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Dos hombres y un tiburón

Aquella noche estrellada del invierno de 1954, era de poco frío. Como de costumbre, el pelotero-minero y hombre de mar, recogió las pitas de diferentes diámetros y partió para el muelle de Santa Lucía. Detrás quedaban la madre y la esposa, con la niña Ana Laura en sus entrañas. El poblado estaba en calma, a pesar de los vigilantes con sus fustas.

Cuando subía al bote con veinte pies de largo y motor estacionario, apareció su cuñado Ernesto Elespe, a quien llamaban Corta Hierro, un erudito en el arte de los metales y los alcoholes. Carismático y querido en todo el pueblo, casi no se sostenía. Subió a la embarcación y, refunfuñando mi tío, se echaron a la mar.

Avanzaron kilómetro y tanto, poco más allá del popular Bañito, playa de socios blancos con acceso a un muelle que, por lo general, dejaba escuchar la voz de Nat King Cole, con Aquellos ojos verdes, más otros tantos boleros de moda. Ninguno pudo presagiar que la noche se convertiría en peligro para sus vidas.

Los peces picaban bien, incluidos algunos pargos. Alrededor de la una, poco más, poco menos, se sintió un fuerte tirón que estremeció la embarcación. Enseguida mi tío, ducho en la materia, supo del acontecimiento.

--Ernesto, es un tiburón grande, suelta la potala. –De eso nada, --replicó con soplido etílico. --¡Quién me mandaría a salir con este hombre así!

Lo cierto es que el escualo haló con las fuerzas de Hércules y arrancó mar adentro. Dos hombres en pleno océano, detrás del Tiburón Tigre, se alejaron del Bañito y recorrieron un largo trecho.

“Cuando vi que la cosa se ponía fea y Ernesto estaba casi fuera de sí, le volví a gritar que soltara la potala, pero ni caso me hizo. El animal, a pesar de estar anzuelado, nos arrastró bien lejos, hacia el Mégano y el Faro Jutías…”

Rodolfo de pesqueria

Aproximadamente una hora después de forcejeo, con el cansancio del pez, Rodolfo (El Clavo Osaba) logró regresarlo hacia El Bañito, donde pudo vencerlo con la fuerza que la vida le dio para dar mandarriazos debajo del Pozo 2 de las Minas de Matahambre y batear bien duro.

Recostó el animal al borde de la embarcación. Lo amarró con fuerza y, cuando se disponía a llevarlo al puerto como trofeo, sucedió lo inesperado. Ernesto volvió a dar la nota:

“Se tiró al agua con la botella en la mano y se abrazó al tiburón de 325 libras y 7 pies y medio de largo, con unos dientes para admirar. Yo peleándole y él forcejeando con el animal. Me dieron ganas de matarlo”.

Cuando la gente vio pasar por el pueblo a mi tío y a Ernesto, este último dando tumbos, quedaron asombrados con la museable pieza, que por varios días estuvo colgada en el portal de su casa, cerca del estadio donde, entre otros, surgieron los hermanos Borrego y Polo Álvarez. Mi abuela Laura, a quien llamé Lily, sorprendida y más que nerviosa exclamó:

¡Ay Jesucristo, los animales se comen a mi hijo!

Sobre el Autor

Juan A. Martínez de Osaba y Goenaga

Juan A. Martínez de Osaba y Goenaga

Escritor, promotor cultural, crítico, ensayista. Profesor Titular y Consultante Universitario de la Facultad de Cultura Física y Deportes Nancy Uranga Romagoza de Pinar del Río y una experiencia de 35 años en labores investigativas y pedagógicas en la Universidad del Deporte Cubano.

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