Actualizado 23 / 08 / 2017

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Piriche

Nunca he comprendido por qué el entorno rural es pródigo para la formación de nombres pintorescos, como el mi amigo Piriche, quien abandonó este mundo cuando éramos muy jóvenes.

Se secaron arroyuelos, sembraron, talaron y resembraron bosques; desapareció el encanto de la mina de cobre, los originarios emigraron hacia Pinar del Río, La Habana y hasta no se sabe dónde; los mayores murieron y a los jóvenes no los conocemos. Cambió tanto el entorno de Matahambre que ya no se parece, y son tantos los años, que quizás pocos se acuerden de Piriche.

Yo no nací periodista, les hablo de cuando el arique estaba prendado del tobillo y no tenía definida vocación, pero sí espíritu proletario y, por razones de herencia paternal, fue mi debut en el comercio: en víveres, ropa, bebidas y la Vidriera del Mayor, expendedora de exquisitos bombones de La Estrella o Ambrosía, rellenos con cerezas o licor (whisky, ron, anís o menta), peters de diversos tipos, golosinas originalmente norteamericanas como los MM... porque era un pueblo fabricado a su imagen y semejanza. Sin embargo, estaban las botellitas de anís, diminutas, made in Cuba de azúcar y repletas de ese licor o los hollejitos de naranja, manjares muy criollos y que para los niños eran simplemente “gollejitos”.

Allí los fumadores encontraban una gama de tabacos para satisfacer cualquier deseo: brevas, medias brevas, peticetros y los cazadores —grandes y robustos—, que podían ser de muchas marcas, como Bauzá o Reloba, aunque los más apetecidos eran los de cajas finas: Hoyo de Monterrey, Romeo y Julieta, H.upmann, Partagás, Por Larrañaga, Montecristo y los cigarrillos nacionales en cajetillas lito-grafiadas, verdaderas obras de arte, que alternaban con los importados Vanity Fair —rosados para damas y azul pálido para caballeros—, Cool y Salem mentolados, Lucky Strike, Marlboro, Camel, Winston... hasta que todos fueron sustituidos por Vegueros, Agrarios, Populares, Aromas y Dorados.

Un grupo de jóvenes iniciamos labores en aquel tan diverso centro comercial, incluido Piriche. Luego, como aves migra-torias fueron tomando rumbo, la mayoría después del SMO (Servicio Militar Obligatorio). Andrés se hizo médico, un distinguido ortopédico pinareño; Orlando, ingeniero agrónomo, y aparte había sido especialista en montaje industrial; Pepe, nunca estudió, pero hizo carrera afuera; y un servidor, que trató de incursionar en el dibujo técnico, la pintura y aspiraba a un curso de mecánica naval, pero contra todo pronóstico terminé periodista.

Eran años duros, en el pueblo todo se desarrollaba alrededor del comercio Mayor, del cine, los helados, una fonda, el bar, la bodega, y una oficina que en principio fue como alcaldía, luego óptica, hoy no sé. ¡Ah!, y la fabriquita de hielo, que le llamaban la Planta...
Nosotros, ignorantes, no imaginábamos quiénes eran aquellos jóvenes rubios, como troncos leñosos de la más dura madera —quizás por eso les decían “bolos”—, que iban todos los días a buscar su hielo, y siempre usaban pantalones de campaña verdeolivo, una botas que podían matar a un oso de una patada y unas pintorescas camisas, cuya talla nada tenía que ver con ellos, por inmensas, coloridas, con palmeras, muñequitos, como si fueran turistas de otra parte del Caribe.

Llegaban siempre apurados, cargaban piedras de hielo en su camión ruso, y partían raudos, pero antes pasaban por la barra y quizás por espíritu solidario de juventud se dirigían a nosotros, sacaban el escaso dinero cubano que poseían y lo ponían sobre el mostrador; no había que mediar palabras, sonreían y yo, sin importar que el dinero fuera poco —a fin de cuentas mi padre tenía parte en el negocio— les llenaba a cada uno un vaso de aguardiente Cazalla, hasta el tope. Para aquellos gaznates parecía solo refresco, se limpiaban la boca con la manga y salían como flechas.

La verdad es que a los parroquianos les simpatizaban y se acostumbraron a la escena, por eso comentaban bajito: “¡ahí van los rusitos de la base!”. Y Piriche, en cierta complicidad con ellos, también gustaba de llenarle los vasos hasta el borde.

La historia de él terminó siendo tan dolorosa. Aspiraba a convertirse en minero, de esos con rustica ropa de caqui, un recio casco y una lámpara, un descomunal cinto de cuero para sostener la batería, resistentes botas con punteras reforzadas con acero y aquella manifiesta guapería –necesaria para bajar diariamente a las entrañas de la tierra–, porque era muy buena gente, pero decidido.

Al fin logró su sueño. Un buen día se sumergió en la mina y se sintió el hombre más feliz del mundo; los jóvenes de la época nos conformábamos con muy poco. Recuerdo que siempre los viejos mineros me decían: “hijo, busca otra cosa, abajo es muy peligroso”.
Por mi parte, nunca lo aspiré, pero el consejo se concretó de cerca: Piriche se hizo una gran lesión que lo retuvo en cama. Al final, la muerte le ganó. Según el oscurantismo de entonces, unos decían que había tomado mucho cloranfenicol y le produjo leucemia; otros, que tuvo relaciones sexuales con su esposa en la convalecencia y eso le infectó la herida... La verdad, nunca la supe.

Sobre el Autor

Ramón Brizuela Roque

Ramón Brizuela Roque

Licenciado en Periodismo Universidad de La Habana 1977. Premio Provincial por la Obra de la vida, 2013.Fue redactor reportero en Juventud Rebelde y Trabajadores; colaborador asiduo en Radio Guamá y TelePinar.

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