Actualizado 23 / 08 / 2019

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Hay que pisar… la base

El bateador-corredor con las manos en la cintura oyó la decisión a pulmón lleno: –¡Out, no pisó! Las llevó a la cabeza y consciente de la falta cometida, salió cabizbajo hacia el dugout.

–¿Qué no pisó?, retumbó la voz de Yayo.

Jugadores y aficionados miramos a las gradas por ser una de las suyas. El inolvidable Rubén, de venas gordas y garganta exclusiva, presagió un final nada halagüeño en aquella bonita tarde.

En los pueblos pequeños se conocen las virtudes y defectos de sus moradores. La gente habla y conforman sus verdades ajenas que se tornan versiones de boca en boca, hasta convertirse en bolas. Algunos las persiguen, otros las desechan, los menos interesados prestan oídos y ponen punto en boca.

Hay quien comenta: que si la mujer de fulano está con mengano y esperancejo a la vez. Que sufrió cuando la descubrieron y el de los cuernos verdes la perdonó, porque cualquiera yerra. Se justificó con aquello de que hombres y mujeres pecan, pero reconocen el error y rectifican.

Entonces aparecen los que están al margen de tales resquicios: «A mí que no me jodan, ese es un tarrú’, que no se aparezca más por el estadio». «Nos hace falta, sin él estamos liquidados». «No lo quiero ver más por aquí».

Oí gemir en alguna ocasión al finado Armando Carrejas, hasta que las aguas tomaron su nivel. «En estadio de pueblo no hay secretos de peloteros. Se conoce vida y milagro de cada cual, aunque no lo comenten en público. La vida y milagro de cada cual, está a la orden del día».

Los fanáticos juegan un papel protagónico. Usted no puede marginarlos, los tienen casi encima, a pocos metros de distancia. Oyen cuanto comentan, juran o perjuran.

Yayo González, el hijo de La China, ya fallecido, fue amigo cercano de mi familia. Está en la galería eterna de la fanaticada minera. En donde jugó el equipo, estuvo él. Le gustaban las apuestas y ganar. Eso le gusta a todo el mundo, pero él las estudiaba. Lo mismo se aventuraba por Las Minas que por Santa Lucía si veía mejores posibilidades.

Muchos lo consideraron un «guerrillero», epíteto que le endilgaban en tiempos de las guerras por la independencia de España a quienes iban contra los suyos.

Algunos llegan más lejos y les llaman traidores, pero él no lo fue, solo que su acentuada perspicacia no le permitía anteponer la pelota a la pasión por las apuestas. Y mayoritariamente ganó, sin importarle mucho lo que dijera la gente, que perdía con más honor, pero perdía. Así se encuentra usted miles de fanáticos.

Minas de Matahambre tuvo buenos momentos económicos. Se daban cita a vendedores de todo tipo, desde las famosas Lámparas Quesada hasta agentes de medicina, víveres foráneos y del patio. De más está recordar que abundaban los burdeles y las casas de juego.

Por allí pasó, antes de 1959, un buen porcentaje de las 100 000 prostitutas que los datos oficiales ofrecían. El país era un mostrador, la fantástica carne femenina se vendía como en los orígenes. En días de pago se estremecían las famosas Cinco Torres, una improvisada posada al aire libre que hoy llamaríamos ecológica, para amores furtivos. Venía desde la época fundacional del coto minero. Por allí pasamos varias generaciones y vivimos sin arrepentirnos.

Cuentan los antiguos que en sus primeros tiempos, cuando no había casas de citas, en intrínsecos parajes se parapetaban hombres y mujeres de toda laya, dinero por medio, para saciar el apetito sexual y económico que vienen dándose la mano desde siempre.

Aquel día, en el estadio, se unieron pelota, fanáticos y el pasado. El juego no era importante, digamos que intrascendente. El mánager dio oportunidades a los noveles. En los jardines ubicó al jovencito que pasó por primera sin pisar la almohadilla y pagó su novatada.

Y en ese amasijo de cosas complejas, en el que el pensamiento absorbe momentos de mayor o menor trascendencia, tronó la voz de Yayo:

–¿Qué no pisó? Entonces no salió a su madre.

Tuvimos que sujetar al buen muchacho, herido por su impericia y en el honor maternal. La gente criticó al gritón, pero hubo más risas que otra cosa. La sangre no llegó al río y el recordado fanático guerrillero, que aquel día apostó a nosotros, puso una nota discordante de hilaridad.

Sobre el Autor

Juan A. Martínez de Osaba y Goenaga

Juan A. Martínez de Osaba y Goenaga

Escritor, promotor cultural, crítico, ensayista. Profesor Titular y Consultante Universitario de la Facultad de Cultura Física y Deportes Nancy Uranga Romagoza de Pinar del Río y una experiencia de 35 años en labores investigativas y pedagógicas en la Universidad del Deporte Cubano.

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