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Oscarito Pitágoras

Oscarito es mucho Oscarito. Yo le digo que a pesar de su corta edad va a terminar en un hospital psiquiátrico de tantas y tantas cuentas que saca.

Dicen que en sus años de alumno de preuniversitario prefería estudiar matemática toda la noche que salir con la más bella de sus pretendientes.

Lo cierto es que con el socio Oscar es bastante complicado compartir, conversar o debatir sobre algún tema. Consigo siempre lleva su vieja calculadora que le trajeron de Venezuela y una pesa para que ningún bodeguero, carnicero ni placero le pueda pasar gato por liebre.

Hace años me enseñó un profundo estudio de toda la plata que podía ganarse un vendedor estatal de granizados en solo una mañana llevándole 10 miligramos de sirope o refresco a cada uno de los clientes, que con el sol rajando las piedras venían a refrescar.

En su aval cuenta también con un análisis basado en elementos científicos, que demuestra cuántos kilogramos de arroz puede obtener en la pesa el más "noble" de los bodegueros. Él se encargó de averiguar la cantidad de consumidores que tenía su bodega y sacó el promedio de cuántos kilogramos se iban por la "izquierda" en cada operación, lo mismo a principio que a final de mes.

No sé a qué oficina fue ni qué tramite hizo, pero finalmente le pudo llegar al promedio de edad de los carniceros en Cuba y el numerito –que no me quiso revelar– dice que pone de manifiesto que muy pocos se quieren jubilar.

Acompañar a Oscarito a una celebración es una verdadera agonía. Él sabe como nadie de peso, normas, deberes y derechos de consumidores y vendedores. Si dice que un bisté tiene tantos gramos, póngale el cuño que eso no falla. Un día estuvo cerca de un infarto cuando en un lujoso restaurante de esta ciudad le picotearon una malanga en un plato y la convirtieron por arte de magia en cuatro raciones.

Oscarito no soporta el abuso. Arde cuando se entera que elementos bien mayorcitos santiguan con agua (no se sabe si limpia o sucia) una pipa de refresco, conscientes de que ese alimento es el bálsamo de muchos padres y madres para garantizarles la merienda escolar a sus infantes.

Y no lo quieran ver frente a una pipa de cerveza con unos tragos de más, esa de la cual bebemos por lo general los que menos plata tenemos, aunque en los últimos tiempos la cuestionada bebida se ha convertido en presa fácil para revendedores, que lo mismo llenan dos sacos de pepinos (pomos plásticos) que una araña halada por un caballo o una yegua vieja rumbo a las peleas de gallos.

Oscarito sabe que un hectolitro es igual a 100 litros, que un pepino de refresco Tukola contiene 1 500 mililitros y una lata de cerveza 355. Él saca y saca cuentas y es capaz de calcular con una precisión increíble cuánto puede “arañar” un pipero en un par de horas, ya sea por no dar el vuelto ni a Masantini el torero que por no llenar el pomo como es debido. Eso sin contar que mi buen amigo conoce que dicha cerveza lo mismo viene de “Villa Clara” que de “Aguas Claras” y que los vendedores, por lo general, le llaman "Aguanile Boncó”.

El "mejor" discípulo de Pitágoras tiene el verbo caliente cuando habla de causas y condiciones para que trampas como estas pasen con la mayor impunidad. “Sucede que no queremos buscarnos líos, mi hermano, porque hay piperos tan guapos como los cocheros y bicitaxistas, incluso, a veces si protestamos hacemos el ridículo y nos llaman tacaños. Caramba, pero hace falta que sus jefes pasen por la Plaza y por el “Bosque”, y prueben el lager a granel para que sepan lo que La Habana tiene adentro, aunque en los últimos días ha mejorado".

Oscar es Oscar. Dice que no se cansará de reclamar sus derechos. Yo quisiera imitarlo, pero con los factores de riesgo que tengo encima, prefiero evitar acabar durmiendo en una sala de cuidados coronarios o que me dejen guardado para siempre en un nicho en “Agapito”.

Sobre el Autor

Ernesto Osorio Roque

Ernesto Osorio Roque

Licenciado en Periodismo en la Universidad de Oriente, Cuba.

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