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El pantalón mecánico

No tengo experiencia en eso de comprar. Un día de enero de 1980 pasé por la pequeña tienda que se llamó “La Rosita”, ubicada en plena Calle Martí, de la capital vueltabajera, en los bajos del otrora “Hotel Comercio”, desde donde tiempos atrás salían las guaguas interprovinciales y un bello mostrador.

A veces, cuando subía la arteria principal de la ciudad, miraba para la vidriera donde anunciaban un pantalón mezclilla, ahora llamados pitusas, antes mecánicos. Su costo era de cincuenta pesos cubanos, la única moneda de entonces, una cifra no despreciable. Por semanas allí estuvo.

Mi talla 34 x 34 y el pantalón de marras tenía esas medidas. Acompañado por el amigo Wilfredo Denies, entramos al desolado y acogedor local, para dirigirme a la dependienta, una mujer de agradable figura, bello rostro y buenos modales. Sin pensarlo y con el dichoso dinero, que por entonces representaba un montón de cervezas, me acerqué al mostrador: -- Quiero comprar un pantalón de los que están en la vidriera. -- ¿El pitusa? -- Sí, por favor. – Enseguida, dijo ella.

Y regresó con uno 32 x 32. -- No es mi talla, yo llevo 34 x 34. -- Cuánto lo sentimos, pero no quedan de esa talla. En cualquier momento entran, la gente los compra porque son buenos y resistentes, además de estar a la moda. Vuelva en unos días.

-- Llegaban algunos y ella sentenció: -- Por favor, el próximo.

Quedé colgado en una situación que no entendía. Ya éramos alrededor de seis o siete personas: -- Compañero, córrase que hay otros clientes, le dije que no tenemos el pantalón. ¿Desea algo más?

Entonces, empecinado, fue cuando decidí salir de allí con el dichoso pantalón. -- Pues verá usted, el que está en la vidriera es el que me sirve, y si no hay otro, me lo llevo.

-- No está en venta, solo de adorno y promoción. -- Pues yo quiero ese adorno, promoción o como usted le llame, porque es el que me gusta. Es más, si ahora aparece otro con mi talla, no lo quiero, solo me llevaré ése.

-- Las normas lo prohíben. -- Pues tráigame al que dictó la norma. -- Señor (elevó mi categoría), entienda usted que hay muchos esperando y ya fue atendido, no sea imprudente. --¡Tráigame al administrador!

Al percatarse de la situación, apareció, no sé de dónde, aquel mandamás con cara hosca e indagó: -- ¿Qué pasa aquí? -- Nada. Que el señor quiere el pantalón de la vidriera y tenemos orientaciones de no venderlo.

La gente seguía llegando, y yo en mis trece.

--Mire caballero (subí a rango nobiliario), eso es cierto, los artículos de la vidriera no están en venta.

Seguí en mis trece, hasta que el mismo hombre, semi enfurecido, trajo el pantalón de la vidriera y me lo entregó. Unos protestaban, otros reían. Lo revisé con toda mi calma, incluidas las costuras por si tenía algún desperfecto. ¡La prenda deseada! Pasé al probador:

¡Perfecto! Pensé devolverlo y abandonar el local con aires de vencedor. --Wilfre, ¿Cómo me queda? El tiro me parece un poco largo, me siento incómodo. Entonces llegó la sentencia del desesperado amigo: -- Oye, no jodas más con el pantalón y acaba de llevártelo, que te queda bien.

Fue así como, en ejercicio de buen cliente, pregunté a los presentes si me ajustaba y me viré hacia ella, con su cara de turca. Éramos más de veinte. Algunos asintieron, otros muertos de risa, dijeron que no. Al final fue más fuerte el deseo que la desidia, le pedí que lo envolviera y recordé a Gregory Peck en El hombre del millón. En mi caso era solo un billete de ¡50 pesos!

Sin palabras, lo envolvió. Hice una especie de giro militar a la izquierda y a la voz de: “Vamos Wilfre”, abandonamos el sitio con la certeza de una victoria.

Salimos a la acera y nos encontramos con Julián el Negrito, amigo de la niñez. Le contamos y cogió la pieza en la mano: -- ¡Cincuenta pesos!

Lo miré con aire de vencedor pírrico y acepté la invitación a una fría. Según él, me la había ganado.

Sobre el Autor

Juan A. Martínez de Osaba y Goenaga

Juan A. Martínez de Osaba y Goenaga

Escritor, promotor cultural, crítico, ensayista. Profesor Titular y Consultante Universitario de la Facultad de Cultura Física y Deportes Nancy Uranga Romagoza de Pinar del Río y una experiencia de 35 años en labores investigativas y pedagógicas en la Universidad del Deporte Cubano.

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