Actualizado 20 / 02 / 2020

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El “Clavo” Osaba

El Clavo OsabaEl Clavo OsabaCuando el minero golpea con una mandarria de veinticinco libras la piedra grande para hacerla llegar a su destino, está haciendo una de las preparaciones físicas naturales, más fuertes. El bate, de madera o aluminio, baila en sus rudas manos.

Mi tío, Rodolfo Rufino Martínez de Osaba Amalfi: Iso, el Clavo, o sencillamente Tata, es de esos forzudos que formó la mina trabajando ocho horas como bestias, para ganar el sustento. Así y todo, alcanzó los noventa años, pues nació el 30 de julio de 1929. Y se lo festejamos por lo alto.

Rodolfito, su hijo, es karateca. Hace casi dos décadas, estaba empeñado en romper el ladrillo de un solo golpe, después de los rituales asiáticos de rigor, incluido el indescifrable grito. La mano de Rody no daba más. Con casi setenta años en las costillas, mi tío sintió lástima por el hijo. Con ensañamiento y alevosía, sin tanto ceremonial, soltó un golpe contundente sobre el ladrillo, que se hizo añicos.

Lo seguí a todos lados. ¡Era el pelotero de la familia! Y buen pelotero. No es que yo lo diga, pero la fuerza de sus batazos no he visto repetirla; quizás Alfredo Despaigne. No fue jonronero, no supo levantar la bola ni golfearla con el bate. Varias veces le vi provocar accidentes con sus batazos. Si aún vive, el antesalista de EL GACHO sanjuanero, recordará cuando le fracturó dos dedos de la mano enguantada. Otro vio salir su guante al jardín izquierdo con la pelota dentro. Era la fuerza de un toro o, mejor dicho, de un minero que hacía bailar en sus manos el bate más pesado.

No pudo utilizar medias “Casino”, las mejores, cuando entregaban los trajes de lujo de los años cincuenta. Decía que no servían; su pie gordísimo las rompía. Lo bauticé Tata, así se le conoce en el mundo de la pelota y la familia.

Fue un destacado activista de los equipos pinareños. En una ocasión viajó a Centroamérica con una delegación, a las órdenes de mi hermano Catibo. Ha enfrentado muchas adversidades; siempre hacia delante.

A inicios de los años cuarenta, con un amigo se lanzó por la famosa Loma del Viento en bicicleta y sufrió una fractura en el brazo de tirar, que puso en peligro su carrera. Los ortopédicos le instalaron un clavo grande a la altura del codo, que no fue óbice para enseñar aquel potente brazo en la antesala y la primera almohadilla. De ahí lo de Clavo. A veces quería salirse y él mismo lo llevaba a su lugar.

Por la década del cincuenta, a estadio repleto, MINAS DE MATAHAMBRE recibió un fortísimo conjunto de un Regimiento Militar, considerado semiprofesional (así le decían). Con ellos venía un afamado lanzador de apellido Vizosa. Todos queríamos verlo. Decían que era rentado y muchas cosas más; tenía un cañón por brazo. Fue retirando uno tras otro a nuestros bateadores.

La gente no sabía dónde parapetarse. En su segundo turno al bate, mi tío recibió un pelotazo en la cabeza que lo tiró sobre home. En aquella época, a ese nivel, no se usaban cascos. Estuvo inconsciente mucho rato. Nadie se atrevía a moverlo. Corrimos desesperados hacia él. Algunos detuvieron a Juan Tío, quien salió con un cuchillo a buscar al pitcher negro y alto como un pino; lo consideró problema personal contra su sobrino, que en el turno anterior había conectado un doblete.

Pasado un buen rato se incorporó, quiso seguir jugando. Aquella pelota, amigos míos, se hacía por amor, como la hacemos hoy, porque por dinero nadie pone la testa delante de un bólido con peligro para la vida. Mi padre siempre asoció aquel pelotazo con los dolores frecuentes de cabeza que, a partir de allí, persiguen a mi tío Tata o, mejor dicho, al Clavo Osaba.

Hace años reside en San Cristóbal, desde que pertenecía a la provincia vueltabajera. Con sus relucientes nueve décadas en las costillas, se mantiene peleón, enamorado, bonachón, cariñoso, terco, colérico y noble.

Aquel que se “robaba” el carro de mi padre para buscar morenas en el barrio Managuaco, corría tan lento que nunca logró un triple, se tragaba los melocotones Libbys sin masticar y con alcohol o limón en los ojos se aliviaba el dolor de cabeza, sigue siendo de las personas que más he querido en la vida.

Por favor, guárdenme el secreto; me da pena decírselo.

1955, mi padre recibe el trofeo de su hermano, el niño en la mesa es el autor de este trabajo1955, mi padre recibe el trofeo de su hermano, el niño en la mesa es el autor de este trabajo

Sobre el Autor

Juan A. Martínez de Osaba y Goenaga

Juan A. Martínez de Osaba y Goenaga

Escritor, promotor cultural, crítico, ensayista. Profesor Titular y Consultante Universitario de la Facultad de Cultura Física y Deportes Nancy Uranga Romagoza de Pinar del Río y una experiencia de 35 años en labores investigativas y pedagógicas en la Universidad del Deporte Cubano.

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