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La vida… según mi padre

Mi padre había nacido y se había criado en el campo. Según él, solo tenía segundo grado escolar, o sea, era un “iletrado”. Sin embargo, ello no fue nunca obstáculo para lograr una buena comunicación con los demás. “Yo conozco palabras muy bonitas, pero no sé dónde ponerlas”, decía sonriendo, malicioso, cuando se hablaba al respecto.

A menudo quedaba absorto, mirando a lo lejos, como escudriñando el horizonte y luego pronunciaba aquellos vocablos como una sentencia: “La vida es muy amable”. Y cualquiera podía imaginar cuánto llevaba implícita esta última palabra, en circunstancias casi siempre relacionadas con algún familiar o amigo.

Laureano, que así se llamaba, era a veces muy sagaz, a pesar de su incultura. Tenía grandes valores espirituales y morales, y era, sobre todo, muy buen padre. Nos enseñó a leer y a escribir y nos formó, a sus hijos, en el justo camino de la decencia. Su recio carácter de isleño jamás impidió que sintiéramos permanentemente el enorme cariño que nos profesaba. Tanto se dedicó a nosotros que, una vez muerta mi madre, y cumpliendo una petición de ella, jamás volvió a casarse.

Trabajó en la construcción de la Carretera Central en Pinar del Río, con una compañía que si mal no me acuerdo tenía el apellido Warren en su denominación. Los dueños de ese emporio querían llevarlo con ellos a trabajar a Estados Unidos, por su actitud ante la faena diaria y por la inventiva a veces prodigiosa que solía mostrar.

Para sostener la economía de la casa recuerdo haberlo visto trabajar hasta en tres empleos simultáneamente. Papaíto, como le llamábamos mi hermana, mi hermano y yo, salía del hogar bien temprano y en ocasiones regresaba pasadas las 12 de la noche…

Hace algunos días encontré en la calle a una vecina que hacía mucho tiempo no veía. Caminaba despacio, con serias dificultades, apretando en la diestra un elegante bastón de madera labrada. De su rostro, casi sepultada la mandíbula inferior dentro de una amplia “minerva”, emergió una dulce sonrisa al toparnos.

—¿Cómo está?, pregunté, y proseguí a interesarme por la familia.

—Bastante bien, mucho mejor con el nuevo tratamiento ortopédico, respondió afectuosamente.

Después de conversar por un buen rato, ella sobre el gravoso tema de su enfermedad, y yo tratando de obviarlo, contándole sobre los nietos (las historias de hospitales no son mi fuerte), nos despedimos con un suave abrazo y un “cuídese mucho” de mi parte.

De regreso a casa, durante todo el trayecto no podía dejar de pensar en esta señora. Si se sentía tan bien con el nuevo tratamiento, ¿cómo sería antes de usar bastón y aquella cosa horrible atascada en su cuello? Al menos ella andaba, tenía ánimos, estaba viva, medité; y esto, para mi vecina, seguramente, era lo más importante.

Recordé entonces al sabio iletrado de mi padre, cuando pronunciaba aquella frase mirando en lontananza: “La vida es muy amable”. Creo que hoy lo entiendo más que nunca.

Sobre el Autor

Julia Hernández Santallana

Julia Hernández Santallana

Escritora residente en la ciudad de La Habana, Cuba.

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Comentarios   

Marcia González
0 # Señora de las 8 décadasMarcia González 21-07-2018 00:37
A lo mejor muchos no ven bien que hable de la escritora Julia Hernández, pero no me aguanto, por eso quiero decirles que además de escribir cosas tan hermosas, les aseguro que es una excelente madre y abuela, y ha dedicado toda su vida a su familia, tiene dos bellas hijas y tres nietos maravillosos frutos de sus cuidados y educación ....
A sus 80 años ahí sigue de frente y luchando.,
Ojalá y nos dure muchos años más .... te quiero mami, tú hija la menor...
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