Actualizado 15 / 10 / 2019

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Cartílago Cricoideo

 

Nunca catcheé. Brazo débil, reacciones lentas, demasiado trabajo, lesiones y para qué seguir inventando, tenía miedo; sí señor, miedo. Algunos se hacen los guapos y después buscan justificaciones para no calzar los arreos. Hay quienes se pintan solos, desde chiquitos no hacen otra cosa. Los padres, sin saber bien en lo que andan, les buscan implementos. Cuando pasan los años, pocos se adueñan de la receptoría.

Otro factor a tener en cuenta es el bateo. En el béisbol moderno es la única posición un tanto defensiva. Tan difícil resulta, que sirve de refugio a quienes –aluminio o madero en mano– son débiles, pero salvan juegos al guiar a los lanzadores y hacen un millón de piruetas para cumplir el escabroso papel.

Al centro el autor, de pie Mandy Iglesias.Al centro el autor, de pie Mandy Iglesias

Cuando los juveniles, que alguna vez lo fuimos, nuestro catcher fue Raymundo (Mandy) Iglesias. Flaco como el güin, de estatura promedio, más bien baja. Se entregaba con tal pasión, que pensé llegaría a ser un estelar. Todos tenían que ver con su juego alegre, desenfadado, técnicamente impecable. Su hándicap: débil al bate, más de lo requerido.

Con quince o dieciséis años, nos fuimos a Santa Lucía, donde en encarnizados pleitos los grandes se liaban en reyertas deportivas. Los spikes no buscaban bases, sino pellejo.

Fresca tarde primaveral. Pocos kilómetros entre los pueblos, ni siquiera sentíamos la incomodidad de la desvencijada guagua de Manolo Quintana, que escupía petróleo por sus poros, con los chistes del inolvidable Pelusa Marín. Hace años asistí a su sepelio. Nos unían tres cosas: alergia, amistad y bateo. Su asma lo redujo, teníamos que asistirlo. Yo: tupición y coriza.

Nos gustó jugar en Santa Lucía, al costado de donde radica la fábrica de Sulfometales. Allí bateé más de lo que me ponché. Años después subimos la parada los que llegamos al equipo grande. Otros no, como Pelusa, por decisión propia, y Mandy.

Aquella tarde recordé los cuentos del abuelo Pancho. Cuando hablaba de pelota nos sentábamos a oír sus historias, que para nosotros eran heroicidades. Fue un hombre serio, de mucho respeto, pero con buen sentido del humor. Había que adivinarle los chistes, so pena de severos castigos.

Nos decía que allá por La Palma, a fines del siglo XIX o comienzos del XX, había equipos mejor preparados que otros, la diferencia la daba el poder adquisitivo. Ellos tenían buenas condiciones, pero los herederos de esclavos jugaban mejor. Su permanente cuento sobre la Nuez de Adán lo soportábamos con estoicismo. La abuela América hacía por levantarse y salir para la cocina:

–No vieja, no te vayas para que oigas este cuento.

–Ya me lo sé Pancho.

–No, este no, ven, después haces el café.

Abuela regresaba al sillón y se dormía. Nos sentábamos todos los nietos; quien más atención ponía, por tratarse de la pelota, era yo. Y porque lo quise mucho. Verán por qué les digo que recordé tanto al abuelo Pancho.

Esa tarde, en Santa Lucía, pudo ser fatal. Nuestro receptor recibió un fortísimo pelotazo de foul, que hundió lo que científicamente llaman Cartílago Cricoideo. Dicen los galenos que esa prominencia pertenece a la laringe y está, por supuesto, en las vías aéreas superiores del organismo; no juega ningún papel específico, aunque no por gusto los que practican artes marciales tiran a dar ahí. Los hombres la tenemos más pronunciada.

Después de las disquisiciones sanitarias, explícitas o no, porque soy de los que creen que nada está en el cuerpo por gusto, sino que todo tiene algo que hacer dada su perfección, vayamos al meollo del asunto.

Corrimos hacia el que se ahogaba, no podía respirar:

–Pronto, busquen un médico.

–Traigan agua.

–Sepárense para que coja aire.

Y así, con órdenes improvisadas de un sinnúmero de dolientes, que nada sabían del tema, recordé al abuelo Pancho y repetí aquella historia de tantos años.

Separé a todos y le soné un pescozón por el tronco posterior del cuello, que no sé si tiene nombre científico también, pero lo revivió. Ni corto ni perezoso le espanté otro "avión" por el “cocote” y abrió los ojos asustado como nunca lo estuvo. Y con las manos saqué el cartílago que lo ahogaba. Poco a poco tomó sus colores anémicos y susurró algunas palabras.

¡Lo había salvado! Mi amigo Mandy Iglesias, quien falleció hace algunos años, me debió la vida por un tiempo. Lástima que entonces no otorgaran méritos laborales.

He soñado cosas que después suceden exactamente igual, parece que estoy volviendo a ver la película. En este caso no fue así.

Imaginé al abuelo Pancho en su juventud e hice lo mismo que él con aquel desventurado palmero en época de medicinas verdes.

¡Y dicen que la historia no se repite! Que me lo digan a mí con la Nuez de Adán, que es el nombre con el que se conoce al Cartílago Cricoideo.

Sobre el Autor

Juan A. Martínez de Osaba y Goenaga

Juan A. Martínez de Osaba y Goenaga

Escritor, promotor cultural, crítico, ensayista. Profesor Titular y Consultante Universitario de la Facultad de Cultura Física y Deportes Nancy Uranga Romagoza de Pinar del Río y una experiencia de 35 años en labores investigativas y pedagógicas en la Universidad del Deporte Cubano.

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