Actualizado 22 / 04 / 2019

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Valido y el Comandante

El lanzador se llevó las manos a la cabeza cuando vio el disparo desde 350 pies, se quitó la gorra y retumbaron sus palabras: -- Esto es increíble. – Eran, aproximadamente, las tres de la mañana. Los pocos ojos iban hacia el pitcher. Días fundadores donde se unía la leyenda de las bolas y los strikes, con jugadores de todos los colores, sin mirar por encima del hombro. Madrugada invernal, estrellada, linda para la pelota, si no fuera por la hora, el cansancio acumulado del batallar en el terreno, y la tensión.

A las dos horas de aquel día se había aparecido el entonces primer ministro Fidel Castro al Latinoamericano, para descargar la jornada sabatina. Venía de inaugurar una presa en Oriente, una vaquería modelo, y una escuelita rural, según confesó.

Mientras, una voz retumbaba en los albergues: -- Arriba muchachos, que llegó el Comandante y vamos a jugar. Fidel Linares preguntó: -- ¿Y qué hora es? – Felipito Álvarez respondió: -- ¿Y eso qué importa? Ahí está el Jefe y vamos para allá ¿O tú no quieres ir? – Ni muerto me quedo aquí. -- Ya se distinguía la figura del líder de la Revolución triunfante en 1959, que hacía lanzamientos con un traje de ORIENTALES.

A instancias suyas se formaron dos conjuntos, con él alinearon Felipe en el campo corto, Linares en el jardín central y Tomás Valido en el derecho, quienes integraban la reserva de OCCIDENTALES para la III Serie Nacional (1964). Linares era un establecido. El improvisado team lo dirigía Francisco (Chito) Quicutis.

Comenzó el desafío. A la altura de la segunda entrada Germán Águila conectó un doblete. Fidel lo miró con cara de pocos amigos, y el bateador se disculpó con cara de carnero degollado. El lanzador volvió a mirar las señas del catcher, discrepó y lanzó una recta por el centro de home, quizás un poquito en la esquina de afuera. El hombre madero en mano no la perdonó y disparó un batazo hacia la pradera derecha que parecía remontar a Valido, quien se estiró cuanto pudo para capturar la pelota, pegado a las bardas. Desde la incómoda posición, disparó para la antesala y Germán, que había salido confiado en pisa y corre, fue puesto out. La bola llegó de aire y el umpire lo decretó con toda la fuerza que le permitieron sus pulmones.

Ni corto ni perezoso, el ilustre lanzador paró el juego y llamó a los integrantes de las dos novenas, alrededor del box. Le apretó el brazo al jardinero y preguntó: -- Ven acá muchacho, ¿cómo tú te llamas? -- Tomás Valido. -- ¿De dónde eres? -- De Bahía Honda. -- ¿Con qué tú tiraste a tercera? – Con el brazo Comandante. – Si los americanos vienen no hace falta darte ningún fusil ni un cañón, yo no había visto un brazo así, tú lo que tienes es un mortero.

Oyó un par de criterios y alabanzas para el jovencito de veintidós abriles, le hizo múltiples preguntas que respondió como pudo, pidió un bate y se dirigió al home. Entonces comenzó el dilema.

-- A ver muchacho, lánzame tú a mí, y tira duro. -- Valido, que jamás se había encaramado a un box, no lo pensó dos veces. Tres guardias lo escoltaron. Entonces oyó una voz bien cerca: -- No se te ocurra tirarle duro, lo puedes golpear. -- Así no, te dije que tiraras duro. -- Ordenaba el pitcher convertido en bateador. -- No puedes tirar duro. -- Sentenció con decisión el escolta.

Nuestro hombre, en el dilema más complicado de su carrera, cumplió la orden cercana por temor al dead ball. Cuando el bateador conectó un par de buenas líneas se dirigió al manager: -- Oye Quicutis, quiero que me entrenen a este muchacho como pitcher, ese brazo no se puede desperdiciar, a esa velocidad no hay quien le batee. Tú me respondes por eso. --El asombrado director, refunfuñón como pocos, cumplió la orden con buena cara... hasta un día:

-- Valido, a partir de mañana te incorporas al entrenamiento de los lanzadores.

Así fue, el inexperto comenzó a entrenar durísimo e incorporó el wind up a lo Manuel Alarcón, exagerado. Había que verlo tirar “piedras”. Se agachaba buscando señas que sistemáticamente violaba, acto seguido se incorporaba, giraba sobre los hierros del afilado spike, enseñaba el número y casi sin mirar lanzaba para la goma.

Los jugadores no querían enfrentarlo. Más bases por bolas y pelotazos, que outs. La gente entraba asustada al cajón de bateo, porque dolían de verdad y ponían en peligro sus vidas. Todavía lamenta el que le propinó a su amigo Luis Castro, el hermano mayor, ya desaparecido, de Juanito.

Pudo tirar sobre las 100 famosas millas que entonces no se medían, pero no nació con vocación de pitcher, ni deseos, ni control, ni asumió la orden como definitiva. Su verdadero oficio estaba patrullando la llanura central, allá donde pocos lograron vencerlo. También donde podía dar rienda suelta al brazo con que la naturaleza lo dotó y el bate de slugger.

Una tarde, con Pedro Chávez doblado sobre home por un bolazo, Quicutis lo llamó: -- Que me perdone el jefe, pero tú no eres ni serás pitcher, vete para allá atrás y gánate un puesto. -- Entonces corrió feliz por el centro del diamante, para grabar su huella por los estadios de Cuba.

Sobre el Autor

Juan A. Martínez de Osaba y Goenaga

Juan A. Martínez de Osaba y Goenaga

Escritor, promotor cultural, crítico, ensayista. Profesor Titular y Consultante Universitario de la Facultad de Cultura Física y Deportes Nancy Uranga Romagoza de Pinar del Río y una experiencia de 35 años en labores investigativas y pedagógicas en la Universidad del Deporte Cubano.

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