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Jesús García: El Colorao

A la derecha Ramón González Coro (Mongo), junto a Jesús García (El Colorado).A la derecha Ramón González Coro (Mongo), junto a Jesús García (El Colorado).

Somos tantos los que nos albergamos por milenios en el Sistema Solar, que la propia historia selecciona con pinzas sus huéspedes. Si usted habla en el mundo de la pelota sobre Jesús García Álvarez, pocos le recordarán. Nació el 12 de octubre de 1926 y falleció el 7 de abril de 1992. No fue ni inmortal, ni estelar, pero sí uno de los más entusiastas y fervorosos amantes del béisbol en Vueltabajo. Los Consejos Voluntarios Deportivos (CVD) parecían creados para él, desde 1961.

Se cuentan por miles los alumbrados públicos o familiares donde puso la mano como electricista, su otra pasión. Desde los años cincuenta, hasta los ochenta, los amantes del béisbol vueltabajero conocieron el quehacer del Colorao. Los directores lo querían porque servía, como se dice en buen cubano, hasta para remedios. Como coach estuvo en la XII Serie Nacional, con el VEGUEROS que dirigió Catibo. Les contaré un par de anécdotas sobre la carismática personalidad de este hombre que, desgarbado, subía las medias hasta la rodilla.

Febrero de 1973. Estadio Latinoamericano. Juego entre VEGUEROS e INDUSTRIALES. Detrás de home, momentos antes de comenzar el partido, se suscitó una conversación más o menos así: -- Ven acá Catibo. ¿Quién es ese hombre que tienes en tu equipo? – Profesor, es uno de los activistas más destacados de la provincia, se ganó el puesto. -- Los activistas se premian con diplomas o medallas, no como entrenadores. -- Ese hombre vale por dos. -- Si tú lo dices.

Los interlocutores eran Catibo y Juan Ealo, profesor de profesores del béisbol cubano, otrora destacado jugador a quien llamaron Espinaca. El profesor desconocía la capacidad organizativa del Colorao, quien tuvo cosas para contar. En una gira contra un equipo oriental, de ida y vuelta, llevó doce pares de zapatos, cual si su destino fuera por años en otro país. La gente reía y se metían con él; lo quisimos mucho.

Semanas después de la semblanza de Ealo, viajé, invitado a una subserie en Matanzas. Nos fuimos para un juego en Colón, desde Varadero, con tiempo suficiente para que la gente entrenara. Felipe Álvarez, ya veterano, pasó a patrullar los jardines. Por aquel entonces en el short se destacaba Santiago (Chago) León, con Urquiola instalado definitivamente en segunda. José Morgan, el espigado torpedero, conectó un batazo que fue a dar detrás de la cerca del left. Felipe le partió como una fiera, lo midió perfectamente, no así la distancia que lo separaba del concreto.

Nos pusimos de pie, algunos para la gran jugada, otros temimos la lesión; chocó de bruces. El contundente golpe le hizo perder el conocimiento. A mi lado el Colorao. Con casi cinco décadas en las costillas, fue de los primeros en llegar para auxiliarlo. No recuerdo si ganamos o perdimos, lo mismo da; lo más importante había sido la lesión de Felipe, quien tuvo que abandonar el desafío, para recibir varios puntos de sutura en los labios. Por fortuna la cosa no pasó de ahí. El Colorao estuvo todo el tiempo con el accidentado en el hospital. No había medias tintas en aquel hombre pequeño y delgado, a quien la sangre nunca le cupo en el cuerpo.

Esa misma noche regresamos a Pinar desde el Palmar de Junco. Acomodamos nuestras cosas. Lázaro Cabrera a dormir; Alfonso a formar su guateque en la parte trasera del ómnibus Canberra de los años 50, a pesar de perder, Hirán Fuentes a refunfuñar y Arturo Díaz a joder, junto a Emilio Salgado. El Colorao se sentó a mi lado y puso el maletín -del módulo entregado- al lado de los demás.

Los árbitros viajaban con nosotros. Recuerdo que el veterano Douglas McBean decretó un out que nos perjudicó. Se sentó delante y estuvimos sin hablarle todo el tiempo. Mi compañero de viaje, como yo, casi no durmió. De madrugada llegamos al Capitán San Luis.

Cuando revisó el maletín detectó algo raro. Extrajo un uniforme rojo, con otro nombre y contenido; el suyo era marrón. Lo abrió delante de todos, tenía una C y una B grandes en la espalda; pertenecía al cargabates yumurino quien, evidentemente, tendría el suyo.

Una de las pocas veces que vi descomponerse al hombre todo bondad, que profería palabrotas. Se puso más “colorao” que nunca. Algunos comenzaron a joderlo, pero “el horno no estaba para galletitas”. La mayoría nos reímos por dentro, la solución demoró varios días. A quien más recuerdo es al propio Felipe, que con las manos en la boca destrozada, hacía lo imposible por evitar la risa. Después de todo, hasta el dolido tuvo que sonreír.

En 1975 dirigí la Escuela Vocacional número 5, "Ramón González Coro", ubicada en el kilómetro 18 de la Carretera a la Coloma. Mucha fue mi alegría cuando divisé su figura entre los padres y lo propuse para Presidente del Consejo de Escuela. César Carlos, su hijo, estudiaba allí, hoy es un eficiente profesional de la alimentación.

Jesús García Álvarez, alias el Colorao, se esforzó con el mismo entusiasmo de cuando saltaba ante un batazo de Leonildo, o una jugada de Alfonso. Genio y figura hasta la sepultura, pero de los buenos. Ocupa su humilde e importante espacio en la pelota pinareña.

Sobre el Autor

Juan A. Martínez de Osaba y Goenaga

Juan A. Martínez de Osaba y Goenaga

Escritor, promotor cultural, crítico, ensayista. Profesor Titular y Consultante Universitario de la Facultad de Cultura Física y Deportes Nancy Uranga Romagoza de Pinar del Río y una experiencia de 35 años en labores investigativas y pedagógicas en la Universidad del Deporte Cubano.

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