La leyenda de los indios feroces de Vueltabajo

Durante siglos fue una leyenda, de esas que todavía se cuentan en los campos cubanos, donde la realidad y la imaginación se confunden continuamente.

Que si eran hombres muy crueles, que se valían del arco y la flecha, que le arrancaban el cuero cabelludo a aquellos que asesinaban, que dejaron una estela de sangre y de miedo a lo largo de esta provincia…

Pero gracias al esfuerzo de dos investigadores pinareños, la historia de “los indios feroces de Vueltabajo” ha logrado desentrañarse.

Una ardua pesquisa que incluyó desde la tradición oral, en la Cordillera de Guaniguanico, hasta el Archivo General de Indias, en España, ha dotado de basamento científico a lo que por muchos años constituyó un misterio.

Así se ha podido determinar quiénes eran, cómo llegaron al extremo occidental de Cuba, y cuantificar sus tropelías.

En total, serían decenas de crímenes o de personas heridas, más de un centenar de haciendas con destrozos o abandonadas, y un sinnúmero de reses y caballos sacrificados.

Todo comenzó en el norte de México, donde a más de dos siglos de la llegada de los españoles, continuaban las pugnas entre los colonizadores y algunos pueblos guerreros que se negaban a someterse.

El doctor en ciencias Jorge Freddy Ramírez, explica que la tenaz resistencia de aquellos “indios de guerra”, como les llamaban los conquistadores, llevo al poder español a enviar a cientos de ellos hacia La Habana, condenados a realizar trabajos forzados, para alejarlos del territorio continental.

Si bien a las mujeres y los niños, no les quedó otro remedio que resignarse a su nueva vida, la naturaleza rebelde de aquellos grupos originarios, los impulsó a intentar la fuga una y otra vez.

Más de uno lo consiguió, para buscar refugio en el monte y las cuevas que también habían servido de hogar a los aborígenes cubanos.

En un libro que vio la luz en el año 2012, bajo el sello Ediciones Loynaz (1), el historiador Armando Abreu (ya fallecido), el primer investigador en acercarse a este tema, relata que a diferencia de los cimarrones africanos, que huían de sus captores y evitaban cualquier encuentro con ellos, los prófugos chichimecos (denominación recibida por aquellos pueblos del norte mexicano) reaccionaban al revés. “Ni siquiera esperaban a ser agredidos, sino que eran los primeros en atacar (…) y pasaban con una gran facilidad de perseguidos a perseguidores”, refiere Abreu.

El texto recoge varios ejemplos que tuvieron lugar en el centro del país, en la zona de las actuales provincias de Artemisa y Mayabeque, y a lo largo de Pinar del Río.

La serranía pinareña sirvió de refugio durante años a los indios evadidos.
La serranía pinareña sirvió de refugio durante años a los indios evadidos.

Cuentan que ante la fiereza de aquellos hombres, fue preciso organizar partidas y ofrecer grandes recompensas para darles caza.

Incluso, las autoridades de la Isla llegaron a suplicarle al Rey, que cesara el envío de indios rebeldes a Cuba.

La más espectacular de todas las historias que se recogen en los archivos, es la del Indio Grande y el Indio Chico, bautizados así, por su físico, quienes se movieron por territorio pinareño durante más de 10 años, y llegaron a comandar un grupo integrado por otros evadidos provenientes de México y por esclavos africanos.

No fueron los únicos que operaron en la región, pero sí los que más sobresalieron por su crueldad y sus excesos.

Según Jorge Freddy, el primer reporte que se ha encontrado de la presencia de ambos, data de 1796. “Para ese entonces, los habitantes de Vueltabajo vivían fundamentalmente de forma dispersa. Solo había algunos núcleos de población incipientes, por lo que el territorio era muy vulnerable a los ataques de los indios feroces”, señala el especialista.

Se afirma que eran muy hábiles con el arco, que usaban flechas cuyas puntas eran confeccionadas con fragmentos de botellas de vino, y que atacaban constantemente tanto a civiles, como a los grupos armados que se habían organizado para perseguirlos.

“El terror se fue apoderando de los vecinos de toda la región y muchos de ellos decidieron abandonar los sitios que habitaban”, asegura Jorge Freddy.

Hurgando en los legajos de la época, en el Archivo General de Indias, el reconocido investigador pinareño logró recopilar en el 2019 nuevos hallazgos sobre el tema, incluyendo numerosos reportes sobre las atrocidades cometidas desde la Sierra del Rosario hasta la ensenada de Corrientes, a lo largo de un territorio de más de 200 kilómetros.

En febrero de 1799, asesinan a Manuel Duarte, uno de los hacendados de la jurisdicción de Filipinas… En diciembre de 1801, en la hacienda de La Chorrera, ultiman a un adolescente de 11 años… En febrero de 1802, en San Simón de las Cuchillas, matan al encargado de la administración de la hacienda… Ese mismo mes, incendian una hacienda en La Jaula, y hieren de un flechazo a un miembro de la partida que trata de capturarlos…

En total, serían por lo menos 23 crímenes y 13 personas heridas, 93 haciendas saqueadas y con destrozos, y 18 abandonadas.

Hacia 1803, luego de largos años de persecución y enfrentamientos, el Indio Grande cae en Consolación del Norte, durante un combate contra una de las partidas que los buscaban y par de años después, los reportes de las andanzas de la temible banda empiezan a hacerse cada vez más esporádicos, hasta que no se vuelve a saber de ella. La persecución cesa y el tema se cierra en medio de un profundo misterio.

No fue hasta finales del 2019 que, en uno de los documentos consultados en el Archivo de Indias, el doctor Jorge Freddy halló el testimonio de un cimarrón africano que integró el grupo, quien confesaba haber dado muerte una noche al Indio Chico, por las tensiones surgidas entre ambos, en fecha no precisada entre 1808 y 1810.

Así terminaba la historia de la más temida de todas las bandas de los indios feroces de Vueltabajo, y nacía una leyenda que ha perdurado hasta nuestros días.

A pesar del horror que entraña, el investigador advierte que no se puede juzgar a aquellos hombres sin tener en cuenta el contexto. “Detrás de todo esto hay un odio a la presencia española, por aquellos grupos originarios que habían sufrido los crímenes de los colonizadores en el México ocupado.

“Si por una parte, las atrocidades que cometieron son repudiables, aquella fue su reacción contra la violencia. Por más terribles que parezca, estaban respondiendo de la misma manera en que los conquistadores habían tratado a sus pueblos”.

(1) Indios feroces de la Vueltabajo. Abreu Morales, Armando. Ediciones Loynaz 2012.