La felicidad con puntos suspensivos

La felicidad sigue siendo un tema en discusión. No solo en los espacios de intercambios profesionales, sino también en las reuniones con amigos y hasta en los chances de almuerzo que nos damos en el trabajo.  Nuestros ordenadores, tazas de café, sofá y almohadas saben tanto de la felicidad como cualquier estudioso del tema.

Por sí misma, ella – junto con otros asuntos que se agrupan en lo relativo al sufrimiento y al placer- clasifica como hallazgo no consensuado, inatrapable en su definición, aun cuando es horizonte utópico y fuerza motriz de todos nuestros proyectos de vida.

Sobre el tema se ha escrito mucho. La teología, la filosofía y la psicología desde sus diferentes corrientes, han transitado por sus intersticios y, en las últimas décadas, a demanda de los ritmos de la modernidad, vemos publicaciones que recomiendan pasos a seguir para alcanzar la felicidad, como si el viaje fuera por autopista, en asientos reclinables y con merienda incluida.

La gente hoy no quiere saber qué es la felicidad, sino la forma práctica de conseguirla, y es propio de una época que nos condiciona al pragmatismo, al ahorro de esfuerzo mental; cualquier abstracción es pérdida de tiempo en un mundo donde lo importante es ganar y tener, lógica a la que la felicidad se niega por orgullo, justo porque se siente profundamente humana y, como tal, demanda hacer renuncias a las maneras de reproducir material y espiritualmente la vida.

Si pensamos en los últimos siete días de nuestra vida, vamos a registrar situaciones que de alguna manera nos hicieron felices: el reencuentro con un amigo, la buena nota del hijo en un examen, el regalo recibido, la felicitación del jefe por el trabajo bien hecho, la aceptación de una ponencia para presentarla en un evento, el disfrute de una película u obra de teatro. Todos son motivos de alegría y regocijo, que se deshacen en la cotidianidad cuando, poco tiempo después, se entrecruzan con los sucesos tensos que vivimos de forma repetida y monótona, y que nos llevan a la sentencia de que no somos personas felices.

Las soluciones ante sensaciones de este tipo pueden ser variadas: hay quienes piensan en el amigo confidente, otros prefieren ayuda profesional, algunos se van a las redes sociales por los consejos de autoayuda y otros – me temo que la mayoría- acumulan la carga y buscan mecanismos evasivos que los hagan tomar distancias de las situaciones que les producen malestar, con el único afán de pasar un día tras otro y sin perder la esperanza de que, por la acción de la fuerza de gravedad, las cosas puedan cambiar, a suerte de “no hay mal que dure cien años, ni cuerpo que lo resista”.