Actualizado 12 / 12 / 2017

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Caricatura de un lunes en Bahía Honda

Como ninguna división político administrativa puede alejarla de nuestro sentir pinareño, Bahía Honda, mi pueblo, sigue cercano. Tan cercano que me animo a desempolvar esta añeja caricatura cronicada, de hace 20 años, cuando lo “especial” del periodo tanto nos azotaba...

...Dos grandes atracciones tiene Bahía Honda y que hacen más espléndido el amanecer del lunes: el Tribunal Popular Municipal y la famosa “shopping”, tienda de moneda libremente convertible.

El uno se alimenta de la otra, porque después de las compras de ambrosías, zapatillas, cosméticos y novedosos pitusas, más atrás puede haber una vaca muerta, el robo de una puerca, una bicicleta extraviada, un caballo con dos patas de menos.

El parque Martí se aglomera con estos paisanos que van haciendo sus corros a las espaldas bronceadas del general Pedro Díaz y ante la triste y pasmada reflexión del Apóstol, condenado al silencio debajo de los altos laureles. El parque es un gran salón de espera, antesala de los juicios.

El circo romano es pequeño, pero se abarrota de curiosos merodeadores que han acabado de asaltar el lunes, ávidos de diversión después de un domingo rancio y desprovisto de todo incentivo.

Vienen a saber qué pasó con lo del machetazo, la puerca de fulano que no dejó ni rastro, el torete de mengano que apareció sin las cuatro patas y con un letrero que decía: “Parado por falta de gomas”; lo del correcorre del marido burlado tras el ofensor con un machete afilado por la guardarraya del central; aquel que cogieron con las 12 libras de café caturra; el que se robó el porrón, porque tenía complejo de Diógenes; y el más notable: el curandero que hipnotizó a una usuaria para robarle la olla de presión.

Unos en pleno juicio, otros después de la sentencia, a veces dejan la sala por un rato y se dirigen a la “shopping” con todo el vaho sudoroso del cuerpo para serenar los nervios y aliviar los flujos corporales en la TRD Caribe con el reconfortante aire acondicionado. Después vuelven a la puesta en escena.

Las calles siguen regalando los efluvios vaporosos del lunes. Se ve a Zaida con sus ropas raídas en raros soliloquios; más allá a la negrita Dora con su carga de jabas y fruslerías. Los granizaderos ofrecen sus frescos vasitos de elixir para aligerar el paso de las pizzas por el tragadero y, como especialidad, los frozen de fabricación casera.

Los lunes nunca llueve en mi pueblo, las calles se abren al alba para recibir a los fieles, los herejes, los trashumantes, los cartománticos, las muchachas de buena monta, las mujeres duritas de coraje, los jóvenes de buena ley que no aprobaron el séptimo grado y algún que otro irreverente que en una burda actitud osa burlarse del patriarca Juan Guayabú, el mito actual del pueblo y su legendario personaje de turno, que viste de larga capa de cuero en las cuatro estaciones del año; a veces anda sin zapatos rengueando con una corona de plumas de ave sobre la testa, varios collares de semillitas rojas y blancas, barba blanca, muy espesa a prueba de potajes y una jerga guachinanga en la voz.

Últimamente se le ve precedido de un famélico can, al uso y semejanza de San Lázaro. Su mayor mérito, digno discípulo de Diógenes, es no haber aceptado los siete barriles de oro puro que, según él, le han ofrecido en reiteradas ocasiones tres piratas de la corte de Henry Morgan, que tras haber dejado intempestivamente Port Royal en la fabulosa isla de Jamaica, desde hace tiempo lo esperan con eterna paciencia en Cayo Chivo.

Esta aldea tiene siete días de sueños y de vida en la semana, pero el más colorido y peculiar es el lunes. Si yo fuera mago o prestidigitador, detendría el tiempo justo un lunes y desde mi atalaya gozaría este retablo humano que ahora deja sus huellas tan solo en la punta del grafito.

A veces suelo pensar que este pueblo, fundado en 1806, después de repartidos los hatos y corrales, tuvo su fiesta bautismal con el toque de las campanas y el amanecer de un lunes.

Si fuera más, por ejemplo, emperador, decretaría el lunes como fiesta local, circularía un decreto en el que propondría un castigo severo a todo aquel que con hechos o palabras ofendiera al lunes, hasta diciendo simplemente que es el segundo día de la semana.

Pero como soy un simple ciudadano, hereje por condición, pecador de mala muerte, que no tengo arientes ni parientes en las dependencias palaciegas, confieso que al caer la tarde de cada lunes, casi nostálgico, tengo que admitir la fuga del sol en el ocaso e imagino que esta gente que ahora vuelve a sus lares con la esperanza de que se abrirá la historia al otro lunes, son simplemente víctimas de un encantamiento que los atrae a sus polos originales, tal vez hechizados con cánticos misteriosos que vienen del mismo monte con olor a marabú.

Sobre el Autor

Lorenzo Suárez Crespo

Lorenzo Suárez Crespo

Emblemática figura de las letras en la provincia de Pinar del Río, Poeta, escritor para niños y promotor cultural. Ha sido reconocido con varios premios tanto dentro como fuera del país. Textos suyos han aparecido en diversas antologías de literatura cubana y libros de textos de la enseñanza primaria.

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