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La luz de Julia

En el Parque de la Fraternidad, en La Habana, donde la muchedumbre se renueva a cada instante, el rostro de Julia Bernabéu permanece toda la mañana. Viste de blanco su piel de noche y un marpacífico mustio le adorna los cabellos. Aguarda con paciencia el reclamo de su luz.

Desde hace 30 años, la mujer pulula con su mazo de cartas en las más céntricas plazas habaneras. De tanto ver, una fina aureola gris comienza a tragarle las pupilas. Aun así, ahora su vista está más fuerte, confiesa.

Sentada en un banco de madera –madera, como el Santo Grial–, Julia es la única cartomántica lejos del cobijo de la ceiba. Su estampa le basta para transmitir el misticismo: nació con el don, nació en Semana Santa...

Un muchacho se le acerca con cautela. Luce atolondrado. De no ser por un único detalle, pasaría inadvertido entre la multitud: en la cúspide de su cabeza mulata ondea una blanca gorra bolchevique. ¿Qué joven de este siglo usa tal prenda? ¿Qué agazapada historia revela su figura?

Julia lo escucha largamente. Le bebe las palabras. Desenfunda las barajas con tacto de orfebre. Las coloca sobre el pañuelo claro.
Escudriña. Se eleva. Hunde las filosas manos en el aire, como pescando respuestas en un esquivo abismo inescrutable. Se aíslan.

Los latidos del corazón urbano persisten derredor. Los pregones, el transitar sobre adoquines, el claxon de las guaguas, el polvo de los ruinosos edificios. Dos palomas copulan, impúdicas, en la baranda del parque. Julia expande su burbuja espiritual y encierra a ambos.
Ella prende su vela. Enciende su luz.

El muchacho se abre sin reservas. Se doblega. A lo lejos parece conmovido. Tal vez llora. En hibridación aplastante entre culto y tecnología, muestra en el celular los motivos de su angustia. ¿Amor? ¿Dinero? ¿Salud? Quién sabe. El misterio pervive en la intimidad del diálogo. Una vez concluido, el enigma se esfuma para siempre...

A Julia Bernabéu nadie le enseñó el secreto de las cartas. Al menos nadie de esta dimensión. Hace muchos años, antes de tener la luna teñida en los cabellos, sintió el impulso irrefrenable de un dios. Ella obedeció con mansedumbre.

Un día estaba sola en casa. Sin percatarse, la jícara con ron en una mano y el tabaco encendido en la otra. Sin percatarse, las barajas en hilera sobre la sábana blanca. Sin percatarse, los soplidos y el humo durante tres meses. Sin percatarse –como en las revelaciones auténticas– el don instalado en sus pupilas...

En el Parque de la Fraternidad han pasado horas. La mujer no prueba bocado desde la mañana. Parece no importarle. Un hombre maduro de piel blanca se le aproxima. Viste pulóver rojo y jean desgastado. El serrucho bajo el brazo llama la atención. Ha de ser un trabajador y no un psicópata. Lo delata el polvillo de aserrín en las botas.

Al conversar, Julia se abanica sin pausa. Serán el calor y las musas. Fuma el tabaco con paciencia, como una vieja costumbre ancestral. Cuando aspira, la roja llama circular trasluce el rostro de una arcaica deidad desconocida, acaso discreto partícipe del diálogo, tal vez mediador imprescindible...

El hombre escucha ensimismado. Se cubre el rostro con ambas manos y se hunde. Se levanta al terminar la consulta. Una limpieza, masculla al alejarse, necesito con urgencia una limpieza. Julia se queda sola, inmóvil, sentada sobre el banco. Exhala su humo blanco hacia las nubes. Tímidas, las primeras gotas de lluvia empiezan a caer.

Sobre el Autor

René Camilo García Rivera

René Camilo García Rivera

Periodista habanero

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