curva. La mente en las palabras proféticas de Teté Millo. El próximo turno me ponché, seguía sin ser mi día. Lo miraba de vez en vez, él sonreía. Noveno inning, volví al bate, pensé salir de allí lo antes posible. El mejor conteo para los bateadores, tres bolas y un strike.Le hice swing a una recta por el mismísimo centro del home y conecté, con dos hombres en bases, lo que creí un “inofensivo fly”. Corrí duro y escuché la gritería. Tato el coach dijo algo que al principio no entendí: “Corre suave, la bola se fue...”. Palabras de ultratumba. Cuando llegué a la primera base miré para el jardinero izquierdo que saltaba la cerca para buscar la pelota. ¡Había bateado un jonrón! Alegría inmensa, nunca sabré describirla.

Detuve el paso y comencé a dar la vuelta al cuadro como si fuera un slugger. Miré para todos lados, unos aplaudían, la mayoría con cara de malos. Quizás les eché a perder alguna apuesta; me esperaban en home. Ganamos el juego después de servirles los últimos outs.

Felicitaciones múltiples. Ahora los ojos no iban a la rubiecita linda, sino al viejo feo que me auguró el batazo. Allí estaba contento, al lado de nuestro dugout; no esbozaba una sonrisa, reía.

Una semana después desapareció, como llegó, aquella dolencia nunca olvidada en mi honor varonil. Siempre recordaré a Teté, uno de los hombres más simpáticos que he conocido. Cuando fui a agradecerle, ni siquiera me dejó: “Tenía confianza en ti”.

¡Ah! Olvidé una cosa, fue el primer y único jonrón en mi efímera carrera de pelotero. ¿Lo conecté yo, o fue Teté?

Sobre el Autor

Juan A. Martínez de Osaba y Goenaga

Juan A. Martínez de Osaba y Goenaga

Escritor, promotor cultural, crítico, ensayista. Profesor Titular y Consultante Universitario de la Facultad de Cultura Física y Deportes Nancy Uranga Romagoza de Pinar del Río y una experiencia de 35 años en labores investigativas y pedagógicas en la Universidad del Deporte Cubano.

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