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El “San Luis”, Cañambú y las luces

Para Cañambú

Algunos no quieren jugar de día, tanto cariño le han tomado a las luces artificiales que no conciben hacerlo como Dios manda. No es ocioso recordar que las instalaciones heredadas eran pocas y de mala calidad. Escasos terrenos reunían condiciones aceptables. Soñábamos estadios con luces que costaban una millonada.

Jugar de noche es otra cosa. Usted mira al cielo y ve las estrellas chiquiticas comparadas con el alumbrado, pudiéramos agregarle que hasta fascinantes. Cuando aprende a hacerlo se siente a las mil maravillas, pero tiene que aprender. Unos se adaptan, otros prefieren seguir a la antigua.

Si batean un fly, no mire las luces, puede perder la bola. Como no hay sol, además de permitir que el bateador se embase, hace el ridículo. Durante las prácticas es aconsejable observarlas en diferentes ángulos. Así podrá saber por dónde viene cada pelota, sobre todo si se esconden en el alumbrado.

No se ría si algún novato comete un error nocturnal como le sucedió al cátcher Abel Cuéllar a principios de los ‘60 en el “Latino”: la bola le cayó en la cabeza cuando buscaba un foul. Hasta los estelares a veces se confunden. Recuerdo uno cuyo nombre me reservo, que se ridiculizó en un importante partido en su estadio del Cerro. El pelotero de su clase no debe marearse por jugar de noche ni estar nervioso. Sencillamente se descuidó, su vista coincidió con las luces que se tragaron la bola y –como la siguió bien– le cayó en el polo norte del cuerpo.

Nos pasaron cosas ocurrentes, similares a grandes figuras de todos los tiempos cuando juegan en esas condiciones por vez primera. Si lo duda pregúntele a Tony Oliva, quien increíblemente se inició en las vegas del Corralito consolareño. Cuenta que en sus inicios muchas veces decía I get it, que en español es simplemente “la tengo” y las bolas caían a más de 20 metros.

El 19 de enero de 1969 se inauguró el estadio Capitán San Luis, un día después de reconstruido el Ramón González Coro, en las Minas de Matahambre. Quien me recordó la fecha pinareña fue Raúl Martínez, que ya no está entre nosotros. A él no se le olvidaba pues “tuvo el honor de permitir el primer jonrón en esa instalación. Se lo conectó, nada más y nada menos que Armando Capiró; acto seguido llegó otro de Marquetti. Entonces terminó el juego y perdimos ante el Habana, pues cayó un fuerte aguacero después del quinto inning.

En una preciosa noche los mineros nos estrenamos en la impresionante instalación. Muchos nunca habían visto los terrenos con luces. ¿Ilusión, sueño, realidad? Acostumbrados a jugar entre piedras, con el sol a cuestas, no podíamos sentirnos mejor. Algunos pensamos que un día seríamos estelares en series nacionales.

–Esto es mucho. Aquí no hay quien dé un jonrón, dijo Rolando Corrales.

–Tú verás que vamos a jugar mejor que nunca, esto sí es un estadio, gritó Pape Acosta, nuestro optimista receptor.

–No hablen más y cámbiense de ropa, el buen pelotero juega donde sea. Este terreno es el que nos hubiera hecho falta a nosotros, carajo…

René Melo, el mejor pelotero que ha dado Matahambre, entonces en funciones de director, dio por terminado el coloquio; cada cual a lo suyo. El primero en estar listo fue el zurdo Ramón Pérez Álvarez, conocido por Monguito Veterán. Parecíamos guajiros. Salimos a la grama del “San Luis” y las ridiculeces llovieron. Coquito Gálvez, a quien también llamábamos Cañambú, convertido después en buen músico, ocupó el quinto turno al bate. Fuerte, simpático, cariñoso, sus batazos llevaban una fuerza descomunal. Estuvo, como siempre, en el jardín derecho.

Cuando íbamos por la tercera entrada, perdiendo tres carreras a dos, nuestro hombre pidió tiempo. Lo vi pasar por mi lado con la cara color ceniza y continuó a toda velocidad desde su posición hasta el dugout; sudaba copiosamente en la fría noche. Más que asustado suplicó:

–René, quítame, no puedo seguir jugando, me parece que el estadio me va a caer arriba, me da vueltas, estoy mareado.

Fue entonces cuando Nené Martínez, con gesto muy suyo, sentenció:

–Tú estás arratonado...

Con cara de ángel y envuelto en el sudoroso líquido, se aguaron los ojos del amigo Cañambú.

Sobre el Autor

Juan A. Martínez de Osaba y Goenaga

Juan A. Martínez de Osaba y Goenaga

Escritor, promotor cultural, crítico, ensayista. Profesor Titular y Consultante Universitario de la Facultad de Cultura Física y Deportes Nancy Uranga Romagoza de Pinar del Río y una experiencia de 35 años en labores investigativas y pedagógicas en la Universidad del Deporte Cubano.

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