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La Novia de Cuba y el joven sin nombre

Cómo voy a contarles esto?, ¿cómo se las arregla Pinar para venir a mí, o yo llegarme a él, unas veces por la poesía y otras por los ciclones?, ¿cómo hilarlo?

Bajé la calle Martí, como me dijeron. No fue difícil, el hotel Pinar del Río se parece a otros de su tipo a lo largo del archipiélago. Los trozos prefabricados fueron una necesidad, una conjura. Asistía al Encuentro Iberoamericano sobre Dulce María Loynaz, y una de las invitadas era Carilda Oliver Labra. Me aposté en las escaleras...

A La Novia de Cuba la había conocido en Matanzas, en medio de un accidente que resintió su cadera. La visité en el hospital. Me hizo un gesto de agradecimiento, me abrió los brazos. Mis cartas posteriores a Calzada de Tirry 81 no hallaron respuesta; pero ahora estoy frente a ella, ella frente a mí.

—¡Mi entrevista!, le dije, como reclamo urgente, como alguien muy cercano.
—Toda Cuba me escribe. Ya no tengo manos, me respondió. Me desarmó.
Me resisto a no traer aquí lo que me confesó en su habitación, cuando le pregunté qué lugar quedaba a la poesía en este mundo, donde todo parecía arrinconarla, acribillarla:

La poesía nos eleva de la materialidad circundante (...) A aquellos seres absurdamente normales que no varían sus días, o han tenido un problema en sus vidas que los ha dejado amargos o traumatizados, la poesía se les aparece inesperadamente en un gesto, en una frase. Sin matemáticas no habría puentes ni pirámides, ni las habría sin poesía. Poesía es lo que nos salva.

Había valido la espera. Esa... la que resultaba irresistible era la de los días, las semanas sin fluido eléctrico tras el huracán Sandy en Santiago de Cuba. 2012. Era octubre como fuera el de Flora, como será el de Matthew. Pero, ¿qué voy a decir a los pinareños? Sé que parecerá familiar.

De pronto vi llegar la caravana de linieros a mi barrio, con la bandera al frente. La bandera que salta, que entra por los ojos, por los poros. La bandera que ondea como nunca.

El joven sube al poste. Se desenrollan los cables, se tensan. Observo cada maniobra, imploro. Hay mucho de poesía en esas manos, pienso. Y no lo creo cuando se hace la luz, compruebo varias veces. Regresamos al siglo XXI.

Debí haber tomado el nombre de este joven desconocido, de este malabarista que hiló el amanecer; pero solo atiné a preguntarle de dónde venía... ¿Acaso, no imaginan?

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