Actualizado 17 / 12 / 2018

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Almas dañadas

Hace cinco años, tener internet en el celular era una utopía para los cubanos, hoy, gracias a los esfuerzos del país y de Etecsa, el sueño se materializa, amén de la inestabilidad en la conexión y los altos precios.

El desarrollo constante de las nuevas tecnologías es innegable; las bondades de la red de redes hacen la vida más fácil en todo el planeta. Sin embargo, estar conectado se ha convertido en adicción, y más que entorpecer la comunicación verbal entre las personas, a veces deshumaniza y endurece.

Ya estamos “conectados con el mundo”, como se dice por ahí, pero es más que eso, ahora la vida privada se comparte con todos. Desnudamos el alma ante miles de ordenadores; tenemos amigos virtuales que llegamos a querer más que a la propia familia, aunque nunca los hayamos visto; nos vestimos de hipócritas para celebrar la belleza a veces ausente y le damos like a fotos que son motivo de disgusto, en un derroche de morbo e insensibilidad.

Mi sobrino de nueve años insistió en pasarme vía Zapya algunas imágenes y vídeos del accidente del avión que no habían sido publicadas en los medios. Me confesó que no se atrevió a verlos, pero como todos sus amiguitos de la escuela lo tenían en teléfonos y tabletas, él no podía ser menos. Sentí vergüenza ajena.

Es alarmante que hasta los niños se hayan contagiado con un fenómeno que cada día cobra más vida en la sociedad y que lamentablemente se ve tan normal como beber un vaso de agua. Claro, no es culpa de ellos, son solo imitadores de lo que hacen sus padres y el resto de las personas mayores a su alrededor.

Cuando ocurre un accidente, una catástrofe o un crimen, por lo general al ser humano le gusta que le cuenten cada detalle cual película del sábado, mientras más ilustrado mejor.

Pero con la era digital todo se magnifica, ya no basta con hacer el cuento. La tendencia actual es compartir imágenes perturbadoras como si fueran postales de cumpleaños: cuerpos quemados, piernas cortadas, cabezas deshechas, peleas callejeras, machetazos, puñaladas y hasta velorios con ataúdes incluidos. Lo peor es que se disfruta, se esparce como “pan caliente” en cuanto dispositivo digital exista.

Resulta increíble que alguien que pierda a un ser querido tenga ánimos de buscar una zona wifi para contarle a miles de desconocidos lo que le ha pasado, esperando un “Me gusta” de simpatía por su dolor. ¿Por qué hacer partícipes a los demás de tanta angustia en un plano tan abierto e impersonal? ¿Cuál es el sentido de buscar apoyo emocional en pulgares hacia arriba? ¿Será la suma de tantas reacciones el bálsamo para aliviar tamaña pérdida?

Muchos no estarán de acuerdo con este comentario. Han encontrado en las redes sociales un refugio espiritual que se ha convertido en rutina inquebrantable, necesitan proyectarse a través de ellas para poder respirar.

Facebook y Twitter, entre otras plataformas, han demostrado ser herramientas muy efectivas en todos los aspectos: ganan elecciones, concursos de talentos; fabrican millonarios, famosos… pero ojo, también desatan conflictos, violencia, mezquindad y estupidez.

El contagio es casi general. Sin darnos cuenta nos volvemos víctimas de un aparato gigante diseñado para ofrecer conocimiento sin límite, comunicación virtual infinita, pero que sin duda, también atrofia el cerebro de muchos. Esos, que no son pocos, van cuesta abajo por una pendiente que al parecer no tiene fin y arrastran consigo a todo el que les rodea.

¿Hasta dónde dejarse manipular por la tecnología? ¿En tiempos en los que tanto se aboga por recuperar valores nos despojamos del sentido común así, sin más? ¿Es realmente tan reconfortante revelar nuestra intimidad ante un puñado de extraños? ¿Dónde quedó el pudor y el respeto a la privacidad, al dolor ajeno? ¿Por qué perder el tiempo, que es tan valioso, en formar parte de una cadena masoquista que solo anquilosa la mente y altera los sentidos?

Disfrutar de los placeres de internet no significa sucumbir ante sus cantos de sirena. No es cuestión de negar el desarrollo, sino de recordar que somos seres humanos y que vivimos en comunidad.

La clave está en ser inteligentes, en utilizar con mesura y sabiduría las maravillas del mundo virtual de hoy, en darnos cuenta donde están los límites que no deben sobrepasarse para no caer en el morboso abismo de la inconsciencia y la banalidad.

Seamos cuidadosos con las mentes tiernas de los niños que son mucho más vulnerables a esa adicción desmedida por la tecnología.

Compartamos alegría e ingenio con los amigos virtuales, no intimidades ni miserias que alimenten lo más oscuro del ser humano.

Soy partidaria de un mundo en el que todos tengamos acceso a la información, al conocimiento, pero el camino puede ser retorcido si no sabemos discernir lo que está bien de lo que está mal.

Ponga los pies en la tierra, levante la cabeza del dispositivo un segundo, mire a su alrededor y revísese el alma, puede estar seriamente dañada.

Sobre el Autor

Dainarys Campo Montesino

Dainarys Campo Montesino

Licenciada en Estudios Socioculturales. Ha trabajado como traductora de la versión en inglés del Periódico Guerrillero.

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