La COVID-19 revela cuán urgente es resolver el déficit y calificación de enfermeros

Si para un país pequeño y bloqueado como Cuba un hecho extraordinario lo constituye el envío -en tiempo record- de 20 brigadas sanitarias a casi igual cantidad de naciones, en aras de ayudarles a enfrentar el coronavirus, también lo es la presencia de 722 enfermeros -en su mayoría mujeres- entre los mil 197 profesionales de la salud sumados hasta ahora a estas nuevas misiones.

Todos forman parte del contingente internacionalista Henry Reeve, creado en 2005 por el líder de la Revolución, Fidel Castro, con vistas a socorrer a otros pueblos del mundo ante situaciones de desastres, por lo cual hoy se encuentran en países de Europa, América Latina y el Caribe para frenar la propagación de la pandemia y, por consiguiente, evitar más contagiados y muertes.

Pero por estos días, cuando en La Habana fueron despedidos quienes partieron, por ejemplo, hacia Barbados, llamó la atención que el grupo lo integraran 101 enfermeros, 95 mujeres y 6 hombres, siendo la primera vez en la historia de la colaboración médica cubana que se envía al exterior un equipo formado ciento por ciento por licenciados en esa especialidad.

Aunque en menor proporción, por citar otros casos, recordemos que de los 51 colaboradores que recientemente recibió Surinam 30 son enfermeros; del total de 138 compatriotas que viajaron a Jamaica, 99 también tienen este título; al igual que 25 de los 26 profesionales de la salud que pidió Antigua y Barbudas; y 100 de los 113 miembros de la brigada sanitaria que marchó a Santa Lucía, según datos ofrecidos por el Ministerio de Salud Pública (Minsap).

Pero no hay por qué extrañarse; a fin de cuentas, una de las tantas penurias que afloran o se acentúan ahora en medio del enfrentamiento global a la COVID-19 lo constituye el déficit de capital humano calificado en enfermería, por razones asociadas a la falta de voluntad política y de mejores atenciones y reconocimientos hacia este personal, en su mayoría mujeres, al envejecimiento poblacional y a migraciones de carácter económico, entre otras causas.

Un informe de 2018 de la Organización Panamericana de la Salud (OPS), titulado Distribución de la fuerza de trabajo en enfermería en la Región de las Américas, reveló que Estados Unidos con 111,4, Canadá  con 106,2 y Cuba con 81,3 tienen la mayor proporción de esos profesionales por cada 10 mil habitantes.

La situación es bastante desigual en el resto de la región, como lo demuestra el hecho de que Costa Rica tiene una tasa de 24, Chile de 22, Uruguay 18,9, Paraguay 14,6, Brasil 7,1, Bolivia de 5,1 y Argentina de 4,24 por 10 mil habitantes. Les siguen Honduras, República Dominicana y Haití con cifras bien preocupantes.

En muchas naciones, y como resultado de las políticas neoliberales, ese personal de salud debe enfrentarse a la escasez de recursos y de capacitación, no obstante ser el único contacto disponible siempre para dar respuesta a las necesidades de la población.

A veces incluso encuentran grandes dificultades para ser pagados regularmente, lo que provoca una migración masiva de la zona rural a la urbana, o de los países más pobres a los más ricos, teniendo que abandonar los lugares donde es más imprescindible su trabajo.

El éxodo de muchos profesionales latinoamericanos y caribeños de la salud hacia el primer mundo no es nuevo, pero en las actuales circunstancias de una pandemia global sus consecuencias se hacen sentir con mayor fuerza en los territorios emisores tercermundistas.

En la actualidad, la mayoría de las enfermeras extranjeras que laboran en EE.UU. proceden de Filipinas, India, Canadá, Corea del Sur, Irlanda, Australia y Reino Unido; sin embargo, existe una necesidad evidente de enfermeras de origen hispano, según cifras oficiales.

El hecho de que 10 agencias especializadas se dediquen a reclutar tal personal foráneo, para que brinde sus servicios en la mayor potencia económica del planeta es una reafirmación de cuán egoísta y desmedido siempre ha sido el robo de profesionales de alta calificación.

Como en 2020 en los Estados Unidos habrá 800 mil puestos de trabajo en enfermería sin cubrir, según cálculos del National Center for Workforce Analysis, esa es una vía importante para solucionar el fenómeno. Pero habría que ver cómo queda el panorama, incluso a nivel mundial, cuando cese la actual crisis sanitaria con implicaciones diversas en la economía y la sociedad.

Hace unos meses nadie podría imaginar que enfrentaríamos una pandemia global provocada por la COVID-19, batalla en la que junto a médicos, técnicos y especialistas están los enfermeros, en su mayoría mujeres, muchas de ellas madres o al frente de sus hogares.

Por suerte, no solo en esta Isla, sino también en esas otras tierras del orbe que reclamaron sus modestos esfuerzos y nivel de preparación, a diario se les aplaude, se les reconoce su labor preventiva, educativa y asistencial desde el nivel de atención primaria, sus desvelos en la atención a esos seres humanos que ya no pueden cuidarse por sí mismos, y cómo -a riesgo de sus propias vidas- batallan por rescatarlos de la muerte.