Actualizado 25 / 09 / 2018

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Supercaballos y perros voladores

Darwin no se equivocó. A pesar de que su teoría de la evolución de las especies durante décadas ha tenido innumerables detractores, una vez más ha quedado demostrado que, incluso más allá de la selección natural, las especies siguen siendo susceptibles a cambios en su morfología y funcionalidad. La ciencia continúa dando nuevas luces y los escépticos y retrógrados se van quedando sin argumentos.

Sin más devaneos, ha aparecido en nuestra ciudad un espécimen de animal, muy parecido a un perro, ladra como un perro, saca la lengua y menea la cola como un perro, aunque vive peor que un perro. Solo se le puede ver cuando atraviesa las alturas en un errático vuelo. Esto hace difícil identificar que órganos le permiten elevarse desde el suelo. En otras palabras, no se le ven las alas, pero vuela.

Algunos piensan que puede ser un lejano pariente del sabueso de los Basker-ville, porque emite un largo lamento, ya sea que vaya patas arriba o cabeza abajo. No obstante, las grabaciones a las que hemos accedido demuestran que el aullido no produce el terror que imaginó Conan Doyle, sino una profunda consternación. Claro, es que está evolucionando. Esta nueva raza, según los expertos, tiene sin embargo, una dificultad: necesita propulsión para emprender el vuelo y se torna difícil entrenarlos, porque cuando ven a sus instructores corren despavoridos, quizá tratando de demostrar que si alcanzan la velocidad suficiente, podrían despegar por sí mismos.

Por suerte, muchos son atrapados y se les aplica un amable ejercicio al que denominan “acrobacia de hélice” (tomándolos tiernamente por las patas traseras) que los catapulta, les permite ejecutar una graciosa parábola en el aire y aterrizar en el vehículo que los llevará al centro de preparación.

Como siempre sucede con los adelantos de la ciencia, ha aparecido un pequeño grupo de “defensores de los perros voladores” como se les ha dado en llamar. Ellos denuncian que la supuesta ayuda que se les presta es una manifestación de abuso animal (burda mentira, porque hasta ahora ninguno ha protestado) y que no son ellos los que necesitan volar, sino nosotros. Además, los animalitos que son llevados al centro de preparación, nunca más vuelven a las calles, lo que demuestra que es en ese lugar donde alcanzan la plenitud de su desarrollo.

No vayamos muy lejos, ¿quién no ha visto la nueva raza de supercaballos, capaces de cargar 20 veces su propio peso? Como todavía no se ha estabilizado su edificio biológico y no saben equilibrar sus resortes musculares (porque está evolucionando) al igual que el perro volador, necesitan ayuda y entrenamiento.

Este espécimen (me gusta esta palabrita) necesita estar bien flaco, porque tiene un metabolismo que le produce exceso de grasa, esta le brota por los poros, cae al pavimento y le dificulta avanzar. Por suerte, posee censores en todo el famélico cuerpo que el entrenador avezado, con un sencillo palo, o una fusta, o un látigo puede activar para poner a tope las potentes baterías celulares que tienen las patas del ejemplar.

A veces la inexperiencia de los instructores les obliga a darle un par de docenas de toques hasta encontrar el censor exacto. A menudo se produce el infarto, pero todo experimento tiene sus riesgos.

Esta pequeña dificultad los ha rodeado de calumniadores, que los ofenden con la vil afirmación de que son ellos quienes debían llevar los arreos y no los superca-ballos. Las autoridades deberán tomar cartas en el asunto y demostrar su amor por la ciencia. Es verdad que esta nueva raza, en su evolución, podría tener un déficit en la conformación de las extremidades, porque a veces cae y no puede levantarse, y eso sobrecarga su potente corazón, que como consecuencia, deja de latir. Sin embargo, la naturaleza es sabia y sabrá corregir en algunos cientos de años este problemita, y lo hará, sin dudas, a pesar de los ya mencionados “defensores de los animales” que tanto obstaculizan el avance de la ciencia.

Los entendidos consideran también que es muy prometedora la introducción del nuevo ciclo de entrenamiento nocturno, especialmente en tiempo de carnavales, porque esto le reporta al animal un trabajo más fresco, tiempo de esparcimiento y, ¿por qué no?, alguna que otra cervecita.

Por lo pronto, el equipo de investigación también está haciendo ingentes esfuerzos para introducir en la mente de los instructores el gen de la vergüenza y la conciencia social. Algo difícil, porque a diferencia de los supercaballos y para deshonra de Darwin, ellos no tienen censores… ni evolucionan.

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