Actualizado 25 / 04 / 2019

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Jugada diabólica frustrada

A veces se es injusto con los árbitros, ellos tratan de no equivocarse, pero no lo logran. Entonces las ofensas suben de tono por los perjudicados; los otros nada dicen y comentan en voz baja: ¡Qué puñalada, bendita sea!, nos salvó el juego. Está por ver un manager, o jugador, que proteste el beneficio; se convierten en cómplices de lo mal hecho.

Varios jueces sentaron cátedra, otros se fueron envueltos en la indiferencia. Señalaré solo cuatro, ya desaparecidos. En el bando de los primeros está Amado Maestri, quien actuó en la Liga Profesional Cubana, siempre detrás de home. Imponía respeto. Después, en 1962, inauguró las Series Nacionales. Recto, serio, disciplinado, humano, sensible, electo al Salón de la Fama del Béisbol Cubano.

Detestable fue la agresión contra Alfredo Paz en las primeras campañas. Un jugador lo atacó físicamente y fue expulsado de por vida. Leí la carta que este último envió a la Federación Cubana de Béisbol, donde se arrepentía. Alfredo ha sido, quizás, el mejor en nuestros clásicos actuales. Lo recuerdo bien, llevaba el conteo y lo anunciaba; alertaba contra los pelotazos.

El más entrañable de aquella época, para los pinareños, fue Ramoncito López, con ese nombre lo recuerda el pueblo; nuestro Maestri. A su vera se incorporaba el siempre sonriente Pedro Barrios Torres, conocido por Catulo, quien jugó fuerte en los torneos semi profesionales y en el exterior. Ellos vestían de negro. Hoy las cosas son diferentes, utilizan camisas azules, anaranjadas y de otros colores.

Aquel mediodía donde por poco sucede lo que, por fortuna no sucedió, el árbitro vestía de negro. Jugábamos un partido de confrontación en el estadio de El Corojo, en la preparación de los equipos PINAR DEL RÍO y VEGUEROS para la XI Serie Nacional (1971-72).

Aquel hombre nos llevaba recio de verdad, nunca supimos la razón. Los directores Lacho Rivero y el Gallego Salgado, alternaban sistemáticamente a los jugadores, casi nadie repetía. Mi combinación esa tarde era el torpedero Charles Díaz, a quien le gustaba jugar fuerte. En tercera me parece recordar que estaba Hirán Fuentes. Como receptor Isbel (Cochinito) Chamizo y en primera Francisco (Pancho Carey) Quiñones (lo llamé así por mujeriego).

Cansados de hacer el papel de guanajos ante aquel falso impartidor de justicia, decidimos cobrar la afrenta, a estadio repleto donde el sol rajaba las piedras del caluroso otoño. La mayoría de los aficionados chiflaban. Charles pidió tiempo y nos llamó al box. Lanzaba Ladislao Labastida, quien tiraba sobre las noventa millas. Así fu el breve coloquio:

Labastida, ponte de acuerdo con el Cochinito, al tercer lanzamiento tira la recta más fuerte de tu vida, directa al cuello del árbitro. Isbel, tú pides tiempo y te quitas después que esté la bola en camino, se va a llevar un buen susto.

Llegó el momento. El pitcher pidió la confirmación a Charles; la sentencia estaba dictada. Lanzó un rectazo de humo, mas el noble corazón del receptor no quiso tomarse la justicia por sus manos. Recibió la bola y tuvo que soportar los responsos. Cuando se es joven no se miden las consecuencias.

Hoy pienso que pudo ser fatal, y si “París bien vale una misa”, ningún juego de pelota merece la vida.

Sobre el Autor

Juan A. Martínez de Osaba y Goenaga

Juan A. Martínez de Osaba y Goenaga

Escritor, promotor cultural, crítico, ensayista. Profesor Titular y Consultante Universitario de la Facultad de Cultura Física y Deportes Nancy Uranga Romagoza de Pinar del Río y una experiencia de 35 años en labores investigativas y pedagógicas en la Universidad del Deporte Cubano.

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