Actualizado 14 / 07 / 2018

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Manual de lo cursi

Admito que lo cursi es un valor humano. Qué es un bolero, sino un molde de la cursilería. Un te sigo amando, un debemos separarnos, un oh vida, si supieras, situaciones elementales, básicas en la vida humana. Las personas necesitan que les hablen de amor, de corazón, de besos, de dolores amatorios. Y he sido cursi. Cuántos apuntes conservo de esas fantasías, de esas quejas estridentes, de esos énfasis próximos a la demencia. Una vez una novia se me fue para el “Norte”… Cómo lloré.

Esas quejas permanecen ilustrando mi tránsito por ese sentimiento juvenil cuando la cursilería se convierte en lo más grave de la existencia. En aquella época de mis 18 años, te sentías obligado a leer a Vargas Vila o a Hilarión Cabrisas o a José Ángel Buesa, recitar Metamorfosis de Urbina: “Era un cautivo beso enamorado...”, y a oír rancheras al son de guitarras lagrimeantes y fantasiosamente alcohólicas, pues lo máximo de la cursilería era emborracharse después que te cansabas de rogarle que sin ella de pena muero. Y si eras capaz de leer a Romeo y Julieta, más atractivo ganaban las reacciones cursis ante el suicidio de la pareja de Verona, cuyo balcón es todavía ídolo de peregrinaciones y juramentos que mañana se burlan.

En vez de beber, me atraganté de palabras, de versos. ¿Quieres leer un párrafo de ese cuaderno que no he picoteado para tener cerca las pruebas de mi vocación literaria? Me arriesgo. Verás cómo podía empezar a escribir un muchacho que llegó a publicar en periódicos y a hilvanar algún libro: Sé benigno al juzgarlo: “Hace poco me tambaleé como acróbata en las cuerdas de un circo. Tuve una novia. La amé. No vivía yo en mí. Era ella quien vivía en mí. Un día, en el cual me hice hombre, sus labios profirieron, con mil subterfugios, un exquisito no te quiero. Desde aquella tarde, despojado de mis esperanzas, he andado como un cadáver rebelde. La soledad y el orgullo abatido me ahogan. Pero el amor seguirá siendo para mí altar y horno”.

Ella nunca se enteró de esa nota tan ridículamente quejumbrosa. Tampoco de mis poemas.

Un poema de amor asusta si te decides a componerlo. Leerlo es un trance distinto: suave, emotivo, compensador. Escribirlo, en cambio, es como cruzar por los bordes de una tembladera donde puede enfangarse los zapatos el más incauto, o el menos experto. Es un resbalón que obliga al sonrojo en unos, y en otros, tal vez produzca una sonrisa agónica. Porque no consiste la arquitectura del poema en combinar imágenes, que a veces son joyas oxidadas por su mala ley, sino que se trata de hallar la originalidad y la calidad poéticas entre el tumulto de sensaciones e ideas, comunes al patrimonio de los enamorados.

Muchos años más tarde, esos recuerdos te parecerán triviales, artificios, condicionados por el cine y las letras más vulgares. Pero no me parece que al ser humano le baste el bienestar –estudios, empleo, vivienda, confort, consumo– para resolver sus problemas y ser feliz. ¿Y la muerte? ¿Y el amor? ¿Se resolverán esos básicos problemas del hombre y la mujer? Y ambos, el amor y la muerte, se dilucidan en el prosar diario, en ese enamorarse, ilusionarse hasta la bobería, olvidando que la muerte está en cualquier parte, pero que no se habrá de fijar en mí, que aún no he acabado de vivir. Y sabiendo que el amor también se nos abalanza en una brusca aparición, casi sin merecerlo.

Aún lloraba a la amada móvil –móvil porque se marchó al extranjero– cuando me topé con otra mujer. Y allí, al pie de mis descargos contra la que me abandonó, me asistió el tino para dejar una página en blanco y apuntar la presencia de la nueva novia, que sería la definitiva.

Sobre el Autor

Luis Sexto

Luis Sexto

Licenciado de la Facultad de Comunicación Social de la Universidad de la Habana. Periodista cubano y Premio nacional de periodismo José Martí 2009, tiene una columna fija los viernes en el periódico Juventud Rebelde.

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