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El jovencito AlfonsoEl jovencito Alfonso.El joven de veinticuatro miraba absorto los movimientos del que solo había cumplido dieciocho y recorría los alrededores de la segunda almohadilla como si hubiera nacido allí. Adelante, atrás, a la derecha, hacia la izquierda. Pronto el joven comprendió que el mejor trance de su carrera, buena en su pueblo, regular en la provincia y pobre en el país, sería admirar las virtudes de quien nunca podría considerar un rival, por la limpieza de sus acciones en el cuadro y un talento desbordado. Alguna que otra vez envidió a quien ensayaba movimientos de artista emérito y salía, a las seis y treinta de la mañana, a la grama del San Luis para, con un montón de pelotas a los pies, lanzarlas contra la parte baja del dugout de tercera, donde había marcado un estrecho círculo en el que hacía diana. No pedía tregua el muchachito, bufaba como si estuviera descompresionando en las profundidades del mar antes de ejecutar la ceremonia. Bien podía estar una, dos, tres horas...

En las prácticas era el primero y el que más bolas atrapaba, ningún coach quería «fonguearle» . Se “hacían los suecos” para ejecutar una ceremonia ancestral que se remonta a cuando los iniciadores lo hacían entre ellos mismos antes de alcanzar los «pitenes» . La actitud se delataba cuando el de veinticuatro ocupaba su turno y los entrenadores, solícitos, se turnaban para unas habituales cuarenta repeticiones. El de dieciocho tenía capacidad para atrapar cuatrocientas, o más.

Torpederos y antesalistas lo buscaban para practicar los double plays. El de veinticuatro se quedaba con las ganas, predestinado a ensalzar las virtudes de quien nunca vio como rival, porque no lo era. Ellos harían amistad. El más joven motivaría al otro, cuatro décadas después, para recordarlo con letras aprendidas en cientos o miles de libros estudiados, desechados, y algunos vueltos a leer.

Aquella sangre bisoña traía costumbres ancestrales de dioses, santos, brujerías no aceptadas por otros y cosas que se aprenden en el batey de un central, con predominante raza negra. Las tradiciones de religiones afrocubanas, nacidas de grilletes y ritmos, semejaban una mezcla deportivo-musical que mucho daría que hablar en el quehacer de la Isla.
El joven de veinticuatro y el muchachito de dieciocho venían por diferentes caminos, uno blanco y de familia con holgada situación económica, no burguesa ni aristócrata, pero con salarios suficientes para acariciar la comodidad. El otro, mulato de diaria lucha por la subsistencia en el rudo trabajo del azúcar. Uno estudió en las mejores escuelas, el otro en la escuelita multigrado del batey.

La voluntad de sacrificio del muchachito para perfeccionar su juego no tenía límites. Una mañana se le ocurrió que ganaría un paso al corredor si en los double plays tiraba para primera sin mirar. Lo comentó con el otro, quien pensó en un disparate, pero con la ayuda de algunos, él incluido, repitió la ceremonia hasta perfeccionarla, al extremo de que cuatro décadas después, cuando se encuentran en el estadio, con un guante y una pelota la repite a la perfección. Merece patente de inventor, un premio en eventos científicos. Nadie ha repetido esa virtud. ¿Incapaces? ¿Temor al plagio? A estas alturas se descarta la segunda opción.

Con tales atributos nació quien pronto se encumbraría para desalojar de la intermedia a un gran matancero. Pasearía por el mundo sus dotes y se adentraría en el corazón de millones.

Con inteligencia para sortear los escollos de un juego complejo, paciencia de relojero y sabiduría de Gran Maestro, supo erguirse entre todos como perenne capitán. No fue modelo de disciplina, no podía serlo por rebelde con causa, por los golpes de la vida y tantos sinsabores que, genialidad por medio, se convertirían en gratos sueños cumplidos.

A la hora de hoy, es quien carga más pergaminos de oro en nuestra pelota. Ora jugador, ora manager intra y extra fronteras. Para muchos parecía imposible, otros podrían adelantarse. Pero lo cierto, lo inconmensurablemente cierto, es que aquel muchachito de 18 años, hace raro escaló la cumbre.

(XI Serie Nacional) Osaba al centro, con Gustavo González y Felipe Álvarez(XI Serie Nacional) Osaba al centro, con Gustavo González y Felipe Álvarez.

Jugador, entrenador, manager del patio y más allá, ídolo de multitudes y muchas otras cosas, no ha dejado de soñar con su deporte favorito: el baloncesto, donde alcanzó muchas facultades, pero tuvo que dejarlo por «enano».

Varias pupilas lo descubrieron para el béisbol. Pero si hay que definir su mejor virtud, sin vacilación, la de conservarse un muchachito de Orozco, con igual rebeldía y el sosiego de los años. El joven de 24 así lo lleva consigo.

Muchos años después (Centro Hermanos Loynaz).Muchos años después (Centro Hermanos Loynaz).

Sobre el Autor

Juan A. Martínez de Osaba y Goenaga

Juan A. Martínez de Osaba y Goenaga

Escritor, promotor cultural, crítico, ensayista. Profesor Titular y Consultante Universitario de la Facultad de Cultura Física y Deportes Nancy Uranga Romagoza de Pinar del Río y una experiencia de 35 años en labores investigativas y pedagógicas en la Universidad del Deporte Cubano.

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