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Yo también volteé la cara

No recuerdo cómo llegó a mis manos. Tal vez lo cogí sin pedir permiso del librero añoso que tenía papá, donde sobresalía el lomo amarillo de un diccionario filosófico. Era un libro pequeño y grueso, con tapas duras, y en la portada, roja y azul, las imágenes de Martí, Camilo y el Che. Relatos de Historia de Cuba, así se titulaba. En la parte inferior podía leerse: Cuarto Grado.

Por supuesto, yo no había llegado a ese año escolar, pero la curiosidad era mucha y los dibujos invitaban a la aventura. Cada capítulo era una historia y cada historia era eso, un cuento, donde alguien hablaba conmigo del pasado de Cuba, de las cosas, las gentes y los hechos que una vez fueron en nuestra tierra.

Cierro los ojos y aún puedo ver la representación de Hatuey, amarrado sobre una hoguera con gesto desafiante. O la del Veguerito, con la firme ternura para contar cómo a su papá lo mataron en una de las sublevaciones de los vegueros. O la de la rueda grande que se abrazaba al tronco de un árbol, allá donde vivió el hacendado Carlos Manuel.

Sin esfuerzo acuden a mi mente los rostros de Mariana, la madre recia que no quería lágrimas cuando hirieron a uno de sus hijos; y el de Agramonte, que llenaba de miedo a los españoles con su caballería; el valor de Pablo, el periodista que se fue a pelear a España; y el de Jesús Menéndez, negro serio y bueno, que aquel militar traicionero mató por la espalda en el Oriente de la Isla. También el del sombrero grande de Yaguajay, Camilo, y la sonrisa y la boina con que pintaron al Che.

Al final de cada relato, un recuadro incitaba a jugar recordando lo aprendido, y en otras páginas se hacía un resumen ameno de la lectura.

Me fascinaba del libro que tenía muchos personajes y que todo era conversando, como en el programa Había una vez... de la televisión.

Cuando llegué finalmente al cuarto grado, no me dieron entre los manuales de las asignaturas ninguno igual al mío. Supe, por la maestra, que ya la Historia de Cuba se estudiaba en otros textos más nuevos, y solo en quinto y sexto grados. De todas formas, seguí queriendo y releyendo a aquel amigo que solo un ejército de polillas logró quitarme de las manos, casi hecho polvo.

Años después, cuando cursaba la secundaria, la profe Nora me hizo recordarlo. Ella se parecía a mi viejo Relatos..., no solo por su estampa de matrona dulce y gruesa, sino porque sus clases de Historia tenían el mismo aire de cuento viejo, de anécdota de familia, donde siempre había una enseñanza, algo para sentir orgullo de ser cubano.

Con el tiempo y los estudios llegué a entender, de forma racional, por qué me enamoraron tanto aquellas páginas y por qué me decepcionaron otras, también referidas a nuestro pasado, pero más rellenas de fechas, largos párrafos sin imágenes y consignas patrióticas.

Nadie nunca me contará cómo los Relatos... me contaron la angustia de Lino Figueredo. Doce años tenía aquel niño y el palo, y la piedra, y la cal viva, y la viruela, y todo el dolor y el odio le rompían de un tajo la niñez. Martí subió con él las escaleras del presidio.
Martí lo vio llorar por su Taitica y su Mamita. Y más de una vez tuvo que voltear la cara para que no viera que sus lágrimas corrían como las del pequeño. Y yo, que me senté junto a ellos en aquel banco estrecho y duro de la injusticia, también volteé el rostro, lo alejé de mi libro, por si alguien descubría que, por primera vez, las letras me hacían llorar.

Sobre el Autor

Jesús Arencibia Lorenzo

Jesús Arencibia Lorenzo

Licenciado en Periodismo en la Universidad de La Habana, Cuba

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