La muerte que no debió ocurrir

“Ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país y por mi deber” escribió Martí a su amigo Manuel Mercado el 18 de mayo de 1895. Fueron palabras premonitorias.

Al día siguiente la metralla española derribaría su cuerpo en Dos Ríos, sitio de la antigua provincia de Oriente donde convergen las aguas del Cauto y el Contramaestre.

Dicen que una bala le impactó el pecho provocando la fractura del esternón; otra se le metió por el cuello y le salió por su labio superior; en tanto que una tercera le laceró un muslo.

Acerca de aquel trágico suceso escribiría años después José Ximénez de Sandoval, coronel al frente de las tropas que pusieron término a la vida del Apóstol.

“Su arrojo y valentía, así como el entusiasmo de sus ideales, le colocaron frente a mis soldados y más cerca de las bayonetas de lo que a su elevada jerarquía correspondiera; pues no debió nunca exponerse a perder la vida de aquel modo, por su representación en la causa cubana, por los que de él dependían y por la significación y alto puesto que ocupaba como primer magistrado de un pueblo que luchaba por su independencia”.

En aras de protegerlo, Máximo Gómez, General en Jefe del Ejército Libertador, había ordenado al delegado del Partido Revolucionario Cubano: “Hágase usted atrás, Martí, no es ahora este su puesto”; pero aquel cubano era obstinado y creía firmemente que predicar con el ejemplo era la mejor elocuencia.

 “Por Cuba, sépase bien, estoy dispuesto a dejarme clavar en la cruz”, llegó a expresar Pepe frente a sus compañeros de la manigua. Probarse en combate era una deuda moral para él.

Al momento de su muerte tenía apenas 42 años y había cimentado una obra política y literaria sin precedentes en la historia de la isla.

En su diario de campaña, el general Gómez lamentó la pérdida de aquel redentor que consagró su vida a la defensa de su Patria: “Ya nos falta el mejor de los compañeros y el alma del levantamiento”.