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Una acción bien preparada

Un jueves cualquiera de enero de 1972 nos enfrentamos en el célebre Palmar del Junco a aquellos tres mosqueteros y a D’Artagnan de lo Henequeneros: Wilfredo Sánchez (Hatos), Rigoberto Rosique (Portos), Félix Isasi (Aramís) y el cuarto bate Tomás Soto (D’Artagnan). El bautizo había sido una obra maestra del genuino Bobby Salamanca.

La Atenas de Cuba es una provincia de larga tradición beisbolera. La emblemática instalación fue, desde entonces y hasta la década del ´80 del siglo XX, el cuartel general de los equipos yumurinos. Allí se celebró el prístino partido de ocasión en 1867, así como el primero reportado por la prensa en 1874, con box score incluido.

Después pasaría a un segundo plano con la construcción del majestuoso Victoria de Girón. Mas su historia grande, hasta hoy, se ha escrito en el añejo estadio, sede actual del Salón de la Fama del béisbol matancero.

Noche bien fría en una de las ciudades más bellas del país, con sus puentes, poetas, la irrepetible bahía y peloteros insignes. La llanura Habana-Matanzas es el «congelador cubano», si así se puede llamar a nuestro invierno. Salimos abrigados al terreno para el calentamiento de rigor.

La mascota de Jesús Escudero y el guante de Valido retumbaban en el acústico estadio. Daba gusto verlos calentar el brazo, se tiraban con todo. Solo ellos se soportaban antes de comenzar el desafío, los demás les huíamos, pues una «cabeza de vena» en la mano es cual enemigo de marca mayor.

Buen partido, con atrapadas fabulosas por ambos bandos. Los más destacados: el estelar Félix Isasi y el bisoño Alfonso Urquiola, quien allí dio muestras de marchar al infinito. Nos hacía estragos la recta de Gaspar «Curro» Pérez. Y nuestro Esquivel, sin importarle el rival, digno como siempre.

Los primeros bateadores eran, en ese orden, Felipito Álvarez (jardinero izquierdo), Santiaguito León (torpedero), Miguel López (jardinero derecho) y Lázaro Cabrera (primera base). Comparados con los matanceros, Vegueros era inferior. Pocos años después, otro gallo cantaría. Aquí les va una anécdota bien guardada.

El querido y distraído Lázaro, a quien apodé Lachy, nuestro mejor bateador, se acercó al mánager en un alarde de inspiración.

— Gallego, si Miguel se embasa, vamos a hacer hit and run al segundo lanzamiento. Voy a dar tremenda línea, tengo bien medido al pitcher.

Conociendo el paño mejor que nadie, el director se quitó la gorra con preocupación, pasó la mano por la cabeza y tocó el mentón.

— Miguel, oye lo que dice Lázaro. No vayas a fallar, recuerda que es al segundo lanzamiento cuando tienes que salir al robo. Trata de embasarte, batea para el center field.

Quien estas letras suscribe estaba guarecido cerca del director, a la derecha del dugout y presencié la conversación. Miguel asintió. A mi lado oí susurrar al ocurrente Nilo Delgado: — Vamos a ver qué pasa.

Efectivamente, al tercer lanzamiento, en conteo de uno y una, Miguel conectó hit al jardín derecho. Tocaba el turno a Lázaro, no había nada más que decir. No obstante, para asegurar, el Gallego salió en su búsqueda, yo detrás, por curioso y porque los admiré y admiro mucho:

— Recuerda lo que hablamos.

— Confíe en mí.

Martínez tres veces, situado en el cajón de coach de primera, se acercó a Miguel y le recordó la jugada; todo listo. El primer lanzamiento fue strike por el centro de home. Lázaro, según lo acordado, no le hizo swing. Llegó el momento decisivo. El segundo fue una copia al papel carbón y Miguel salió disparado para la intermedia. Entonces vino lo peor: Lázaro, ensimismado, se quedó con el bate al hombro.

Evelio Hernández tiró perfecto y Miguel fue puesto out en la intermedia.

El temperamento del noble mánager, a veces se tornaba violento. Comenzó a gritar improperios, parecía que le iba a dar un infarto. En el home, esperando el tercer strike, Lázaro se encogió de hombros. Por suerte no se cumplió su mayor deseo: que la tierra se lo tragara.

Lachy y el Gallego, ya desaparecidos, quizás estén recordando estas cosas en el más allá... si lo hay. Lo cierto es que aquella jornada dejó qué pensar y terminó envuelta en risas, a pesar de los pesares.

Sobre el Autor

Juan A. Martínez de Osaba y Goenaga

Juan A. Martínez de Osaba y Goenaga

Escritor, promotor cultural, crítico, ensayista. Profesor Titular y Consultante Universitario de la Facultad de Cultura Física y Deportes Nancy Uranga Romagoza de Pinar del Río y una experiencia de 35 años en labores investigativas y pedagógicas en la Universidad del Deporte Cubano.

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