Actualizado 08 / 12 / 2018

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Recuerda que eres un Martínez

José Manuel, más conocido por Kity o simplemente Casquillo, porque en Minas de Matahambre nadie escapa a los apodos, es la vejez sobreviviente de los Martínez de mi pueblo. Una familia que supo imponerse en la decencia y el decoro, con una prole que sobrepasaba la decena, todos al compás de Virginia y don Tomás, los fundadores, con los asientos guardados en la primera fila del estadio.

Si la honradez y la laboriosidad los enrumbó en la vida, por esas cosas de la razón, se conservan sus imágenes en la pelota de aquellos predios. Todos, o casi todos la jugaron, con Tomás Jr., el Nené, a la cabeza y otros estelares cual Raúl, Nancio y el propio Casquillo.

Los hubo menos destacados en el deporte de los cubanos, el único que allí se practicaba en aquellos tiempos.

José Manuel tenía una dura recta, buena slider, pronunciada curva y mucha flema, que adornó su personalidad deportiva. A veces pensé que no tenía sangre en las venas. En torneos zonales, regionales o provinciales, ganó más juegos de los que perdió. Lo hacía con parsimonia. Fue nuestro gran lanzador en los finales de los '60 y comienzos de los '70, junto a Gustavo González, Cheny.

El recordado Braulio Rodríguez, conocido por todos como Chiche el catcher, nos contó una anécdota con Francisco Chito Quicutis, hombre rudo, violento, adornado por una leyenda como pelotero que lo trascendió.

El bisoño equipo vegueros, capitaneado por Quicutis, jugaba en Bauta, obligado cuartel general por ser el estadio con luces más cercano a la provincia. Kity lanzaba una larga entrada:

–Chiche, ¿cómo le está llegando la bola a José Manuel?, indagó el caudillo, lo que provocó una mirada cómplice entre mineros y la respuesta al estilo del receptor-jodedor:

–No sé decirle.

–¿Cómo que no sabes? Acaso no estás catcheando.

–Sí, el problema es que las pelotas no llegan.

Allí mismo terminó la actuación de Casquillo, a quien no le hizo ninguna gracia la ocurrencia.

Tuvimos otros muchos momentos. Me viene a la mente aquella tarde nublada, cuando jugábamos un partido crucial en el estadio de Sumidero. Por nosotros no podía estar otro que Kity, nuestra carta de triunfo. Ganábamos en el noveno por solo una carrera. Los de la zona tabacalera comenzaron la entrada con triple al jardín derecho, Coquito Gálvez se enredó con la pelota y el hombre ancló en la antesala. Nuestro pícher se descontroló y perdió la goma para dos bases consecutivas que llenaron las almohadillas. Desde el dugout, gritaba su hermano:

–Vamos, suelta el brazo, tírala con todo.

Nadie calentaba, aquel problema tenía que resolverlo él mismo.

– Este lo ganas o lo pierdes, no voy a poner a nadie. Eres mejor que ellos, tienes que relevarte.

El muchacho, enfurecido desde el box, cambió de color y pidió tiempo, llamó al hermano-mánager. Y me acerqué para presenciar un momento especial, en el cual el lanzador gritó, no habló:

–¿Qué tú te crees, que yo no quiero dar strike, coño?

La respuesta no se hizo esperar, sentí lástima y orgullo por los dos.

–A mí me parece que tú estás arratonado. ¡Recuerda que eres un Martínez!

Giró sobre los talones, me miró, guiñó el ojo y salió despacio para el dugout.

–¡Te voy a demostrar que no!

Nueve rectazos de humo dejaron tendidos a los tres bateadores que presenciaron el hecho, estupefactos. Ganamos, cargamos en hombros a Casquillo, quien no hacía más que gritarle al hermano-mánager:

–Yo soy un Martínez, carajo, un Martínez.

Miré a Nené. Impasible como siempre, esbozaba una sonrisa. Comenzó a recoger sus cosas. Fue una de las tantas batallas que ganó. A partir de allí lo admiré más.

Sobre el Autor

Juan A. Martínez de Osaba y Goenaga

Juan A. Martínez de Osaba y Goenaga

Escritor, promotor cultural, crítico, ensayista. Profesor Titular y Consultante Universitario de la Facultad de Cultura Física y Deportes Nancy Uranga Romagoza de Pinar del Río y una experiencia de 35 años en labores investigativas y pedagógicas en la Universidad del Deporte Cubano.

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