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Carta de un abuelo novato

Frandito, pequeño mío: Los niños tienen un código secreto, que los mayores en vano se esfuerzan por entender; mas yo siento que, de alguna manera, me ha sido revelado el misterio.

Sí, estuve en tu reino. Desde muy poca altura de la tierra, mis ojos, como los tuyos, se bebían la luz en las tardes soleadas, vibré con el misterio de la noche, soñando con imperios lejanos...

En aquel tiempo, que pudo ser el tuyo, también la escuela me pareció un sacrificio innecesario y alguna que otra vez me hice fugitivo, escapando de la reprimenda por una tarea no realizada, de una maestra con nombre de flor, pero siempre dispuesta al cocotazo, cuando su autoridad era desafiada.

Entre mis grandes aventuras, estuvo correr como un loco, calle arriba y calle abajo, detrás de una llanta herrumbrosa de bicicleta y batear jonrones galácticos con una cabeza de muñeca.

Jugando a las escondidas, me aprendí de memoria cada callejón y cada matorral. También fui cazador de recompensas y no hubo mandado que se me escapara, si solamente imaginaba el rostro agradecido de mi mamá Caro, al recibir las monedas que conquistaba su pequeño héroe.

Te hablo, claro está, de un lugar en el tiempo que está lejos de tu alma y tu conciencia; a mi reino, no podrías ni siquiera imaginarlo. Gracias a Dios que, como todavía estoy atado a la nostalgia, muchas veces en sueños, le hago swing a la cabeza de muñeca y me anoto una carrera de inocencia. También puedo escapar a toda velocidad, con mi jabita de mangos, dejando atrás, exhausto, al viejo Bibijagua, el dueño de la arboleda, para luego leerme de un tirón un libro de Julio Verne, al ritmo de un pan viejo con azúcar prieta y, a pesar de las brumas del tiempo, andar por selvas y mares remotos, darme un saltito a la Antártida y, en el globo de Philias, volar alrededor del mundo...

Tengo la esperanza de que con estas alas, puedas encontrarte conmigo. Algo me dice que, a pesar del tiempo, tenemos un idioma común; y, niños más o menos, podremos traer al presente aquel paisaje antiguo: MI REINO.

Mi reino, o mi barrio si te parece mejor, era pequeño. La mayor distancia se extendía de la pobreza al anhelo por un lado y la más corta, del anhelo a la resignación, por el otro. Hablo, ya sabes, de las coordenadas de los recuerdos y los sentimientos y del aleteo desde la altura de mi corazón de niño pobre.

En la pequeña metrópoli de una región abandonada por una sucesión interminable de falsos benefactores, que escalando las alturas de su propio ego despojaban astutamente al pueblo de sus ilusiones de prosperidad, unos llenos de promesas y buenas intenciones; otros, cínicos y rapaces, colindaban comunidades de renombre por su larga historia de miseria moral y milagrosa supervivencia. El Rancho grande, La Jía, El Capó, el Mijares y otros conformaban una periferia, donde la mar-ginalidad parecía un fatalismo insuperable.

No obstante, en el vivir de todo ser humano, más allá de las circunstancias, la buena o la mala suerte, está la potencialidad para hacer el bien y buscar la felicidad propia y ajena, eso lo sabrás a su debido tiempo.

Mi patria chica no era la excepción. Bajando hacia la tierra por el este, a tres tiros de piedra, estaba el río sucio, nuestra más importante vía fluvial, cuyos viajeros eran los sapos, las calandracas y algunos bultos de los cuales prefiero no hablar.

Muchas veces, desde su puente todo destartalado, con los polines carcomidos por el tiempo, lo miré perderse, serpenteando entre las salvaderas, como una larga serpiente verdinegra, sin percibir el vuelo rasante de las tiñosas, intrépidas pescadoras de animales muertos, ni el olor nauseabundo que inundaba aquel lugar, ajeno también del peligro que desde el patio de la estación se anunciaba, en el pitar del tren a punto de salir. ¿Extraño, verdad?

Hoy, desde mis canas, comprendo que hay un soplo de belleza aun en las cosas menos agradables y que la capacidad de soñar puede cambiar los escenarios, como cuando damos vuelta a las páginas de un libro, buscando el momento más feliz. La luz de la mirada de un niño puede ver un poco más allá de la fealdad y la miseria y volar sin que la adversidad le manche las alas.

*Esta crónica forma parte del libro inédito del autor Cuentos del Mayca

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