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Carta de amor

Predestinado para esta “insuerte”, después que apareciste, ya entiendo cómo sin ser mi lotería eres todo lo que negaron.

Te advierto padecer del síndrome de El malecón y El Morro, que resulta como la fiebre de andar por los barrios con el delirio del dueño que pretende embellecer a su caballo con la mirada.

No debes extrañarte si maldigo y persisto, pues mi fortuna es no creer que el pájaro se defecó en mí a mi paso; desde mi cuerda en todo caso soy el oportuno-ingenuo que se interpuso en la caída de un ápice de mierda hacia la tierra. El ave, intuitiva, preferirá abonar la isla que habita y como podrás ver soy lo que no quiero explicar. Solo vine a decir que existo. Tú y los demás son mi concurso, trofeo: tú, los buenos días y prepararte el café por las mañanas.

No me ocupo de si tengo la razón, tal vez ella me tiene y por eso me fabulan. No es asunto justificar lo que descubro desde este campanario. No lo asocies con mi apego al fango, al cielo o las playas, ni siquiera a la sal. Soy pantano, mar, arrecifes. Donde quiera que esté puedo ser patria o un pedazo, que es lo mismo cuando me ramifico.

Si vas a consentirme debes saber que mi demencia es con los que quieren, con salmos, sanar a la ciudad y veneran la ceiba.

No cierro ventanillas para que, en la ventisca, la lluvia nos despabile. Saludo y converso con los perros sin concilios mutuos; responden amorosos con el rabo, me ladran con respeto aún cuando, con cariño, los ofendo.

Amor, si te arriesgas deberás entender mis insomnios y esta libertad que, interna, he conquistado desde este promontorio que me acoge, como el más vigilante de los vigilados.

Releerás mi Biblia –la que estoy escribiendo–. Al pensar que estoy cuerdo te diré: “Te equivocas; soy afluente del inequilibrio, estoy atado a esta cuádruple forma de amar las cosas y obstinado en el acorde inverso que asume iguales notas pero suena distinto”.

Disfruto cada barco en mi bahía (¿recuerdas?). Amo demasiado a mis nostalgias para ir a nostalgiarme a otros inviernos... Sé del extravío en otros hormigueros para, sin barrios, no tener musas que darle de comer a mis gorriones.

Estoy vivo, amor, me siento, aunque no es suficiente para existirme. No quiero abandonar el campanario de donde visualizo jardín y manicomios. Desde aquí rezo por el retorno de los navíos, que entraban a fecundar los ovarios de mi ciudad, la misma que me ve desandarla como para salvarnos.

Si te alistas, amor, tendrás que amarme en esta orilla, sobre esta ola en la que insisto en pos de sanar caries y várices de los edificios, avenidas y hematomas de los transeúntes.

Animal de este sol y de sus manchas estoy sembrado, amor, y me ofrezco desde mis hojas y raíces que avivan la fiebre de este síndrome.

En este claro del bosque engordo a mi alazán con la mirada.

Sobre el Autor

Julio Alberto Cumberbatch Padrón

Julio Alberto Cumberbatch Padrón

Poeta, trovador y promotor cultural habanero

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Comentarios   

TJ
+1 # OpiniónTJ 16-08-2018 19:35
Qué belleza, me encantó
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