Actualizado 22 / 01 / 2019

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Jesús Arencibia LorenzoQuizá no haya nadie tan infeliz como un enfermo mental. A veces hiperconsciente de su soledad; otras, con una euforia desmedida que en el fondo esconde tristeza. A ratos, enajenado. A ratos, con pánico… Urgido de psicofármacos y odiándolos a muerte. Desguarnecido. Roto. Todo lo que un humano haga por aliviar a otro que el destino puso en esa oscura senda, es poco, y altamente loable. Hoy quiero narrar de un sitio donde se lucha por esa gente que la sociedad –desde los gestos más sutiles hasta los enormes– muchas veces aparta.

Un piropo fallido

Luis Sexto SánchezEl piropo ha anclado en la crisis, se desmantela en la vulgaridad, en la grosería. Si se convocara a un concurso, nadie resultaría ganador. A no ser que el jurado también hubiera perdido el gusto o el tino de la sutileza amatoria, y premiara un ¡bárbara!, o un ¡negra!, o un ¡matahombres! O este menos agresivo: ¡azúcar!

  • Escrito por Luis Sexto
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El foul del “Vaquero”

Juan A Martinez de Osaba y GoenagaEn los recreos –como se decía–, los varones nos íbamos a jugar pelota detrás de la escuela Ignacio Agramonte, popularmente conocida por escuela grande. Lo hacíamos exactamente entre ella y la Casa de Generoso, una bodega con bar incluido, muy popular en las Minas de Matahambre. Quien sacara las pelotas de goma por encima de la instalación, hacia la calle Real, era considerado un big leaguer. Manolito El Gallego, mi mejor amigo, lo hacía con facilidad. ¡Cuántos recuerdos! Nunca pude dar un batazo así; no era tan lejos, pero yo no tenía fuerza al bate, mis muñecas no fueron diseñadas para dar jonrones.

El Cabo y Policarpo

Juan A Martinez de Osaba y GoenagaEl uniformado ofrecía un porte poco común, parecía no caber en la tela limpia y bien cortada. Le sobraron servidores, así como él sirvió sin medida a los superiores y gente con fortuna, pues supo ubicarse exactamente en la codificada sociedad. Alto, blanco, distinguido, de cara estrictamente rasurada y sin bigotes, entraba en la barbería de José Antonio, colgaba las polainas y echaba media mañana. Los demás a observarlo y a escuchar en silencio los cuentos de cuando se comió un chivo entero, había matado jutías de un disparo a más de 100 metros o anduvo en correrías con generales.

Red 2.0

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