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“Hotel todo incluido”

En la década del '50 del siglo pasado había pocas opciones de recreación para una familia pobre. Mi padre, obrero, no podía dejar de trabajar, y mi mamá, ama de casa, trataba de complacernos a los tres hermanos –dos varones y una hembra, de los cuales yo era el mayor–, hasta donde se podía.

Pedíamos irnos en las vacaciones de diciembre a la casa de unos parientes en el campo. Construcción típica de los campesinos: techo de guano, piso de tierra y fogón de leña. Dormíamos con mosquitero y en sábanas blancas almidonadas, con almidón de yuca, que se ponían frías por la noche. Un farol carretero encima de un taburete y el clásico orinal o tibor debajo de la cama. Recuerdo cómo chiflaba el viento de los frentes fríos en las madrugadas.

Solamente el trayecto del viaje era una diversión. Íbamos en guagua hasta La Conchita (antiguamente un caserío alrededor de la fábrica de conservas, hoy un reparto de la ciudad). Después pasábamos por un camino que salía del obelisco de Marimón y Sotolongo —médicos que fallecieron en el lugar por accidente de tránsito — y que actualmente permanece allí. La vía para carretas y bueyes estaba en malas condiciones y había que caminar dos o tres kilómetros, cruzar un puente de palmas sobre un arroyo casi seco y agarrarse de unos alambres para no perder el equilibrio. Siempre disfrutando mucho del paisaje silvestre hasta llegar a nuestro destino.

Nos recibía una familia sencilla, pobre, pero decente, como se decía antes. Por la mañana desayunábamos con leche acabada de ordeñar y hervida con leña, café y un pedazo de pan. Luego montábamos a caballo, digo, una yegüita, que era lo que poseían mis parientes; pescábamos en una laguna diminuta que solo tenía algunas biajacas flacas; pero nos divertíamos y saboreábamos el olor único de nuestro campo.

Nadie quería perderse los platos típicos: harina con manteca de puerco, arroz congrí hecho por la abuela, sopa de gallina, y qué decir de los dulces, de coco, de leche, de boniato o malarrabia...

Nuestra visita era para ellos una fiesta. Por las noches tocaban guitarra y se cantaba y bailaba: la corriente eléctrica ni soñarla; eso era exclusivo de los terratenientes. También jugábamos a las escondidas dentro del tabaco, y nos buscábamos algún que otro regaño, pues podíamos dañar las hojas de la planta.

Se nos terminaba el tiempo y no queríamos que llegara la hora del regreso. Cuando era inminente, se concertaban planes para la próxima visita. Quedaba en nosotros la nostalgia dulce de las vivencias en aquel humilde pero acogedor lugar, y de su gente buena.

Hoy mis nietos sueñan con otro “hotel todo incluido”, imposible de llegarle para muchos, con el inconveniente de que el de antes tampoco existe ya.

Sobre el Autor

José Martínez Márquez

José Martínez Márquez

(Pepe Martínez para sus amigos), 70 años, obtuvo mención en el concurso Crónicas de mi Ciudad

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